El duro fracaso del neoliberalismo y de la izquierda

Por Coriolano Fernández

21 Noviembre 2004
El escenario es América Latina. Un coro entusiasta, algunas voces afinadas y otras chillonas, entona la canción "Fracasamos, fracasamos otra vez".
De pronto avanza hacia el escenario un hombre llevando en su mano un libro. No tiene cuarenta años y porta un apellido ilustre, pero el libro se ha logrado sobre todo por su padre. El, no obstante, ha puesto algo de sí mismo, se graduó en Historia en la Escuela de Economía de Londres y es autor de varios libros.
¿Y qué viene a decir este hombre de incipientes canas en las sienes una vez llegado al proscenio? Viene a decir: el neoliberalismo fracasó en la América Latina. El coro festeja. Y él agrega algo que a muchos producirá escozor: la izquierda también fracasó.
En la larga historia de América Latina, dice V. Llosa, el expolio de los más a manos de unos pocos -la imposición de una clase particular de personas sobre el mayor número- es un patrón recurrente.
El fracaso se explica por los cinco principios de la opresión en América Latina: 1) el corporativismo; 2) el mercantilismo de Estado; 3) los privilegios; 4) la transferencia de riqueza; y 5) la organización política. Estos rasgos vienen desde la época precolombina. Los templos mayas, las pirámides aztecas y las fortalezas incas son admirables, pero no nos engañemos, dice V. Llosa, estos símbolos de grandeza provienen de culturas en las cuales el poder político organizó a la población como rebaños y ejerció una depredadora distribución de la riqueza.También el autor señala la forma en que los países del Primer Mundo, sobre todo Estados Unidos, han promovido en el hemisferio occidental valores opuestos a los que cultivan en su propio territorio.
Sin embargo, en otros tiempos los latinoamericanos odiaban a España (entre nosotros, agrego yo, Sarmiento y Alberdi) y algunos admiraban al gran vecino del norte (Sarmiento). Cita V. Llosa a Alexander von Humboldt: "desde 1789 los criollos declaran con orgullo que no son españoles sino americanos, palabras que revelan un viejo resentimiento".
El desarrollo del capitalismo, sostiene V. Llosa, fue también el desarrollo del derecho. Si el sistema político y económico de América Latina padece esos cinco principios de opresión mencionados, es gracias a una sexta instancia: la ley política.
La legislación, esto es, la promulgación y aplicación de mandatos por parte del Estado, ha sido instrumento de los gobiernos, tanto coloniales como republicanos, tanto democráticos como dictatoriales, socialistas como reaccionarios, empeñados en dictar la conducta humana.
La tradición latinoamericana ha borrado la línea de separación entre el derecho y la voluntad del gobernante y ha confundido el papel del Estado en el derecho constitucional con el papel del derecho en las vidas privadas de los habitantes.
Todos los países subdesarrollados, dice el autor, son gobernados -sea por socialistas, conservadores o liberales- como si fuera posible fabricar el desarrollo por decreto. El cambio positivo requiere de la clase política aceptar que así crece la impotencia.
¿Significa esto que el Estado se haga a un lado, sin mover un dedo, para dejarle el campo al darwinismo social? No.
El Estado puede y debe hacer reformas, explicitadas en cuatro ítems: 1) expurgar la legislación; 2) dar cabida a la concreción de las opciones personales; 3) otorgar efectivo poder a un sistema judicial transparente ("en América Latina no hay un sistema judicial; lo que hay es un sistema político"); y 4) brindar una transición amable y segura hacia la libertad a todas aquellas personas cuya subsistencia, salud y educación dependen del Estado.
El hombre de las incipientes canas ofrece al coro cesar de lamentarse y poner manos a la obra. Siguiendo su plan, claro. Es un coro fatigado; deposita la culpa, con razón o sin ella, en poderes ajenos y, por ende, está escéptico. ¿Le creerá? (c) LA GACETA

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