Los peligros del exitismo

Por Fernando Laborda, para LA GACETA - BUENOS AIRES

05 Diciembre 2004
Los argentinos hemos ganado fama mundial por diversos motivos. Dos de los más recordados son nuestra tendencia a exagerar todo y nuestro exitismo.
En las últimas semanas, probablemente de la mano de cifras sobre crecimiento económico y sobre las perspectivas favorables que ofrecería la eventual conclusión de las negociaciones por la deuda pública con los acreedores privados, se acrecentó el optimismo, a tal punto que un clima de euforia signó tanto a los mercados como al propio Gobierno nacional.
La Argentina parece haber salido de un largo período de duelo que tuvo sus antecedentes en el inicio del ciclo recesivo de su economía, hacia fines de 1998, y alcanzó su peor momento en el verano de 2002. Por entonces, muchos sintieron que todo estaba perdido. Sufrimos un aislamiento internacional sin precedentes en el país -quizá sólo comparable al vivido durante la Guerra de las Malvinas-, las consecuencias del "default", la crisis del sistema financiero y los niveles de pobreza y desempleo más elevados en muchas décadas. Y, como telón de fondo, una profunda crisis de representación política. Todo al mismo tiempo.
Bastó la posibilidad de llegar a un acuerdo con los acreedores privados para que el exitismo estuviera nuevamente entre nosotros. Asoma una vez más el peligro de que celebremos nuestra salida de la sala de terapia intensiva, pensando que podemos volver a los mismos vicios que, oportunamente, nos condujeron a la internación con diagnóstico grave.
El peor error sería creer que, porque dejemos atrás la cesación de pagos, lograremos una rápida reinserción en el mundo que justifique una ola de inversiones hacia una nueva "Argentina potencia". Ni los parámetros de confianza internacionales se modifican con tanta velocidad ni el escenario mundial es tan favorable para los argentinos como algunos pueden creer.

El escenario internacional
Cuando los argentinos nos preguntamos cómo afectará a la Argentina la reelección del presidente norteamericano, George W. Bush, en realidad deberíamos interrogarnos acerca de cómo incidirá este dato en el mundo y, de rebote, en nuestro país.
El veredicto electoral indica que en los Estados Unidos triunfó el miedo y que la amenaza terrorista es más relevante para la mayoría de los norteamericanos que el equilibrio de las cuentas fiscales alcanzado durante la presidencia de Bill Clinton. Un mundo en guerra implica un fuerte déficit fiscal para la mayor potencia mundial. Y esto, a su vez, provoca iliquidez y una menor canalización de recursos e inversiones hacia economías emergentes como la argentina.La expansión de la Unión Europea tampoco parece la mejor noticia para el futuro de la Argentina. Varios de los países del Este que se han incorporado al conglomerado económico europeo son agrícolas; el caso más emblemático es Polonia. Esto representa, a juicio de algunos analistas internacionales, un problema para nuestro país y para el Mercosur, ya que esas nuevas naciones de la Unión Europea buscarán beneficiarse con el sistema de elevados precios y altísima protección del Viejo Continente, que quedará así en medio de las presiones internacionales por una liberación económica, por un lado, y de los deseos de un grupo de países que no querrán recibir los cereales argentinos ni el azúcar de Brasil, por el otro.
Cuando la Argentina dejó atrás la convertibilidad, se pensó que el país ganaría en competitividad y podría multiplicar sus exportaciones. Los últimos aportes estadísticos indican que estas no están creciendo de acuerdo con las expectativas trazadas, al margen de la caída que este año han experimentado los precios de la soja. Por un lado, las importaciones vienen creciendo en el último año a un ritmo superior al de las exportaciones. Por otro lado, mientras Brasil pasó de exportar unos 55.000 millones de dólares a 73.000 millones entre los años 2000 y 2003, la Argentina, en similar período, sólo pasó de 26.000 a 29.000 millones de dólares.
La novedad económica más relevante de los últimos años en el orden internacional es el apogeo de China y de India. La visita a la Argentina del presidente chino, Hu Jintao, había despertado desproporcionadas expectativas, de la mano de una incomprensible política de comunicación oficial. El colmo de las exageraciones se produjo cuando se supuso que los chinos podrían prestarnos unos 20.000 millones de dólares para que cancelemos nuestra deuda con el Fondo Monetario Internacional. El dato, más allá de lo anecdótico, refleja una vieja cultura argentina que se caracteriza por esperar las soluciones mágicas y por atribuir las razones de nuestras penurias a agentes externos empeñados en torcer nuestro destino natural como país condenado al éxito.Con todo, la "novela china" inventada desde la Casa Rosada dejó un dato positivo: la preocupación real del Gobierno argentino por atraer inversiones hacia un país en el que durante muchos años proliferó una cultura que renegó de los inversores extranjeros. Pero esa alentadora percepción choca con la realidad de un gobierno que emite señales confusas. Y no hay peor noticia para un potencial inversor que los cambios permanentes en las reglas del juego.

