A través de un texto futbolero, el autor indaga en una estética de la conducta

Por Gustavo Bernstein

28 Noviembre 2004
Que la literatura es forma, peca de adagio harto mentado. De ahí que del colmillo de las focas del sur pueda surgir tanto una fascinante pieza literaria como un soporífero tratado odontológico. No obstante, en las últimas décadas, la reconciliación de la intelectualidad con las efusiones futboleras ha proliferado en tal caterva de textos cuya temática gira en torno del balompié, que el sagaz mercado editorial, a tono con la explosión mediática, pretendió de esa erupción una clasificación genérica sin demasiada reflexión, o sin más especulación que la crematística.
Por supuesto, ni la disquisición sobre políticas editoriales ni sobre géneros es objeto de este modesto libelo (y menos a esta altura de la posmodernidad), aunque me permito apuntar la perogrullada del caso: una cosa es agrupar por tema y otra pensar que ese recorte establece una matriz genérica. Máxime cuando, según la premisa inicial, la clasificación temática, a efectos literarios, puede implicar hasta un acto contranatura.¿Por qué este prolegómeno para hablar del libro de Vargas? Porque por su índole no puedo aludirlo sin declarar una filiación literaria: el credo de Camus. Su célebre frase, "todo lo que sé de moral se lo debo al fútbol", es mi diapasón para afinar, si lo hay, un supuesto "género" ad hoc. Es decir, concibo el texto futbolero, ante todo, como un texto moral. No, desde ya, como una ficción edificante con su pertinente moraleja, sino como un texto atravesado por una carga deontológica. De lo contrario lo futbolero, como ocurre con el grueso de los casos, termina en un factor decorativo, un dato de color.
Walter Vargas, puede presumirse, no disentiría demasiado con el postulado. De hecho, sus textos, al margen del entramado de ocasión, no hacen sino indagar en aquello que subyace bajo toda categoría moral: una estética de la conducta. Podrán versar sobre las facetas más dispares del orbe futbolístico, desde las más sacras a las más bastardeadas por la sociedad de consumo, pero siempre, tan soterránea como ineludible, resonará como un eco la máxima del Nobel argelino.
Las anécdotas varían: los fallidos consejos del técnico a su centrofouer; el amor al ídolo, conjurado en una meretriz de suburbios; las fugas de las normas sociales en haras del amor a la pelota; los cinco minutos de fama de un defensor elemental; el sueño de la arremetida en un estadio mítico; una hermandad de hierro enfrentada por camisetas rivales; un severo referí con afición a las artes marciales; los bautismos hormonales de los púberes en plena dictadura; un hijo y un padre profético cargando estoicamente su pobreza pegados a una radio sin pilas que les susurra el vértigo de un partido clave, etcétera. Todas excusas. ¿Para qué? Para exponer destrezas varias. En principio, un conocimiento acabado de los usos y costumbres de las capas sociales más postergadas, desde el lumpenaje más alienado al proletariado más esclarecido. Esa fauna futbolera primordial entreteje sus historias. Pero pese a la pluralidad temática, lo que trasuntan los relatos no varía: un sentido de lo heroico; una épica de barrio; una epopeya doméstica. El fútbol como pretexto para trazar una morfología del obrar, para discurrir sobre un código de lealtades y traiciones, sobre hombres honorables y canallas.
Los registros oscilan igualmente. En algunos, parodia la crónica periodística y el lenguaje de la intelectualidad con veleidades futboleras; en otros, capta el imaginario del tablón y los sutiles epítetos del potrero. En ambos casos, apela a la voluptuosidad narrativa y hace de la prosa un divertimento: gambetea, tira caños, rabonas, sombreros, hace jueguito para la tribuna. Pero hay un tercer tono más ascético, donde deja el picado amistoso y se concentra en el partido decisivo; ahí se planta, ya no se regodea en malabarismos vistosos ni frasea ingeniosos fonemas; economiza energía, busca el toque justo, preciso, el amago certero, el pelotazo contundente. Aparece la veta poética: el silencio, lo no dicho, lo imposible de verbalizar. Irrumpe en lo prosaico la letanía del drama existencial. A ese grupo pertenece, no en vano, el relato que da título al volumen.El libro, para cerrar, cuenta en contratapa con no poco padrinazgo: Fontanarrosa, acaso el Maradona del "género", y Apo, su más elocuente decidor. Aunque para el lector avezado, desde ya, el dato no ofrece mayores garantías. La verdad se zanjará, en todo caso, según el sabio retruécano de don Angelito Labruna: "sobre el verde césped". (c) LA GACETA

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