12 Diciembre 2004 Seguir en 

La vida cotidiana atrae a los escritores, Montaigne y Azorín, por ejemplo. Entre nosotros, acaso nadie mejor para enfocarla que Santiago Kovadloff, Premio Konex 2004 en Ensayo Filosófico. Sería imposible imaginar a Kovadloff sin las palabras, pues trabaja el lenguaje con la intención de que las palabras sean nombradoras de momentos esenciales.
Lo prueban no sólo este libro, sino las notas trémulas y magistrales en La Nación, escritas cuando aún está en el aire el suceso del día, sea el atentado de Madrid o la noche de las velas. Que son hechos de la vida cotidiana.
Hice del ensayo mi territorio -confiesa el autor-, un lugar de tanteos, a lo sumo de verdades que encuentro o me encuentran. ¿Y qué es un ensayo? El ensayo es la ciencia menos la prueba explícita, dice Ortega y Gasset. Entiéndase: la prueba está, lo que falta es la explicitud de la prueba... para que no estorbe el íntimo despliegue a cuyo calor esos pensamientos fueron pensados.
La relación del lector con el ensayo nace en una suerte de humus sensual, pero esta relación pone en juego la inteligencia.
Cuando logra despertar la vivencia del lector y este lo descubre, ahí triunfa el ensayista.De tal triunfo dan testimonio los veinticinco ensayos que forman este volumen. No importa si son éditos o inéditos; al reunirse ofrecen una arquitectura, una suerte de fluencia en la que, como en la vida diaria, a veces se rechazan y otras veces se atraen.
Y como en la vida diaria, es imposible en una nota analizarlos todos. Propongo al eventual lector olvidar el orden de la paginación, guiarse por lo que cada título le sugiera e ir allí.
En "El regreso de las tribus" Kovadloff confronta el optimismo de Francis Fukuyama con el estoico pesimismo de Samuel Huntington. En "Mayorías y minorías" señala que también las minorías pueden ser opresoras; es el caso del nazismo y del estalinismo.
Y en "¿Progresa el arte?" responde: El arte cambia, no progresa, pues consiste no en saber qué son las cosas sino en sostenerse ante el hecho prodigioso de que las cosas sean.
Se equivocan quienes se quejan de la falta de lectura, apunta en "Releer"; se lee mucho, pero no se relee. Lo que exige ser releído es lo que menos vende. Releer es el reverso del zapping frenético, propio de un tiempo aferrado a lo efímero.
También plasma aforismos sobre la poesía. La poesía nunca morirá pues su origen no es la demanda sino la fatalidad metafísica. ¿Hay misterios en la vida? El misterio no quiere ser develado, quiere ser admitido, y ello sólo ocurrirá cuando el ser humano deje de concebirse a sí mismo como un ser develado.
Y en algún momento el eventual lector llegará a la primera parte, que alberga dos meditaciones capitales.
Una es "Sentido y riesgo de la vida cotidiana" y da nombre al libro. La cotidianidad es una conquista tardía. Antes vivía el hombre inmerso en la inmediatez, esclavo del instante, ajeno a toda regularidad. Cada día era el primer día.
Para tal hombre -la horda primitiva y las formas tardías del nomadismo- el tiempo se padece. Hasta que surge la vivencia del mañana como proyecto. El día siguiente es hijo, amado u odiado, del día de hoy y permite cierta domesticación del futuro. La espera del mañana se forja gracias al sentido de actualidad.
Es el asunto de la otra meditación, "Elogio de cierta rutina". La gente suele creer que lo mejor en la vida es escapar de la rutina. Es preferible, en cambio, enfatizar lo usual en vez de lo insólito, elogiar la fecunda monotonía y no la creatividad explosiva.
Kovadloff sabe de las situaciones imprevistas, pero se queda con los frutos dorados de la repetición. ¿Por qué? Porque vive lejos del alma aventurera y gusta de lo reiterado, del espíritu conservador, de la costumbre (por algo Aristóteles ve en la costumbre una especie de segunda naturaleza, que hace placenteros nuestros esfuerzos y fatigas).
Ama la pintura, los monasterios, los bares semivacíos, la luz tenue del amanecer, las plazas bajo la lluvia apacible, la pampa cual océano inmóvil, las montañas quietas... y las caras de los mismos amigos, la misma mesa, el mismo colectivo. Le atormentan los viajes prolongados.
Y siguen unas páginas admirables sobre la abundancia de cabezas empeñadas en convencernos de que la rutina bien muerta está bajo la avalancha de novedades. Esto quiere hacernos creer un periodismo bastardo, como si lo esencial se redefiniera cada semana, cada día... ¡qué digo!, cada minuto.
Los dos antihéroes de esta falsa épica son el enamorado de la imagen (televidente) y el enamorado de la tecnología (consumista). Desembocan en el "analfabeto profundo", el hombre que sabe leer y escribir pero desprecia ambas cosas.
Tal hombre podría tener incluso estudios terciarios, mas descree de los valores perdurables, se adhiere al cambio permanente, usa y descarta, para volver a usar y volver a descartar. ¿Hace falta mencionar la radical infelicidad de tal tipo humano?
Y en el último texto del libro tiene fuerza cenital la fe literaria.
Ha mirado a la cara las cosas de todos los días, ha rozado lo sagrado, y aunque en ninguno de los títulos aparezca el vocablo "moral", estos días de Kovadloff van empujados por un soplo ético y un sustento metafísico.
Más acá o más allá de posmodernidades y desconstrucciones, el libro es una filosofía de la conciencia en gran estilo, de la conciencia en el mundo; o, dicho con la expresión heideggeriana, de la realidad humana como "ser-en-el-mundo".
