05 Diciembre 2004 Seguir en 

El optimismo es simpático, por lo cual convendría -al esbozar un pronóstico sobre los asuntos humanos- augurar un futuro venturoso antes que uno sombrío. Por desdicha, hoy en día es ese el único argumento favorable al optimismo, y aunque no es poca cosa caer simpático, más vale ser veraz y decir las cosas como son.
Ahora bien, las cosas son de tal modo que no se ve un solo motivo para esperar que mejoren, de suerte que la humana morada en la tierra llegue a ser menos penosa.
Es claro que el porvenir permanece indeterminado, y que bien es posible que unos no esperados acontecimientos súbitamente corrijan el rumbo de la nave en que todos vamos, apuntando su proa hacia destinos más felices. Ojalá tal sea el caso, y nuestro severo diagnóstico se vea alegremente desmentido por vientos de buenaventura. Pero por otra parte, el carácter abierto del porvenir también torna posible toda clase de acontecimientos aciagos, comparados con los cuales nuestra melancólica prognosis resultaría ser una opinión candorosa. Ojalá no sea tal el caso, pero como quiera que sea, no afectamos ser profetas; dejamos de lado, entonces, lo imprevisible, que es la materia misma del futuro, para atenernos a lo que cabe esperar del avenir suponiendo que su curso se limite a prolongar algunas realidades que se observan en el presente.
Y bien, es una realidad que hoy, en casi todo el planeta, vivimos el doble de lo que vivían nuestros tatarabuelos; que la pobreza, y aun la indigencia, con afligir a gran parte de la población, la afligen en menor proporción que en épocas pretéritas (cosa que a menudo olvidamos); que un oficinista o un carpintero disponen, en gran parte del mundo, de agua corriente, energía eléctrica y, en general, de unas comodidades antaño inexistentes, o reservadas a las gentes principales; que el acceso a la información es más fácil que nunca, y que los transportes y las comunicaciones han borrado las distancias, de suerte que nada queda lejos, y que cualquiera puede contemplar, confortablemente sentado en su casa, lo que sucede en las antípodas. Es cierto que, según decíamos, el estado de penuria sigue acosando a gran parte de la población, pero también lo es que no existe ningún obstáculo técnico que impida librar a esas muchedumbres del azote del hambre, la intemperie, la suciedad y la miseria.
Pero si así son las cosas, ¿por qué anticipábamos que nuestro pronóstico sería pesimista? Nuestra descripción del presente, ¿no parece sugerir un concepto optimista del porvenir?
Tal vez eso parezca, pero la verdad es lo contrario, y ello por la siguiente razón: si ha sido posible remontar la cuesta de la necesidad hasta el punto en que nos encontramos, si el punto en que nos encontramos -como lo muestra la cuantía de la población- es propio de una especie biológicamente exitosa, y si no obstante perdura entre nosotros un sentimiento de malestar, entonces nada será capaz de satisfacernos. Dicho más brevemente: si algo pudiera librarnos de lo que la vida tiene de desventura, ya lo habríamos alcanzado.
Y es que quizás la condición humana acuse una falla esencial, por la que le resulte vedada la felicidad. Decimos "quizás" porque la fisura de que hablarnos -si existe- obra en las conjeturales regiones de la metafísica, pero podemos no obstante describir algunas de las que nos parecen ser sus consecuencias terrestres. He aquí una de ellas: supóngase que hemos reservado entradas para una función de teatro a darse esta noche, y que al mediodía hemos sabido que un huracán ha matado a tres mil personas en Haití; ¿cuántos de nosotros se abstendrían de ir al teatro, cohibidos por el dolor de aquellas muertes? Nótese que la pregunta suena tonta, porque en verdad ni se nos ocurre la abstención a que ella se refiere. Es cierto que ante la noticia de la catástrofe pueden haber aflorado a nuestros labios algunas palabras de compasión, y que de ninguna manera nos opondríamos al protocolar envío de ayuda humanitaria por parte del Estado nacional; pero lo cierto es que ni por asomo trabaja en nuestras almas un motivo que nos conduzca a perdernos la función a la que teníamos previsto asistir. Nótese también que muy distinto sería el caso si -Dios no lo quisiera- la víctima del siniestro fuese alguien de nuestro afecto. Esta diferencia es la que determina que la pregunta anterior diste de ser tonta; ella inquiere por el valor que le asignamos a la vida humana; no a la de los seres queridos, sino a la de los seres humanos. Y nuestra conducta efectiva -no nuestros dichos más o menos retóricos- indica que le asignamos poco o ningún valor. Ahora bien, aquello a lo que no se da valor, no lo tiene.
