Raúl Galán, amante de crepúsculos y de alturas

Por Rodolfo Alonso

12 Diciembre 2004
Grave compromiso me parece tener que ocuparme de semejante autor, aquí, en estas páginas. No sólo por la ambiciosa envergadura del título, que en forma comprensible sugiere algo quizás humanamente inalcanzable, sino también porque el jujeñísimo Raúl Galán (nacido en Ledesma en 1913, y cuyo sino iba a verse truncado por un accidente automovilístico en la bonaerense Baradero, durante 1963) es sin duda -en medio de un grupo tan espléndido y significativo como el que se reunió alrededor de La Carpa, memorable y fundadora- uno de los más acuciantes y dedicados poetas del Norte argentino a mediados del siglo pasado. A quien, además, le tocó ocupar un espacio destacado en los primeros tiempos de este benemérito Suplemento Literario, donde publicó poemas, ensayos, intervenciones y críticas bibliográficas casi hasta sus últimos momentos.
Hay mucho contexto alrededor, entonces, de estas cuatrocientas páginas donde se ha reunido por supuesto su cuidadísima y empecinadamente breve producción poética, cuyo limpio abolengo viene manando tanto desde el límpido Siglo de Oro castellano como desde nuestra propia copla transparente y legítima, y que sigue relumbrando como siempre con su don de lenguaje hecho música y sentido ("En las lomas del aire las palomas, / en las ramas del viento, las retamas"). Pero también se incluye aquí su narrativa o su teatro y, sobre todo, debo confesar que como un rico descubrimiento para mí -que a tantos de los ahora muy muchos supuestos productores del género les beneficiaría compartir-, su exigente labor en el ensayo y en la crítica, una indagación honda y aguda sobre la permanencia y el destino de la poesía (hoy, insisto, tanto o más urgente y necesaria que entonces), que lo convierte en uno de los pocos poetas de su generación capaces de ratificar nuevamente el revelador apotegma de Baudelaire: "Sería imposible que un crítico se convirtiera en poeta y es imposible que un poeta no contenga un crítico".
Con una sensibilidad y una agudeza que a mi modesto entender son sorprendentes, y con un talante a la vez firme y comprensivo, que lo lleva a valorizar actitudes que no eran la suya ("y en nuestro país, el cultísimo grupo de la revista Poesía Buenos Aires defendió e incluso sobrepasó la posición de Benn"), y a proponer una amplitud con respecto a la cual el tiempo no ha hecho probablemente más que otorgarle la razón: "Y cuando estemos en condiciones de dar con nuestra propia voz, testimonio del milagro, utilicemos los instrumentos que en ese instante sean más adecuados para la confidencia. En filigranados zéjeles árabes o en audaces polirritmos, en cerrados sonetos o en abiertos versos libres, en cadenciosas liras y silvas o en ceñida prosa, puede cumplirse por igual la tarea, la ardorosa tarea del poeta." Y esto lo dice alguien de una exigencia tal que, en el comentario a un joven poeta publicado en estas mismas páginas, después de elogios ciertos no se priva de decirle, públicamente, que "este joven homérida se duerme a veces a pierna suelta... Se ha dejado traicionar por algunas imágenes fáciles y manidas... versos mal mal medidos como este falso endecasílabo en un bello soneto con acento dominante en sexta... cuyo ritmo, quebrado por la ausencia del acento uniforme impide la sinalefa necesaria... sin la cual las once sílabas se vuelven doce". ¿Quién, en la zafia banalidad de esta época, y dónde, si fuera posible, se animaría hoy a este coraje intelectual sin complacencia o compromiso?
Como me ocurrió allí mismo, la primera vez que la vi, a veces suelo demorarme imaginando, encantado, lo que habría de gustarle a Raúl Galán, tan amante de crepúsculos y alturas, esa plaza que en la capital jujeña lleva merecidamente su nombre, abierta contra el cielo como un acantilado, en lo más alto del barrio Ciudad de Nieva. Tanto como me conmovería volver a descubrir esa foto casi mágica que ha de andar rodando entre los recuerdos de la familia de Daniel Giribaldi, que nos sorprendió a los tres con su aura en Buenos Aires, una noche de 1958, cuando Raúl Galán quiso dedicarme uno de los últimos ejemplares de la primera edición tucumana de Carne de tierra, "a cuenta de un libro que deseo leer" y que el destino cruel ya no me iba a permitir ofrecerle. (c) LA GACETA

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