Pero con un fulgor que no hay en Heidegger: el fulgor de la Trascendencia. (c) LA GACETA
Lo prueban no sólo este libro, sino las notas trémulas y magistrales en La Nación, escritas cuando aún está en el aire el suceso del día, sea el atentado de Madrid o la noche de las velas. Que son hechos de la vida cotidiana.
Hice del ensayo mi territorio -confiesa el autor-, un lugar de tanteos, a lo sumo de verdades que encuentro o me encuentran. ¿Y qué es un ensayo? El ensayo es la ciencia menos la prueba explícita, dice Ortega y Gasset. Entiéndase: la prueba está, lo que falta es la explicitud de la prueba... para que no estorbe el íntimo despliegue a cuyo calor esos pensamientos fueron pensados.
La relación del lector con el ensayo nace en una suerte de humus sensual, pero esta relación pone en juego la inteligencia.
Cuando logra despertar la vivencia del lector y este lo descubre, ahí triunfa el ensayista.De tal triunfo dan testimonio los veinticinco ensayos que forman este volumen. No importa si son éditos o inéditos; al reunirse ofrecen una arquitectura, una suerte de fluencia en la que, como en la vida diaria, a veces se rechazan y otras veces se atraen.
Y como en la vida diaria, es imposible en una nota analizarlos todos. Propongo al eventual lector olvidar el orden de la paginación, guiarse por lo que cada título le sugiera e ir allí.
En "El regreso de las tribus" Kovadloff confronta el optimismo de Francis Fukuyama con el estoico pesimismo de Samuel Huntington. En "Mayorías y minorías" señala que también las minorías pueden ser opresoras; es el caso del nazismo y del estalinismo.
Y en "¿Progresa el arte?" responde: El arte cambia, no progresa, pues consiste no en saber qué son las cosas sino en sostenerse ante el hecho prodigioso de que las cosas sean.
Se equivocan quienes se quejan de la falta de lectura, apunta en "Releer"; se lee mucho, pero no se relee. Lo que exige ser releído es lo que menos vende. Releer es el reverso del zapping frenético, propio de un tiempo aferrado a lo efímero.
También plasma aforismos sobre la poesía. La poesía nunca morirá pues su origen no es la demanda sino la fatalidad metafísica. ¿Hay misterios en la vida? El misterio no quiere ser develado, quiere ser admitido, y ello sólo ocurrirá cuando el ser humano deje de concebirse a sí mismo como un ser develado.
Y en algún momento el eventual lector llegará a la primera parte, que alberga dos meditaciones capitales.
Una es "Sentido y riesgo de la vida cotidiana" y da nombre al libro. La cotidianidad es una conquista tardía. Antes vivía el hombre inmerso en la inmediatez, esclavo del instante, ajeno a toda regularidad. Cada día era el primer día.
Para tal hombre -la horda primitiva y las formas tardías del nomadismo- el tiempo se padece. Hasta que surge la vivencia del mañana como proyecto. El día siguiente es hijo, amado u odiado, del día de hoy y permite cierta domesticación del futuro. La espera del mañana se forja gracias al sentido de actualidad.
Es el asunto de la otra meditación, "Elogio de cierta rutina". La gente suele creer que lo mejor en la vida es escapar de la rutina. Es preferible, en cambio, enfatizar lo usual en vez de lo insólito, elogiar la fecunda monotonía y no la creatividad explosiva.
Kovadloff sabe de las situaciones imprevistas, pero se queda con los frutos dorados de la repetición. ¿Por qué? Porque vive lejos del alma aventurera y gusta de lo reiterado, del espíritu conservador, de la costumbre (por algo Aristóteles ve en la costumbre una especie de segunda naturaleza, que hace placenteros nuestros esfuerzos y fatigas).
Ama la pintura, los monasterios, los bares semivacíos, la luz tenue del amanecer, las plazas bajo la lluvia apacible, la pampa cual océano inmóvil, las montañas quietas... y las caras de los mismos amigos, la misma mesa, el mismo colectivo. Le atormentan los viajes prolongados.
Y siguen unas páginas admirables sobre la abundancia de cabezas empeñadas en convencernos de que la rutina bien muerta está bajo la avalancha de novedades. Esto quiere hacernos creer un periodismo bastardo, como si lo esencial se redefiniera cada semana, cada día... ¡qué digo!, cada minuto.
Los dos antihéroes de esta falsa épica son el enamorado de la imagen (televidente) y el enamorado de la tecnología (consumista). Desembocan en el "analfabeto profundo", el hombre que sabe leer y escribir pero desprecia ambas cosas.
Tal hombre podría tener incluso estudios terciarios, mas descree de los valores perdurables, se adhiere al cambio permanente, usa y descarta, para volver a usar y volver a descartar. ¿Hace falta mencionar la radical infelicidad de tal tipo humano?
Y en el último texto del libro tiene fuerza cenital la fe literaria.
Ha mirado a la cara las cosas de todos los días, ha rozado lo sagrado, y aunque en ninguno de los títulos aparezca el vocablo "moral", estos días de Kovadloff van empujados por un soplo ético y un sustento metafísico.
Más acá o más allá de posmodernidades y desconstrucciones, el libro es una filosofía de la conciencia en gran estilo, de la conciencia en el mundo; o, dicho con la expresión heideggeriana, de la realidad humana como "ser-en-el-mundo".
Pero con un fulgor que no hay en Heidegger: el fulgor de la Trascendencia. (c) LA GACETA
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