
Si alguien llama "tener puestos los pies en la tierra" a ese cautiverio neurótico en las superficialidades de la vida cotidiana, poco puede esperarse de él como lector y menos como consejero de lecturas. Cosa curiosa, porque muchos de quienes posan así de realistas, creyéndose personas a salvo del contagio de los sueños y sus fantasías librescas, son en realidad idealistas fracasados y resentidos buscando una revancha a sus ilusiones frustradas. (Ilusiones derrumbadas, es claro, por el desvío de haberlas quizás concedido o convertido en hambrientas ambiciones).
Nosotros insistimos: abrir un libro no es evadirse de la realidad sino al contrario, abrirse del encierro en nuestra palma de la mano. En este sentido, los libros hasta pueden devolvernos pedazos extraviados de nuestra propia vida. Decimos con esto que, si uno ha llevado mal o con descuido algunos de los años de la existencia, esos errores o pérdidas todavía tienen enmienda con los libros y es la lectura la que podría rescatarnos de tales deterioros. Veamos.
La niñez y la adolescencia, la juventud o la adultez, etcétera, son etapas sucesivas en el crecer del hombre sobre la tierra y por el camino de la vida. Pero hay dos maneras de realizar este viaje de la existencia. Una es la de creer que cada cual de estas edades sucede a la anterior clausurándola y aboliéndola, en la suposición de que cualquier elemento de la etapa anterior que aún subsista en la siguiente, nos pondría en alerta de que estamos llevando nuestro tránsito con inmadureces. Por cierto que un adulto no ha de cargar con las puerilidades de la niñez, ni las angustiosas desorientaciones de la adolescencia o las novatadas juveniles con que nos probábamos frente al mundo, pero sí con los tesoros de cada una de esas edades pues la vida ha de resultarnos la acumulación enriquecedora de las diferentes plenitudes que alcanzamos en cada una de esas etapas. Tenemos entonces que el peregrinar acertado y sin descaminos por el sendero de la existencia, la de concebir y transitar sus etapas y el paso entre ellas como mojones y no puentes a derrumbar una vez cruzados, porque las diferentes maravillas de cada una han de quedarse morando para siempre en las posadas del alma. Esta habrá de ser, entonces, la verdadera maduración de un hombre.
Pero, si por una u otra circunstancia la memoria vivencial ha erosionado y, además, algunas de esas etapas no alcanzaron a desplegarse con el acabamiento debido no por eso el sendero ya andado, volviendo la vista atrás, ha de tener trechos borroneados por la maleza pues hay una manera, decíamos, de rescatar esos tesoros en apariencia perdidos. Esa manera, misteriosamente, hemos de encontrarla entre los libros y la lectura.
Rescatando edades
¿Puede esto ser realmente posible? Creamos que sí, si en verdad creemos que en los libros se guardan los mejores destellos del espíritu humano, con una capacidad de comunicación casi comparable a un contagio embelesante.
Es que un hombre con experiencia no es apenas alguien que ha vivido muchas cosas en un vértigo de diversidades sino quien, a las pocas o muchas vividas, las ha meditado en profundidad. (Meditar, que es irse fecundando en lo pensado y no un cavilar divagante sin rumbo ni fruto). Y así por ejemplo tiene cabal experiencia de su juventud no quien ha pasado sencillamente por ella en la estridente embriaguez de sus mocedades, sino el que ha ido volviendo una y otra vez a reflexionar sobre aquellos años. Para que esa meditación tuviese mejores logros, es claro que nada nos ayudaría como los libros.
Por lo tanto, reavivar los mundos de la niñez todavía se nos hace posible con los antiguos cuentos maravillosos de la tradición universal, esos donde todo es milagrosamente posible y fantástico con una naturalidad todavía más asombrosa. Los arrebatos perturbadores del amor adolescente y su aturdido despertar pueden aún revivirse en las escenas y diálogos de Romeo y Julieta, que nos regaló de una vez para siempre William Shakespeare. Ya adultos y habiéndonos asomado a los abismos de nuestras posibles miserias, podrán ser tal vez las novelas de Fedor Dostoievski y sus torturados personajes las que nos revelen con la crudeza de un relámpago esas tinieblas que acechan los destinos de cada vida. Y es en los años otoñales de la madurez, cuando quizás será El Quijote de Miguel de Cervantes quien nos contagiará bríos para lanzarnos a las más descabelladas y últimas aventuras, asegurándonos que "aún hay sol en las bardas". Estos no son más que ejemplos tomados al azar y ni siquiera personales. Cada cual sabrá encontrar los libros propios para rescatar una a una las fragancias más intensas de cada etapa de su vida. Pero debe hacerlo sin dejar de retomar ninguno por suponer que pertenece a una edad ya superada: hay edades cumplidas pero no superadas, no caigamos en semejante error.De este modo y como siempre, los libros nos entregan y completan todo lo que tal vez el prosaico transcurrir de nuestra vida, con sus mezquinas materialidades rutinarias, nos ha hecho faltar en alguna etapa de nuestros años.
Es que los libros, y hemos de hartar por repetirlo, no nos hablan con el lenguaje cansado y gastado que la calle usa para comprar, vender o matar el tiempo, sino con el vigor del que sirve para ahondar en las entrañas mismas de nuestro espíritu. A quien no va conviviendo sus años con los libros todavía no le ha sido revelado el "adentro" de la vida, porque no leer es perdernos a los otros, a lo mejor de todos los otros que tanto tienen para darnos de nosotros mismos.Y así, es con la lectura que podrán ser eternos en nosotros los asombros de la niñez, tal como los sueños de la adolescencia o las osadías de la juventud, y eterno lo mejor de esas edades acordando sinfónicamente en el hoy ya maduro de cada día nuestro: la música de los años, música de la vida.







