05 Diciembre 2004 Seguir en 

Cuando años atrás la ciudad de Calcuta se sumaba a una cruzada lingüística nacional y retomaba su antiguo nombre bengalí, Kolkata -en una creciente ola de rebautismos que había incluido ya el trueque de Bombay por Mumbai-, la antigua colonia británica evidenciaba una variable que los imperios jamás subestimaron: el poder simbólico de las palabras. He ahí que si renombrar constituía un arrebato, un acto de posesión sobre los seres y las cosas, abjurar del fonema refrendaría la emancipación; formalidad poco subestimable a oídos patrios, por ejemplo, aplicada a Malvinas, donde la palabra Falklands suele adquirir el sonido de una violación, de un violento despojo.
Claro que ha habido matices. Precisamente, dentro de las diferencias habitualmente señaladas entre la conquista británica y la española, una es semántica: mientras que los primeros consignaron un repertorio de fonemas para todo lo mundano que pudiera redundar un pingües beneficios comerciales, los ibéricos además, renombraron los dioses, sumándole a la colonización el ingrediente evangélico. Unos aplicaron la distinción crística entre el patrimonio del César y de Dios; otros, invocando a Cristo, no concibieron escisión alguna: lo celestial y lo terrenal configuraban parte del botín.
Lo cierto es que aun inmersa en cierta hipocresía, al considerar al Otro un igual ante Dios y a la vez sojuzgarlo y saquearlo, la política ibérica propició de facto un cruzamiento, en tanto la británica, un vallado atroz: el apartheid, vocablo que estableció claras fronteras entre opresores y oprimidos y cuya erradicación relativa precisó décadas de luchas sanguinarias, casi como para probar que el proverbio "la letra con sangre entra" admitía una formulación inversa.
De algún modo, estas vinculaciones entre la sangre y la letra en regiones que alguna vez fueron colonias británicas (India, Sri Lanca, Africa, el Caribe) son la materia abordada por Eugenia Flores de Molinillo y sus colegas, las aludidas marcas del imperio: cicatrices literarias dejadas por lazos sanguíneos, diversas literaturas que mantienen entre sí un vínculo de sangre. Y en tanto la sangre admite una doble connotación, macabra y fecunda, los ensayos que conforman el volumen no hacen sino reflejar esa ambigüedad, transitar, entre lo fúnebre y lo fértil, las huellas de una relación hecha de sometimiento y rebelión, de coacción y resistencia.
Salman Rushdie, Michael Ondaatje, Christopher Okigbo, Ruth Prawer Jhabvala, Wole Soyinka, Aimé Césaire, Edwidge Danticat, Jean Rhys, Jamaica Kincaid, entre otros, son los emergentes literarios indagados, los escribas surgidos de ese apareamiento cargado de violencia. De ahí que sobrevuelen dos posibles lecturas: una, entender la escritura poscolonial como conjuro, como forma de cauterizar heridas, de suturar los estigmas del imperio en el cuerpo social colonizado; otra, pensarla como el producto de un hijo ilegítimo que, si bien escribe en la lengua seminal del invasor, lo hace en la ilegalidad, por fuera del canon, con el encanto de la tensión que anida en una identidad signada por el síndrome dual del bastardo frente a la fuerza centrípeta de su padre, a quien a la vez anhela y desea derrocar. El resultado es esa suerte de contraliteratura que nombra al mundo en el idioma imperial pero deconstruye sus presupuestos discursivos, subvierte su gramática, pone en trance su núcleo de saberes.
Para avalarlo, el libro no elude contrapuntos con referentes de la literatura canónica. Un ensayo, por ejemplo, desanda La Tempestad, de Shakespeare, como hipotexto de Una tempestad de Césaire; otro propone una dialéctica entre Pasaje a la India, de E.M. Forster, y Calor y polvo, de Jhabvala; otro indaga la presencia de T.S. Eliot en la lírica de Okigbo y otro opone el discurso imperial de Isak Dinesen en Africa mía al contradiscurso poscolonial de Ngugi Wa Thiong, en El río entre las colinas.
Hablar de hibridez es suponer que existe un parámetro de pureza y que este, para el caso, habita en el centro del poder imperial; algo tan ingenuo a esta altura como la inversa tendencia a considerar las colonias como vergeles de pureza a las que el imperio inoculó su mal. No menos absurdo, como bien sugiere el Preliminar, es hablar de un legado cultural con que el conquistador "nutrió" a sus colonias, como si hasta su arribo estas se hubieran encontrado en estado de inanición. En ese sentido, una de las virtudes del libro es que no fiscaliza; discrimina el escenario colonial británico según el status de sus dominios como marco para examinar sus vestigios y trazar una taxonomía literaria.