He aquí otra de las consecuencias visibles de la falla a que nos hemos referido anteriormente. Supóngase un listado de las obras valiosas debidas a la invención humana, una nómina que registre desde los procedimientos para encender fuego hasta las ecuaciones de la mecánica cuántica, pasando por los textos de Sófocles, el teorema de Pitágoras, la obra de Cervantes y las composiciones de Johann Sebastian Bach. (No se nos ocultan las dificultades que conlleva redactar semejante nómina, principalmente la del criterio de selección que ella demanda. Imaginémosla, sin embargo, redactada). Pues bien, ese inventario divide a la población en dos conjuntos, a saber: el formado por las personas capaces de apreciar el significado y dar vida a por lo menos uno de sus componentes, y por otra parte el formado por las personas que, usuarias o no de algunos de aquellos componentes, no perciben su relieve, deslizándose pasivamente sobre su superficie, del todo ajenas a su sentido y valor. Un plomero que en sus ratos libres construye modelos a escala de barcos o de aviones; una secretaria que mientras espera el ómnibus recorre las páginas de una edición en rústica del Hamlet, pertenecen al primer conjunto; un gerente de grandes tiendas que descansa dormitando ante el parpadeo hipnótico del televisor; un empleado estatal que halla en Boca Juniors o en River Plate la razón de su vida, ilustran el segundo conjunto. Integra el primero la gente que es digna heredera de los mejores logros de la especie; forma el segundo la gente silvestre. Adviértase que no se trata de clases sociales, sino de clases espirituales: su distribución es independiente de la riqueza, el poder y la fama. Ahora bien, la calidad de una población depende de las partes que en ella tengan los unos y los otros, reparto del que sería expresión cabal una fracción cuyo numerador fuera la cifra de los que son dignos herederos de los mejores logros de la especie, y cuyo denominador fuera la correspondiente a la gente vulgar. No disponemos, por cierto, de esas cifras, pero podemos representarnos sus magnitudes relativas por medio de algunas señales indirectas. Comparemos, por ejemplo, la multitud de los que concurren a espectáculos que dan trabajo a la Policía (un concierto de rock, digamos, o un partido de fútbol), con la de los que asisten a espectáculos de los que la Policía puede desentenderse (un concierto de música barroca, digamos, o una conferencia sobre los derechos humanos); en todos los casos, comprobaremos que el tamaño del numerador es pequeñísimo en relación con el del denominador, o lo que es lo mismo, que la calidad de la población considerada es muy baja.
El razonamiento anterior debe ser aplicable, en mayor o menor medida, a todas las sociedades existentes, y por ende expresa una verdad a propósito de la entera población de la Tierra. Esa verdad, que no es precisamente alentadora, adquiere carácter alarmante si se tiene en cuenta que el crecimiento de la población, con la mayor probabilidad, favorece de modo desigual a los conjuntos en cuestión, porque la velocidad explosiva de ese crecimiento instala automáticamente inmensas multitudes, todos los días, en el campo no ya de la mera vulgaridad, sino en el harto más temible de la ruindad (porque acaso la segunda no sea sino el grado extremo de la primera).
En este punto podemos retornar al centro de nuestro problema Tratábamos de justificar, como se recordará, un pronóstico pesimista acerca del futuro cercano. Y bien, he aquí que, si nuestra percepción del asunto es acertada, resulta que la violencia y la inseguridad, que signan el presente e infunden un sentimiento de precariedad en la existencia, no admiten remedios que procedan de nuestra iniciativa, porque sus fuentes radican en la índole de la población; esto es, no se trata de que la población tope con unos problemas que ha de resolver, sino que ella misma es el problema.
