Niebla de diez años

Por Marcos Rosenzvaig

05 Diciembre 2004
Una dilatada niebla de diez años en un pequeño espacio temeroso de la memoria es el lapso en donde Matilde Sánchez sitúa la novela "El Dock", publicada por primera vez en 1993 y ahora reeditada. Está basada en una ficción: el copamiento armado del Dock, algo así como una mezcla entre "La Tablada" y el asalto del "Cuartel de Monte Chingolo". Allí tiene lugar la anónima muerte de una mujer, Poli. En un principio la muerte es una imagen, que de manera casual la narradora observa en el televisor; ella se resiste a equiparar la pura identidad con la nada, la borradura, la nulidad total, el ene-ene de una mujer reducida a una mercancía y vendida como noticia. Entonces cree ver en el cuerpo dinamitado de Poli un movimiento, algo humano. Después esa imagen pertenece a otro ser cercano, se personifica en un familiar de la narradora con un nombre: Paulina, apodada Poli.
La memoria es una falta, dice Eduardo Grüner, y es por lo que falta -y no por lo que sobra- que se organiza la historia. La historia, como la economía, es la administración de la escasez. Lo que sobra, el excedente, es lo que se vende en el mercado. Y el mundo de hoy es un gigantesco shopping de memorias inútiles que no nos permiten interrogar nuestras propias faltas. La novela es el intento de la narradora por construir la memoria, que no es otra cosa que el olvido; jamás logrará re-producir la memoria, pero sí producirla, como un hecho nuevo: un descubrimiento del pasado posibilita una mirada reflexiva del presente, y en ese continuo descubrir los distintos aspectos de la vida de Poli, ella misma se reconstruye. La construcción de la memoria posibilita la curación de su cuerpo enfermo. Y es que su cuerpo enfermo representa a una sociedad enferma; ella encontrará su cura en la solidaridad, en el amor a Leo, el hijo huérfano que ha dejado Poli.
Tres soledades configuran la novela, tres exilios en busca de sus identidades: Kim, un coreano que sueña con su lugar de origen; Leo, único hijo de Poli, y la narradora. Todos recorren un camino, una experiencia intransferible. La arquitectura de la novela es la construcción de la ausencia de una mujer revolucionaria en los años ?70. En una generación marcada por el destierro, los sobrevivientes necesitan regresar para entender el sentido o para dilatar el corazón haciendo añicos la torre de las defensas. Y una nueva generación, la de Leo, regresa a la casa de sus abuelos, en la costa uruguaya, para buscar a su madre. Es allí donde las defensas caen con el primer viento; es allí donde inicia su camino a la adultez, no desde el resentimiento sino desde el amor. (c) LA GACETA

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