La literatura, esa voz tonante

Para LA GACETA - Yerba Buena (Tucumán)

28 Noviembre 2004
La literatura, a la manera de un ventrílocuo, es capaz de muchas voces. Suele usarlas para advertir a la sociedad sus errores y carencias y para instarla a tomar medidas, a corregir, a corregirse.
Cuando no encuentran respuestas, esas voces, ya como ecos, se pasan la posta y siguen resonando, a través de generaciones y a lo largo del tiempo.
¿Por qué llamados de atención, admoniciones de hace siglos, continúan resonando en el presente? ¿No sería bueno prestarles oído y reflexionar sobre ello?¿Prédica en el desierto? ¿Y si así no fuera?
Veamos algunos casos y después decidiremos, en reflexión secreta, mano a mano con nuestra conciencia, si vale la pena, o no, tenerlos en cuenta:
Siempre, desde que el hombre escribe, ha habido obras que trascienden al individuo, que trascienden lo literal y encierran mensajes, testimonios y un simbolismo profundo. Reflejan el cuadro social de su tiempo y brindan los elementos para que el destinatario recomponga el marco donde se inscribieron.
Fundamentalmente, trascienden lo circunstancial, que puede ser efímero o no, y apuntan a lo que, en su momento, manifiesta tener, ya, peso de historia, y que podría repetirse.
Echemos una mirada sobre el panorama de occidente:
Ya entre los siglos XI y XII, en Europa, los goliardos, clérigos vagabundos, poetas, críticos de la sociedad de su tiempo, se referían al poder corruptor del dinero; a su mala distribución social, a la inequidad y a la falta de moral. A pesar de su carácter festivo, no les eran ajenos los motivos de alto valor ético, social y político. Esa es una de las causas por las que sus reclamos continúan vigentes en la actualidad.
En el siglo XIV, allá en Castilla, un arcipreste zumbón pero con mucha médula alertaba al mundo (y, sin saberlo, a la historia) sobre los peligros del poder subversivo del dinero: "La propiedad que el dinero ha", y su burla a la equidad, a la justicia, a la honra, a la cultura y al trabajo:

Sea un hombre necio o rudo labrador
Los dineros le hacen hidalgo y sabedor

Daba muchos juicios, mucha mala sentencia,
Con muchos abogados, era su mantenencia
En tener malos pleitos y hacer mala avenencia
Al final, por dineros, había penitencia.

Hace perder al pobre su casa y su viñedo
Sus muebles y raíces: todo lo desatina.
Por todo el mundo cunde su sarna y su tiña

Por dinero se muda el mundo a su manera,
Derriba fuerte muro, hiende dura madera.

Muchos otros ejemplos quedan en el camino pero no queremos hacer listas. Así llegamos al siglo XVII, cuando don Francisco de Quevedo parece (o bien, merece) tener una repetidora satelital, cuando afirma (o vocifera, o clama) blandiendo el arma de su sátira en la que era campeón: "Poderoso caballero es don dinero"

Pues que da y quita el decoro,
Quebranta cualquier fuero,

Y pues él rompe recatos
Y ablanda al juez más severo
Poderoso caballero
Es don dinero
Ya de este lado del mundo, en la primera mitad del siglo XX (1934) Enrique Santos Discépolo populariza el viejo clamor:

Hoy resulta que es lo mismo
ser derecho que traidor,
ignorante, sabio, chorro,
pretencioso, estafador.
Todo es igual: nada es mejor;
lo mismo un burro que un gran profesor.

Los inmorales nos han igualao

qué falta de respeto
qué atropello a la razón,
cualquier es un señor,
cualquiera es un ladrón...
Aunque, para nuestra época, se queda corto (los tiempos actuales lo han superado, para abajo, por supuesto) porque ahora, nada es igual, todo es peor. Tampoco es igual "el que labura noche y día como un buey", que el que roba o está fuera de la ley. Este último tiene mejor estatus y le gana por media cancha en todos los terrenos menos en el de la moral.
Tanto los goliardos y el Arcipreste de Hita, como los que los siguieron, como Quevedo et al., aluden, en obras que por algo no han muerto, a los desiguales manejos de la justicia, a la ignorancia y a la corrupción (aunque no utilicen la palabreja, hoy tan en boga) de los poderosos.
También entre nosotros hay obras con mensajes que, por algo, trascendieron: Es lo que pasa con el Facundo (1845), donde, más allá de las figuras de Rosas y de Quiroga, preocupa la ignorancia que los generó, que da lugar al autoritarismo y a su desmadre. Por eso sentencia Sarmiento: "Educar al soberano", "un pueblo bárbaro elegirá siempre a Rosas".
Debajo de estas frases podemos oír una resonancia que viene propagándose por la historia y que aún se siente con fuerza en nuestros días, ¿por qué? Porque el síntoma que las generó sigue imperando.
Lo mismo pasa con el Martín Fierro (1872), que no sólo pinta el avasallamiento del gaucho y sus penurias sino que reclama un remedio para el mal: "El gaucho debe tener/ Iglesia, escuela y derechos".
Y no acaban ahí los ecos: habíamos señalado la isotopía del reclamo de equidad a la justicia y su dependencia del poder político-económico. En este terreno también puede leerse la vigencia del poema de Hernández:

A mí el juez me tomó entre ojos / En la última votación;
me le hice el remolón / y no me arrimé aquel día
y él dijo que yo servía / a los de la esposición.