En efecto, cualquiera puede ver que la mayor parte de la gente, cuando no vegeta al vaivén de unos entretenimientos bobos, abraza con fervor alguna de las muchas formas del fanatismo, y ello sin que importe cuál sea su situación económica o social. Ese hecho arroja un triste mentís sobre la idea de que la condición humana es intrínsecamente digna, de que una vez libre de las cadenas con que la aherrojan unos poderes despóticos que propagan el oscurantismo a filo de espada, aflorarán de esa condición unas tendencias naturales orientadas hacia el Bien, la Verdad y la Belleza. Véanse esos voluntarios campos de concentración que son los estadios deportivos, y se comprenderá cuán injustificada era esa idea. Y es que, no obstante el lenguaje con que se expresaba, ella se nutría de la creencia de que es posible una sociedad sin pueblo. Ahora bien, una sociedad sin pueblo es imposible, y ello significa un lastre irrevocable para todas las naciones. Postulado el pueblo, quedan postulados también el sacerdote, el soldado, el policía y -desde luego- el bufón. Pero si el pan no alcanza y el circo no distrae lo suficiente, entonces las instituciones que aquellos funcionarios encarnan se tornan ineficaces; aparecen bandas que reclaman lo suyo o que lo reclaman todo, las más veces mediante el ejercicio de la fuerza, y no pocas, con lujo de crueldad.
Se dirá tal vez -de hecho se ha dicho hasta el cansancio- que esas tendencias no emergen de la naturaleza, y que comoquiera que sea tienen remedio en la educación. Más todavía, es lícito evocar situaciones en las que la puesta por obra de un buen sistema escolar hizo surgir un estado de cosas civilizado allí donde no lo había; sin ir más lejos, el caso argentino, hace alrededor de siglo y medio, constituye acabadamente una de esas situaciones.
Por nuestra parte, ignoramos qué papel desempeña la naturaleza en la propagación de la brutalidad, y aunque admitamos de buen grado que la educación puede hacer mucho por contrarrestarla, sostenemos que semejante posibilidad tiene vigencia siempre y cuando exista una intensa demanda por parte de la gente. En nuestro país, hace -digamos- ochenta años, todo el mundo -letrados e iletrados- estaba convencido de los beneficios de la instrucción. ¿Puede alguien medianamente lúcido pretender que hoy en día rige la misma convicción?
Los avisos publicitarios deparan un muy preciso informe sobre las preferencias de la gente. Es cierto que sus diseñadores procuran manipular esas preferencias, pero justamente por eso han de atenerse a su estructura básica, a los valores de fondo que las sostienen. El negocio de esos diseñadores es vender lo que publicitan, y no lo conseguirían si forzaran aquellos valores; han de tomarlos, pues, muy en serio, y para el observador de los asuntos sociales el trabajo de esos exploradores de los deseos colectivos resulta un material de altísimo interés.
Ahora bien, examínese ese material; dibújese el perfil del tipo humano al que él remite, y se sabrá bastante acerca de qué cabe esperar del futuro próximo.
Desde luego, no podemos practicar una reconstrucción como esa acerca de una parte cuantiosa de la población mundial, que por diversas razones permanece ajena al consumo intensivo de bienes y servicios, a raíz de lo cual no es destinataria de anuncios que exhorten a la compra de -digamos- calzado deportivo o teléfonos celulares. Sin embargo, no por eso tales multitudes permanecen libres de toda propaganda; al contrario, bien es posible que, en algunos de los países que ellas habitan, se las llame varias veces al día desde alminares belicosos, que prometen un inmediato paraíso a quienes perezcan como mártires.¿Cómo ser optimista ante semejante estado del mundo?
Y, en lo que concierne a nuestro país, ¿cómo serlo mientras el populismo goza de tan buena salud?
