
Un Evangelio, varias comprensiones
Una mirada sintética sobre la compleja historia del cristianismo primitivo nos permite distinguir cuatro corrientes básicas de comprensión de la persona y misión de Jesús:
El cristianismo paulino, fundamentado en las cartas del Apóstol (1 Tesalonicenses, 1 y 2 Corintios, Gálatas, Filipenses, Filemón, y sobre todo, Romanos). Su núcleo teológico lo constituye el principio de la salvación por la fe en el Cristo Resucitado, al margen de las obras de la Ley (Rom 3,21). La influencia de su pensamiento en sus herederos espirituales derivó en la redacción de un epistolario deuteropaulino: mientras que las cartas a los Colosenses y a los Efesios insisten en la unión mística entre los creyentes (miembros del Cuerpo de la Iglesia) y Cristo (su Cabeza), las cartas Pastorales (1 y 2 Timoteo, Tito) manifiestan el grado de institucionalización desarrollado en la Iglesia a través de una jerarquía de ministerios ordenados.
El judeo-cristianismo, representado por la dirigencia de Santiago en Jerusalén (Hech 12,17; 15,13; 21,18). Los partidarios de este grupo son acusados por Pablo de ser "intrusos y falsos hermanos" (Gal 2,4; cf. 2,12), ya que siguen sus pasos contradiciendo el mensaje que él predica. En efecto, esta corriente se muestra crítica frente a las conclusiones que algunos podían extraer del pensamiento paulino. Y por eso replica: "Muéstrame tu fe sin obras y yo te mostraré por las obras mi fe" (St 2,18). Según Ireneo de Lyon los continuadores más radicales de esta tendencia "rechazan al Apóstol Pablo pues lo llaman apóstata de la Ley. Exponen con minucia las profecías; y se circuncidan y perseveran en las costumbres según la Ley y en el modo de vivir judío" (Contra los herejes I,26,2).
El cristianismo sinóptico, que ha dado a luz a los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas. Pedro es la figura más representativa de esta corriente, y el rol conciliador que desempeña entre el pensamiento paulino y el judeo-cristiano corresponde al tono que se observa en dichos Evangelios. En ellos se habría buscado, por primera vez, presentar el mensaje apostólico de la Resurrección de Jesús dentro de una narración detallada de su vida, recurriendo al género biográfico, que era muy utilizado en la antigüedad. La insistencia de sus relatos en el compromiso ético y en la apertura universalista hacia los no judíos moderan las posturas extremas que podían asumir la posteridad del paulinismo y del judeo-cristianismo.
El cristianismo joánico, que tiene como su más valioso exponente al Evangelio de Juan. Encontramos en él una cristología de la preexistencia que presenta a Jesús como Palabra de Dios hecha carne (Jn 1,14) y una mística que invita al creyente a unirse a Jesús como los sarmientos con la vid (Jn 15,5). La obra del Hijo consiste en la revelación del Dios verdadero (Jn 17,3). La separación de un grupo radicalizado, que "niega que Jesucristo haya venido en carne mortal" (2 Jn 7), pudo haber sido el factor de acercamiento decisivo al cristianismo sinóptico. De esta corriente el cristianismo joánico habría asumido la insistencia ética con la que quiere prevenir los riesgos de individualismo latentes en toda mística: "quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve" (1 Jn 4,20).
El proceso de acercamiento entre estas diversas corrientes a comienzos del siglo II condujo a la conformación de lo que Ignacio de Antioquía llama por primera vez Iglesia Universal (Ekklesía Katholiké; Carta a los Esmirniotas 8,2). Hubo corrientes que no se integraron en esta comunión, que estuvieron en disputa con ella y desarrollaron rasgos sectarios. En primer lugar, los miembros del judeo-cristianismo más intransigente, de quienes tres siglos más tarde dice Jerónimo que "profesaban lo nuevo sin abandonar lo antiguo" y que, "queriendo ser judíos y cristianos a la vez, no son ni judíos y cristianos" (Epístola 112,13). En segundo lugar, la corriente gnóstica, que se basaba en una fuerte experiencia espiritual personal y en la conciencia de poseer un conocimiento privilegiado de los misterios divinos. Si a los primeros se les reprochaba el estar aferrados a la Ley, a estos últimos se les criticará su adhesión a doctrinas secretas ocultadas a la mayoría: "Aquellos que en la Iglesia han sido constituidos obispos y sucesores de los Apóstoles hasta nosotros, ni enseñaron ni conocieron las cosas que aquellos deliran. Pues, si los Apóstoles hubiesen conocido misterios recónditos y en oculto se lo hubiesen enseñado a los perfectos, sobre todo los habrían confiado a aquellos a quienes ellos encargaban las Iglesias mismas" (Ireneo, Contra los herejes III, 3,1).
