Testimonio del que fue testigo, cuando no protagonista

Por Alvaro Aurane

12 Diciembre 2004
"El festín de los caranchos", de Osvaldo Cirnigliaro, es un libro fundamentalmente testimonial. Como tal, no está obsesionado por la objetividad. "Es un libro militante y formativo, escrito por un tucumano patriota, político, peronista, cristiano", avisa la contratapa del libro, editado por editorial Kerigma.
De modo que lo que se encuentra en sus casi 500 páginas es una auténtica versión del autor sobre acontecimientos clave de la política nacional y provincial. Hechos de los que Cirnigliaro fue testigo privilegiado -apostado en el escenario mismo del poder-, cuando no protagonista. Así, el trabajo describe circunstancias que, tal como están narradas por el ex legislador, se tornan reveladoras. Tal es el caso, por citar un ejemplo, del alzamiento policial de 1984, en los albores de la gobernación de Fernando Riera.
Sin embargo, este trabajo es también un libro de de denuncia. Por cierto, extensas y documentadas. Y sorprende, en ese sentido, el silencio sin fisuras que los denunciados han levantado enfrente. Las acusaciones en contra de gobernadores, diputados, senadores, legisladores e intendentes, tanto pasados como presentes, marcan a fuego "El festín de los caranchos". Desde el propio título.
El libro tiene tres partes. La primera, "El libro I. La cuestión nacional", hace un veloz repaso de los golpes del 43, del 55 y del 76, y de las presidencias de las dos décadas de la democracia reinstaurada. No se trata de una visión histórica, sino más bien de los recuerdos (que en algunos casos se remontan a la infancia y en otros, incluso hasta a la memoria paterna) de un dirigente político y militante justicialista, que tuvo la oportunidad de entrevistarse, repetidamente, con varios jefes de Estado.
El "Libro II. La cuestión tucumana" analiza las gobernaciones de Fernando Riera y de José Domato. De la primera administración hay un detallado análisis de la situación económica del Tucumán de los 80, cuando el autor era ministro de Economía. Y también está la versión de Cirnigliaro acerca de la senaduría nacional que le birlaron.
El "Libro III. La segunda década infame" es el plato fuerte del trabajo. Se aboca desde el comienzo al endeudamiento del Estado y a las escandalosas privatizaciones del Banco de la Provincia de Tucumán y del servicio de provisión de agua potable y cloacas, respectivamente, durante las gestiones de Ramón Ortega y de Antonio Bussi.
A renglón seguido, posa la lupa sobre la gobernación mirandista, y se ocupa tanto de las dudosas acciones del Poder Ejecutivo (política habitacional, de turismo, Caja Popular de Ahorros) como de las del Poder Legislativo. Fundamentalmente, los gastos de bloque.
Hay aquí capítulos separados para los desmanes de la desnutrición infantil, para el caso de las presuntas coimas para dictar una ley que habilite la reforma de la Constitución en 2002 y para analizar el resultado de las elecciones de 2003.
En el epílogo, se bosqueja una propuesta para comenzar a salir del atolladero.
Cirnigliaro es un dirigente de larga trayectoria y, como tal, no da puntada sin hilo. El libro, en ese sentido, además de ser "su verdad", no deja de tenerlo instalado como un referente del escenario político tucumano. Prueba de ello es el prólogo, que se deshace en elogios hacia el autor. En la contratapa, como remate, hay una foto suya con el ex presidente Juan Domingo Perón, tomada en Madrid en 1969.
Es que, en buena medida, "El festín de los caranchos" deja entrever un afán reivindicatorio, que para nada se reduce a Cirnigliaro y que, sobre todo, se extiende hacia el movimiento peronista. En rigor, este es, si se quiere, un libro justicialista. Y en sus páginas se postula que ser peronista es un valor. El autor advierte reiteradamente que los malos peronistas (en calidad de afiliados o de funcionarios del PJ) en realidad no son peronistas ni deben ser considerados tales. Una visión sin dudas altruista, pero que -siguiendo la teoría de los disvalores- no se corresponde con la realidad, ni en este caso, ni en el del resto de los partidos, las profesiones y demás quehaceres humanos. Para decirlo metafóricamente, las estatuas feas también son estatuas. (c) LA GACETA

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