Claro está, empero, que estas líneas nos han sido dictadas por nuestra profesión de fe de pequeños burgueses decimonónicos, y que por ello tal vez adolezcan de una irremediable ceguera; tal vez late ya el embrión de tiempos mejores, aunque percibirlo nos esté negado. Que otros, entonces, redimidos de antiguos gravámenes, sean sus nuncios entusiastas. (c) LA GACETA
Ahora bien, las cosas son de tal modo que no se ve un solo motivo para esperar que mejoren, de suerte que la humana morada en la tierra llegue a ser menos penosa.
Es claro que el porvenir permanece indeterminado, y que bien es posible que unos no esperados acontecimientos súbitamente corrijan el rumbo de la nave en que todos vamos, apuntando su proa hacia destinos más felices. Ojalá tal sea el caso, y nuestro severo diagnóstico se vea alegremente desmentido por vientos de buenaventura. Pero por otra parte, el carácter abierto del porvenir también torna posible toda clase de acontecimientos aciagos, comparados con los cuales nuestra melancólica prognosis resultaría ser una opinión candorosa. Ojalá no sea tal el caso, pero como quiera que sea, no afectamos ser profetas; dejamos de lado, entonces, lo imprevisible, que es la materia misma del futuro, para atenernos a lo que cabe esperar del avenir suponiendo que su curso se limite a prolongar algunas realidades que se observan en el presente.
Y bien, es una realidad que hoy, en casi todo el planeta, vivimos el doble de lo que vivían nuestros tatarabuelos; que la pobreza, y aun la indigencia, con afligir a gran parte de la población, la afligen en menor proporción que en épocas pretéritas (cosa que a menudo olvidamos); que un oficinista o un carpintero disponen, en gran parte del mundo, de agua corriente, energía eléctrica y, en general, de unas comodidades antaño inexistentes, o reservadas a las gentes principales; que el acceso a la información es más fácil que nunca, y que los transportes y las comunicaciones han borrado las distancias, de suerte que nada queda lejos, y que cualquiera puede contemplar, confortablemente sentado en su casa, lo que sucede en las antípodas. Es cierto que, según decíamos, el estado de penuria sigue acosando a gran parte de la población, pero también lo es que no existe ningún obstáculo técnico que impida librar a esas muchedumbres del azote del hambre, la intemperie, la suciedad y la miseria.
Pero si así son las cosas, ¿por qué anticipábamos que nuestro pronóstico sería pesimista? Nuestra descripción del presente, ¿no parece sugerir un concepto optimista del porvenir?
Tal vez eso parezca, pero la verdad es lo contrario, y ello por la siguiente razón: si ha sido posible remontar la cuesta de la necesidad hasta el punto en que nos encontramos, si el punto en que nos encontramos -como lo muestra la cuantía de la población- es propio de una especie biológicamente exitosa, y si no obstante perdura entre nosotros un sentimiento de malestar, entonces nada será capaz de satisfacernos. Dicho más brevemente: si algo pudiera librarnos de lo que la vida tiene de desventura, ya lo habríamos alcanzado.
Y es que quizás la condición humana acuse una falla esencial, por la que le resulte vedada la felicidad. Decimos "quizás" porque la fisura de que hablarnos -si existe- obra en las conjeturales regiones de la metafísica, pero podemos no obstante describir algunas de las que nos parecen ser sus consecuencias terrestres. He aquí una de ellas: supóngase que hemos reservado entradas para una función de teatro a darse esta noche, y que al mediodía hemos sabido que un huracán ha matado a tres mil personas en Haití; ¿cuántos de nosotros se abstendrían de ir al teatro, cohibidos por el dolor de aquellas muertes? Nótese que la pregunta suena tonta, porque en verdad ni se nos ocurre la abstención a que ella se refiere. Es cierto que ante la noticia de la catástrofe pueden haber aflorado a nuestros labios algunas palabras de compasión, y que de ninguna manera nos opondríamos al protocolar envío de ayuda humanitaria por parte del Estado nacional; pero lo cierto es que ni por asomo trabaja en nuestras almas un motivo que nos conduzca a perdernos la función a la que teníamos previsto asistir. Nótese también que muy distinto sería el caso si -Dios no lo quisiera- la víctima del siniestro fuese alguien de nuestro afecto. Esta diferencia es la que determina que la pregunta anterior diste de ser tonta; ella inquiere por el valor que le asignamos a la vida humana; no a la de los seres queridos, sino a la de los seres humanos. Y nuestra conducta efectiva -no nuestros dichos más o menos retóricos- indica que le asignamos poco o ningún valor. Ahora bien, aquello a lo que no se da valor, no lo tiene.
