Con una suerte de aroma de los cuentos de Onetti

Por Marcelo Damiani

05 Diciembre 2004
El título de la última novela de Juan Martini, Colonia, condensa varios significados. Por una parte, es la obvia referencia a la ciudad uruguaya que sirve como contraste de la falsamente ubicua capital argentina; por otra, alude al nombre de una rara institución (acaso psiquiátrica) donde el protagonista principal del relato, Alejandro Balbi, decide internarse cuando se entera de que su mujer tiene un amante. Como también sucedía con Barbieri en El autor intelectual, la separación de la mujer parece ser el punto de inflexión de la vida de estos hombres maduros, y a veces, incluso, el origen de la escritura.
Balbi llena cuadernos con ideas, impresiones y citas, como buscando un sentido a su vida. Los extraños personajes que lo rodean no sólo le servirán como motivos de reflexión sino que también serán presentados como una suerte de muestrario de la vacuidad o del sinsentido de la existencia en su vertiente más vital. Hay, si se quiere, una suerte de aroma onettiano en toda la novela que podría localizarse en la fuerte atmósfera marginal o en el mismo nombre del protagonista (que sin duda remite al de uno de los grandes cuentos del autor uruguayo: "El posible Baldi"). Esta ambientación le permite a Martini deslizar una crítica narrativa, sutil pero categórica, a todo el denigrante sistema institucional que rige nuestras vidas y a la gran crisis del reciente pasado argentino en particular. Se podría decir que Balbi, en un punto, no sólo se interna por razones sentimentales, sino basado en la sospecha de que está rodeado por una locura difícil de percibir (pero que tiene la forma de los efectos del menemato). Frente a esta locura, intuye que quizá el único lugar donde aún haya cordura sea, paradójicamente, una institución psiquiátrica. Con lo cual se confirmaría que los protagonistas de Martini siempre son una especie de espectadores privilegiados o visionarios inconscientes. En este sentido, también se podría leer ese notable capítulo llamado "Historia del padre" no sólo como una narración brillante que se conecta con el cuento "Materia dispuesta", de Barrio Chino, sino también como un cabal ejemplo del trabajo de configuración narrativa que realiza todo verdadero escritor con el material en bruto que le proporciona su experiencia.
Una pequeña gran lección para los apólogos de la mala escritura y del realismo fácil que algunos editores aún quieren imponer como un lamentable producto de mercado y que no es más que otro de los muchos legados culturales que nos dejó la nocivamente frívola década menemista. (c) LA GACETA

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