Las asignaturas pendientes
El ranking de transparencia dado a conocer este año por Transparency International, que le asignó a la Argentina un puntaje de 2,5 sobre 10, señala a las claras una asignatura pendiente que está lejos de resolverse. La corrupción no es sólo una cuestión de orden ético o moral; es también un problema económico.
La corrupción aumenta la inseguridad jurídica, alimenta la desconfianza en las instituciones, incrementa el descrédito de nuestras fuerzas de seguridad y los niveles de delincuencia, retrasa inversiones, hace crecer la fuga de capitales, eleva los costos porque se pagan sobornos (según una reciente encuesta de KPMG entre líderes de opinión argentinos, el 33% de los consultados admitió que sufrió algún acto de corrupción y/o fraude durante 2003) y aumenta la evasión impositiva, tanto porque resulta más fácil no pagar como porque quien está dispuesto a cumplir con sus obligaciones tributarias se pregunta dónde terminará su dinero.
La presencia de figuras de estrecha relación con funcionarios gubernamentales en la Sindicatura General de la Nación (SIGEN), entre ellas la esposa del ministro de Obras Públicas, Julio de Vido; los intentos oficiales por reducir el presupuesto de la Oficina Anticorrupción y las señales de la incipiente conformación de una nueva mayoría adicta al Poder Ejecutivo en la Corte Suprema de Justicia son aspectos preocupantes.
La aprobación parlamentaria de la extensión de facultades especiales al jefe de Gabinete para reasignar partidas presupuestarias -los llamados "superpoderes"- y la prórroga de la emergencia económica confirman la tendencia de las últimas administraciones a anular de hecho al Congreso.
Finalmente, el fallo del máximo tribunal de la Nación que dispuso la pesificación de los depósitos bancarios en dólares -más allá de la necesidad de buscar soluciones razonables a un conflicto difícil y delicado- ha sentado una peligrosa jurisprudencia, en virtud de la cual toda situación de emergencia justificaría que los ahorros depositados en entidades financieras sean tangibles o pasibles de apropiación parcial.
Crecer que todo será fácil después de cerrado el acuerdo con la mayoría de los tenedores de bonos en "default" es equivalente al mismo pensamiento mágico de otros tiempos, que suponía que la Argentina podía dejar atrás todos sus problemas con una buena cosecha de cereales.
Ningún analista serio duda hoy de que, si la Argentina logra una aceptable adhesión a su oferta de canje de deuda no será por las bondades de la propuesta sino porque los acreedores terminarán aceptando por cansancio, en muchos casos jurando que jamás en su vida querrán volver a oír hablar de nuestro país. En el mejor de los casos, será una victoria pírrica. ¿Acaso es factible que quienes acepten de mala gana los nuevos títulos de deuda con una extraordinaria quita vuelvan a confiar en la Argentina y a volcar sus inversiones donde consideren que se los ha esquilmado?
Aun saliendo del "default", en 2005 y en los años siguientes nos espera un arduo trabajo, en el que no hay espacio para soluciones milagrosas. Si no, aprendamos la lección que nos dejaron los chinos Su presidente, Hu Jintao, no vino a Brasil y la Argentina a hacer beneficencia con las cuantiosas reservas en su país, como algunos pretendían. Vino con un claro objetivo: llevarse el reconocimiento del status de "economía de mercado". Y lo consiguió. Quedó demostrado que China tiene lo que a la Argentina le falta: un plan estratégico. Los chinos saben lo que quieren. ¿Sabemos los argentinos lo que queremos? (c) LA GACETA

Tamaño texto
Comentarios