He aquí otra de las consecuencias visibles de la falla a que nos hemos referido anteriormente. Supóngase un listado de las obras valiosas debidas a la invención humana, una nómina que registre desde los procedimientos para encender fuego hasta las ecuaciones de la mecánica cuántica, pasando por los textos de Sófocles, el teorema de Pitágoras, la obra de Cervantes y las composiciones de Johann Sebastian Bach. (No se nos ocultan las dificultades que conlleva redactar semejante nómina, principalmente la del criterio de selección que ella demanda. Imaginémosla, sin embargo, redactada). Pues bien, ese inventario divide a la población en dos conjuntos, a saber: el formado por las personas capaces de apreciar el significado y dar vida a por lo menos uno de sus componentes, y por otra parte el formado por las personas que, usuarias o no de algunos de aquellos componentes, no perciben su relieve, deslizándose pasivamente sobre su superficie, del todo ajenas a su sentido y valor. Un plomero que en sus ratos libres construye modelos a escala de barcos o de aviones; una secretaria que mientras espera el ómnibus recorre las páginas de una edición en rústica del Hamlet, pertenecen al primer conjunto; un gerente de grandes tiendas que descansa dormitando ante el parpadeo hipnótico del televisor; un empleado estatal que halla en Boca Juniors o en River Plate la razón de su vida, ilustran el segundo conjunto. Integra el primero la gente que es digna heredera de los mejores logros de la especie; forma el segundo la gente silvestre. Adviértase que no se trata de clases sociales, sino de clases espirituales: su distribución es independiente de la riqueza, el poder y la fama. Ahora bien, la calidad de una población depende de las partes que en ella tengan los unos y los otros, reparto del que sería expresión cabal una fracción cuyo numerador fuera la cifra de los que son dignos herederos de los mejores logros de la especie, y cuyo denominador fuera la correspondiente a la gente vulgar. No disponemos, por cierto, de esas cifras, pero podemos representarnos sus magnitudes relativas por medio de algunas señales indirectas. Comparemos, por ejemplo, la multitud de los que concurren a espectáculos que dan trabajo a la Policía (un concierto de rock, digamos, o un partido de fútbol), con la de los que asisten a espectáculos de los que la Policía puede desentenderse (un concierto de música barroca, digamos, o una conferencia sobre los derechos humanos); en todos los casos, comprobaremos que el tamaño del numerador es pequeñísimo en relación con el del denominador, o lo que es lo mismo, que la calidad de la población considerada es muy baja.
El razonamiento anterior debe ser aplicable, en mayor o menor medida, a todas las sociedades existentes, y por ende expresa una verdad a propósito de la entera población de la Tierra. Esa verdad, que no es precisamente alentadora, adquiere carácter alarmante si se tiene en cuenta que el crecimiento de la población, con la mayor probabilidad, favorece de modo desigual a los conjuntos en cuestión, porque la velocidad explosiva de ese crecimiento instala automáticamente inmensas multitudes, todos los días, en el campo no ya de la mera vulgaridad, sino en el harto más temible de la ruindad (porque acaso la segunda no sea sino el grado extremo de la primera).
En este punto podemos retornar al centro de nuestro problema Tratábamos de justificar, como se recordará, un pronóstico pesimista acerca del futuro cercano. Y bien, he aquí que, si nuestra percepción del asunto es acertada, resulta que la violencia y la inseguridad, que signan el presente e infunden un sentimiento de precariedad en la existencia, no admiten remedios que procedan de nuestra iniciativa, porque sus fuentes radican en la índole de la población; esto es, no se trata de que la población tope con unos problemas que ha de resolver, sino que ella misma es el problema.