Sobre el final propone un giro interesante: si bien distingue a aquel capitalismo industrial que requería la presencia física del imperio en sus posesiones, del posterior capitalismo financiero que la torna prescindible, sortea ese estadio para cerrar con una fase ficcional admonitoria: la amenaza finisecular de los extraterrestres en el propio imaginario imperial y su proyección fantasmática de que acaso otro tipo de ocupantes foráneos más poderosos puedan dar vuelta la taba; lo cual, dado que existe toda una gama de ficciones que auguran ese presunto advenimiento, arroja un interrogante: ¿cómo serán las marcas literarias de su eventual apareamiento? (c) LA GACETA
Claro que ha habido matices. Precisamente, dentro de las diferencias habitualmente señaladas entre la conquista británica y la española, una es semántica: mientras que los primeros consignaron un repertorio de fonemas para todo lo mundano que pudiera redundar un pingües beneficios comerciales, los ibéricos además, renombraron los dioses, sumándole a la colonización el ingrediente evangélico. Unos aplicaron la distinción crística entre el patrimonio del César y de Dios; otros, invocando a Cristo, no concibieron escisión alguna: lo celestial y lo terrenal configuraban parte del botín.
Lo cierto es que aun inmersa en cierta hipocresía, al considerar al Otro un igual ante Dios y a la vez sojuzgarlo y saquearlo, la política ibérica propició de facto un cruzamiento, en tanto la británica, un vallado atroz: el apartheid, vocablo que estableció claras fronteras entre opresores y oprimidos y cuya erradicación relativa precisó décadas de luchas sanguinarias, casi como para probar que el proverbio "la letra con sangre entra" admitía una formulación inversa.
De algún modo, estas vinculaciones entre la sangre y la letra en regiones que alguna vez fueron colonias británicas (India, Sri Lanca, Africa, el Caribe) son la materia abordada por Eugenia Flores de Molinillo y sus colegas, las aludidas marcas del imperio: cicatrices literarias dejadas por lazos sanguíneos, diversas literaturas que mantienen entre sí un vínculo de sangre. Y en tanto la sangre admite una doble connotación, macabra y fecunda, los ensayos que conforman el volumen no hacen sino reflejar esa ambigüedad, transitar, entre lo fúnebre y lo fértil, las huellas de una relación hecha de sometimiento y rebelión, de coacción y resistencia.
Salman Rushdie, Michael Ondaatje, Christopher Okigbo, Ruth Prawer Jhabvala, Wole Soyinka, Aimé Césaire, Edwidge Danticat, Jean Rhys, Jamaica Kincaid, entre otros, son los emergentes literarios indagados, los escribas surgidos de ese apareamiento cargado de violencia. De ahí que sobrevuelen dos posibles lecturas: una, entender la escritura poscolonial como conjuro, como forma de cauterizar heridas, de suturar los estigmas del imperio en el cuerpo social colonizado; otra, pensarla como el producto de un hijo ilegítimo que, si bien escribe en la lengua seminal del invasor, lo hace en la ilegalidad, por fuera del canon, con el encanto de la tensión que anida en una identidad signada por el síndrome dual del bastardo frente a la fuerza centrípeta de su padre, a quien a la vez anhela y desea derrocar. El resultado es esa suerte de contraliteratura que nombra al mundo en el idioma imperial pero deconstruye sus presupuestos discursivos, subvierte su gramática, pone en trance su núcleo de saberes.
Para avalarlo, el libro no elude contrapuntos con referentes de la literatura canónica. Un ensayo, por ejemplo, desanda La Tempestad, de Shakespeare, como hipotexto de Una tempestad de Césaire; otro propone una dialéctica entre Pasaje a la India, de E.M. Forster, y Calor y polvo, de Jhabvala; otro indaga la presencia de T.S. Eliot en la lírica de Okigbo y otro opone el discurso imperial de Isak Dinesen en Africa mía al contradiscurso poscolonial de Ngugi Wa Thiong, en El río entre las colinas.
Hablar de hibridez es suponer que existe un parámetro de pureza y que este, para el caso, habita en el centro del poder imperial; algo tan ingenuo a esta altura como la inversa tendencia a considerar las colonias como vergeles de pureza a las que el imperio inoculó su mal. No menos absurdo, como bien sugiere el Preliminar, es hablar de un legado cultural con que el conquistador "nutrió" a sus colonias, como si hasta su arribo estas se hubieran encontrado en estado de inanición. En ese sentido, una de las virtudes del libro es que no fiscaliza; discrimina el escenario colonial británico según el status de sus dominios como marco para examinar sus vestigios y trazar una taxonomía literaria.
Sobre el final propone un giro interesante: si bien distingue a aquel capitalismo industrial que requería la presencia física del imperio en sus posesiones, del posterior capitalismo financiero que la torna prescindible, sortea ese estadio para cerrar con una fase ficcional admonitoria: la amenaza finisecular de los extraterrestres en el propio imaginario imperial y su proyección fantasmática de que acaso otro tipo de ocupantes foráneos más poderosos puedan dar vuelta la taba; lo cual, dado que existe toda una gama de ficciones que auguran ese presunto advenimiento, arroja un interrogante: ¿cómo serán las marcas literarias de su eventual apareamiento? (c) LA GACETA
Lo más popular