¿Jueces serviles del poder? ¿Negociados? ¿En este país? No, ¡por favor!
La voz del gaucho, a fuerza de desesperación, se va endureciendo sobre la marcha:

Hablaban de hacerse ricos / con campos de la frontera,
de sacarla más ajuera, / donde había campos baldidos
y llevar de los partidos / gente que la defendiera.

Yo he visto en esa milonga / muchos jefes con estancia
y peones en abundancia / y majadas y rodeos;
he visto negocios feos / a pesar de mi inorancia.

La voz de José Hernández encuentra su complemento y su amplificación en la de Ezequiel Martínez Estrada, quien analiza el contexto que posibilitó el Martín Fierro y que permite la comprensión de su conducta; es decir, explica el porqué de su vigencia en el siglo XX (décadas 40-50) y nos envía, como legado, las claves para la interpretación de nuestro presente (aunque no haya gauchos, hay sumergidos analfabetos o ignorantes como Martín Fierro, y víctimas, como él de su propia ignorancia).
Hoy sigue siendo esa ignorancia el factor que permite que se mantengan las viejas estructuras del fraude, por el abuso de la incultura, el autoritarismo, los negociados, la riqueza mal habida, la explotación sin escrúpulos, los grupos de poder, a los que hay que sumar los grupos de presión que pretenden (sostenidos por el clientelismo político y la debilidad de las instituciones republicanas) arrogarse la representación de todos.
Los negocios de los banqueros y de los bancos demuestran que la voz de Don Ezequiel no se ha acallado: el consabido corralito y el corralón, y la sombra de sus responsables y beneficiarios le aumentaron el volumen para que resuene más allá de su tiempo y, tal vez, más allá del nuestro, contaminando la historia y también la fe y el futuro de los argentinos.
No sólo son los negocios con la tierra y con el dinero, es la corrupción generalizada la que late con vehemencia en las páginas de Martínez Estrada y se propaga por el presente: Cuentas bancarias en Suiza, tráfico de armas, enriquecimiento ilícito, mafias de todo tipo, coimas en el Senado, impunidad, justicia dependiente, desorbitadas apetencias de poder, autoritarismo, ignorancia prepotente y atrevida.
Hace un par de años, una leve brisa alentadora avivó, o pareció avivar, la llama de nuestra fe. Pero el ventarrón de los hechos cotidianos está a punto de apagarla: nuestro dinero, logrado con esfuerzo, no con negocios ni con negociados, continúa cautivo; los gastos del Estado, en lugar de dar testimonio de austeridad y descender, han aumentado; el nepotismo continúa enseñoreado entre los poderosos; la inseguridad nos cortó casi del todo las alas; la pobreza (a pesar de los pretendidos eufemismos que digitan las estadísticas) ha crecido y, lo que es peor, ha generado un hijo bastardo: los que no quieren trabajar y la multiplicación de los planes -no de los panes- han desplazado a la cultura del trabajo. Y hablando de cultura, seguimos tirando para abajo: ¿ha visto usted los programas de televisión? ¿Se ha preguntado alguna vez cuánto dinero del presupuesto se destina al desarrollo cultural que, según un funcionario, no es prioritario para este gobierno? Y no hablemos del cesarismo sordo a las críticas, del afán de enquistarse en el poder. Y así, seguimos a la deriva, cuesta abajo en la rodada.
Tras de estos clamores, ¿hay desencanto o hay, todavía, esperanza? Nos atengamos a la esperanza como una puerta abierta a los que vendrán, para que no se estrellen contra el muro. Para que la justicia exista, la desigualdad sea menos perversa y las cargas se compongan en el camino. Dios nos oiga, ya que los políticos son sordos. La literatura, cuando el presente se decante, seguirá gritando para que los que quieran oír, oigan. (c) LA GACETAObras citadas
Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, Libro de Buen Amor. Siglo XIV. Ed. consultada: Corominas, J., Madrid, Gredos.
Francisco de Quevedo: Obras completas. S. XVII. Ed. Consultada: Emecé. Buenos Aires, 1944.
José Hernández. Martín Fierro, Ed. de Tiscornia. Buenos Aires, 1955.
E. Martínez Estrada: Muerte y transfiguración de Martín Fierro. México. FCE, 1944.

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