En efecto, cualquiera puede ver que la mayor parte de la gente, cuando no vegeta al vaivén de unos entretenimientos bobos, abraza con fervor alguna de las muchas formas del fanatismo, y ello sin que importe cuál sea su situación económica o social. Ese hecho arroja un triste mentís sobre la idea de que la condición humana es intrínsecamente digna, de que una vez libre de las cadenas con que la aherrojan unos poderes despóticos que propagan el oscurantismo a filo de espada, aflorarán de esa condición unas tendencias naturales orientadas hacia el Bien, la Verdad y la Belleza. Véanse esos voluntarios campos de concentración que son los estadios deportivos, y se comprenderá cuán injustificada era esa idea. Y es que, no obstante el lenguaje con que se expresaba, ella se nutría de la creencia de que es posible una sociedad sin pueblo. Ahora bien, una sociedad sin pueblo es imposible, y ello significa un lastre irrevocable para todas las naciones. Postulado el pueblo, quedan postulados también el sacerdote, el soldado, el policía y -desde luego- el bufón. Pero si el pan no alcanza y el circo no distrae lo suficiente, entonces las instituciones que aquellos funcionarios encarnan se tornan ineficaces; aparecen bandas que reclaman lo suyo o que lo reclaman todo, las más veces mediante el ejercicio de la fuerza, y no pocas, con lujo de crueldad.
Se dirá tal vez -de hecho se ha dicho hasta el cansancio- que esas tendencias no emergen de la naturaleza, y que comoquiera que sea tienen remedio en la educación. Más todavía, es lícito evocar situaciones en las que la puesta por obra de un buen sistema escolar hizo surgir un estado de cosas civilizado allí donde no lo había; sin ir más lejos, el caso argentino, hace alrededor de siglo y medio, constituye acabadamente una de esas situaciones.
Por nuestra parte, ignoramos qué papel desempeña la naturaleza en la propagación de la brutalidad, y aunque admitamos de buen grado que la educación puede hacer mucho por contrarrestarla, sostenemos que semejante posibilidad tiene vigencia siempre y cuando exista una intensa demanda por parte de la gente. En nuestro país, hace -digamos- ochenta años, todo el mundo -letrados e iletrados- estaba convencido de los beneficios de la instrucción. ¿Puede alguien medianamente lúcido pretender que hoy en día rige la misma convicción?
Los avisos publicitarios deparan un muy preciso informe sobre las preferencias de la gente. Es cierto que sus diseñadores procuran manipular esas preferencias, pero justamente por eso han de atenerse a su estructura básica, a los valores de fondo que las sostienen. El negocio de esos diseñadores es vender lo que publicitan, y no lo conseguirían si forzaran aquellos valores; han de tomarlos, pues, muy en serio, y para el observador de los asuntos sociales el trabajo de esos exploradores de los deseos colectivos resulta un material de altísimo interés.
Ahora bien, examínese ese material; dibújese el perfil del tipo humano al que él remite, y se sabrá bastante acerca de qué cabe esperar del futuro próximo.
Desde luego, no podemos practicar una reconstrucción como esa acerca de una parte cuantiosa de la población mundial, que por diversas razones permanece ajena al consumo intensivo de bienes y servicios, a raíz de lo cual no es destinataria de anuncios que exhorten a la compra de -digamos- calzado deportivo o teléfonos celulares. Sin embargo, no por eso tales multitudes permanecen libres de toda propaganda; al contrario, bien es posible que, en algunos de los países que ellas habitan, se las llame varias veces al día desde alminares belicosos, que prometen un inmediato paraíso a quienes perezcan como mártires.¿Cómo ser optimista ante semejante estado del mundo?
Y, en lo que concierne a nuestro país, ¿cómo serlo mientras el populismo goza de tan buena salud?
Claro está, empero, que estas líneas nos han sido dictadas por nuestra profesión de fe de pequeños burgueses decimonónicos, y que por ello tal vez adolezcan de una irremediable ceguera; tal vez late ya el embrión de tiempos mejores, aunque percibirlo nos esté negado. Que otros, entonces, redimidos de antiguos gravámenes, sean sus nuncios entusiastas. (c) LA GACETA
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