Evitando los recortes
Fueron estas corrientes disidentes las que continuaron con el principio de "un solo Evangelio". Eso mismo los habría conducido, probablemente, a acentuar aún más su carácter sectario. Porque mientras que la integración del Evangelio de Juan con los Sinópticos matizaba el pensamiento teológico del primitivo catolicismo, asociando ética y mística, la adhesión exclusiva a la literatura de una sola corriente contribuía a endurecer el radicalismo de los grupos separados. Ireneo señala que, mientras las comunidades católicas habían asumido cuatro Evangelios, los sectarios elegían sólo uno, el que mejor apoyaba su teología: "Los ebionitas usan sólo el Evangelio de Mateo... Marción recorta el Evangelio de Lucas... Quienes separan a Jesús del Cristo, y afirman que "Cristo se mantuvo impasible", en cambio "Jesús sufrió", prefieren el Evangelio de Marcos... Los valentinianos usan por todos lados el Evangelio de Juan..." (Contra los herejes III, 11,7).
Igualmente, la integración del paulinismo y del judeo-cristianismo moderado contribuía a dar equilibrio al pensamiento católico. Las llamadas Cartas Católicas dan la impresión de constituir una síntesis que asume y a la vez limita la consolidada influencia paulina. Significativamente han sido atribuidas a Santiago, Pedro y Juan, "que eran considerados como columnas" en la cristiandad primitiva; los mismos que "tendieron la mano en señal de comunión" a Pablo y a Bernabé en el concilio apostólico (Gal 2,9). La carta Segunda de Pedro habla respetuosamente de "todas las cartas de Pablo, nuestro querido hermano", reconoce "la sabiduría que le fue otorgada", pero también trata de neutralizar las conclusiones de un paulinismo exagerado, advirtiendo a sus lectores que hay en esas cartas "cosas difíciles de entender, que los ignorantes y los débiles interpretan torcidamente" (2 Pe 3,15-16). El hecho de considerar a estas cartas "como también las demás Escrituras" constituye un acto de canonización, pues está asociando la más primitiva literatura cristiana al conjunto de los escritos que ya se consideraban inspirados (2 Pe 1,20-21)Finalmente, fue determinante para el surgimiento del canon la amenaza del gnosticismo dualista de Marción. Este afirmaba que "Aquel que anunciaron la Ley y los profetas es el Dios creador de los males, que se complacía en las guerras... Jesús había venido a Judea de parte de aquel Padre que está por sobre el Dios fabricador del mundo... y se manifestó en forma humana a los judíos de entonces, para destruir la ley y los profetas y todas aquellas obras del Dios que hizo el mundo" (Ireneo, Contra los herejes I,27,2). A esta doctrina se opuso el reconocimiento del Dios único como Creador del cielo y de la tierra. Por eso la Gran Iglesia conservó el Antiguo Testamento y lo sostuvo firmemente contra las amputaciones que realizaba Marción en el conjunto de los libros bíblicos. Y vio la necesidad de discernir qué escritos reflejaban auténticamente la predicación apostólica.
Es importante tener en cuenta que el canon no se fijó de un modo inmediato, sino que, como acto de consenso, se fue estableciendo primero en cada una de las iglesias locales y después en la universalidad de la comunión católica. La primera lista que conservamos es el llamado Canon de Muratori, compuesto en Roma alrededor del año 200. Comprende los cuatro evangelios, trece epístolas de Pablo, Judas, 1-2 de Juan y Apocalipsis. No incluye Hebreos, Santiago y 1-2 de Pedro. Pero, en cambio, sí dice "también recibimos Apocalipsis de Pedro, el cual algunos de los nuestros no permiten leerlo en la iglesia", y menciona El Pastor de Hermas, que "sí puede ser leído, pero no puede ser dado a la gente en la iglesia". El Concilio de Nicea en 325 promulga un "Credo" ortodoxo frente al arrianismo, pero no establece un Canon. En la misma época Eusebio considera escritos discutidos, a pesar de ser conocidos por la mayoría, "a las llamadas Epístolas de Santiago, la de Judas y la II de Pedro, y las que llaman II y III de Juan, tanto si son del evangelista como si son de alguien con el mismo nombre" (Historia Eclesiástica III,25,3). Y del Apocalipsis de Juan dice que es un "escrito rechazado por algunos y considerado entre los reconocidos por otros" (III,25,4).
Buscando siempre completar
La preocupación que expresa el Canon de Muratori confirmaría que el dualismo de Marción ha sido el gran peligro que se ha querido anular. Rechaza unas supuestas cartas de Pablo a los Laodicenses y a los Alejandrinos, ambas "falsificadas según la herejía de Marción, y muchas otras cosas que no pueden ser recibidas en la Iglesia Católica, ya que no es apropiado que el veneno se mezcle con la miel". Pero, en el caso de algunos libros, como el Evangelio de Tomás, cuyo colorido gnóstico podría haber dificultado la recepción, ¿no se pudo haber arrancado el trigo junto con la cizaña (Mt 13,29)? Porque en él no se habla de un creador del mundo que sea diferente del Dios verdadero, ni se presenta una cristología docetista que niegue la encarnación: "Jesús ha dicho: Me he mantenido en medio del mundo y me he revelado a ellos en la carne" (EvTom 28). Más bien el Revelador se da a conocer también a través del mundo: "Jesús ha dicho: Yo soy la luz que está sobre todos ellos. Yo soy el Todo: El Todo ha salido de mí, y el Todo ha llegado. Hendid la madera: yo estoy allí; levantad la piedra, y me encontraréis allí" (EvTom 77).
Pero el canon no ha sido un recorte o poda. En todas las listas antiguas conocidas se habla de libros recibidos o no recibidos en la Iglesia. Y esto habla de integración, no sólo de textos, sino, ante todo, de personas identificadas con ellos. ¿Hasta qué punto el autor y los lectores del Evangelio de Tomás habrían tenido interés por integrarse en la unidad católica que se estaba configurando por entonces? En este Evangelio no hay elementos que pudieran señalarse como claramente heterodoxos, pero falta lo que ha sido una opción fundamental del primitivo catolicismo: el carácter eclesial. Este Evangelio habla sólo a individuos y les ofrece una mística de unión con Dios, la posibilidad de un retorno al lugar de donde todo procede: "Jesús ha dicho: Bienaventurados los solitarios y los elegidos, pues encontraréis el Reino, pues habéis salido de él y de nuevo volveréis a él" (EvTom 49).
También el cristianismo joánico cultivó una mística de unión con Dios y proclamó la promesa de habitar para siempre con el Resucitado: "En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar.Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros" (Jn 14,2-3). Pero supo enriquecer aún más su patrimonio espiritual con los valores que estaban presentes en las otras tradiciones evangélicas y que faltaban en su pensamiento. Mucho más que en el leño o en la piedra, la presencia divina se manifestaba de un modo decisivo en todos los necesitados: cuanto se hiciera a cada uno de ellos, se hacía en realidad al Hijo del hombre, que había tomado por hermanos suyos a los más pequeños (cf. Mt 25,37-40). Por eso la mística joánica se preocupó de que los cristianos más espirituales conservaran también el recuerdo más histórico de la vida de Jesús como un ejemplo a seguir: "El dio su vida por nosotros; también nosotros debemos dar la vida por los hermanos. Si alguno que posee bienes de la tierra, ve a su hermano padecer necesidad y le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios? Hijos míos, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad" (1 Jn 3,16-18). (c) LA GACETA







