No es una de las grandes obras de García Márquez

Por Carmen Perilli.

21 Noviembre 2004
La memoria es uno de los soportes de la escritura de García Márquez, que se arma sobre un conjunto de obsesiones recurrentes. La novela Memoria de mis putas tristes no es la excepción. Narrada en primera persona, remite a la ficción autobiográfica, asegurando la identificación entre el narrador y el escritor. Su frase inicial -"El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor loco con una adolescente virgen"-, demostración de un machismo vetusto, condensa el objetivo del relato que reúne dos de los temas preferidos por el escritor colombiano: la vejez y el sexo. No se puede ignorar el epígrafe del libro: la cita de La casa de las bellas dormidas (1961), un relato del Nobel japonés Yasunari Kawabata, en el que los ancianos duermen junto a bellas niñas a las que no pueden tocar.
Memoria de mis putas tristes es una reflexión sobre la vejez pero también sobre la virilidad. Desde el lanzamiento el título ha producido el impacto esperado. Sobre todo por el empleo de la prohibida, desafiante palabra puta, negada por autoridades de la lengua con las que no parece tener una buena relación este maestro del castellano... aunque su personaje, el sabio triste, tenga una gran cantidad de diccionarios.
El viejo es periodista, telegrafista, crítico... todos elementos que llevan a la biografía del autor. Un viejo de la estirpe del coronel que no tenía quien le escribiera, con vocación terca de vivir a pesar de todo, una sombra del patriarca en su otoño sin nombre enredado en sus rituales, enamorado como un adolescente en una casa de soledad. Hay algo de débil en esa voz que reflexiona sobre los recovecos de vejez frente a los 90 años, con la nostalgia fresquita de la infancia, sobre todo de la madre, Florina de Dios Cargamentos, una madre como la de Santiago Nasar, como la del dictador, alejada de las grandezas de Ursula.
La hipérbole es uno de los procedimientos favoritos del texto. "Nunca me he acostado con una mujer sin pagarle", se jacta el protagonista y lleva un registro. En la escritura del colombiano las putas son memorables meretrices, estólidas matriarcas, iniciadoras sexuales, maestras del erotismo: Pilar Ternera, la matriarca de los Buendía o María Alejandrina Cervantes, de regazo apostólico. Poco tienen que ver con Rosa Cabarcas, la celestina de este libro. Y con la niña de quince años, Delgadina, cuyo nombre procede del romance español, entregada en plena adolescencia, por necesidad, que se convierte en mujer en una relación perversa. Delgadina está lejos de la Cándida Eréndira y su flaco cuerpo épico, de la gitana del circo que perdió a José Arcadio o de la joven amante de Florentino Ariza. Porque esas mitológicas figuras, por su elaboración literaria, iban más allá de sus propios cuerpos explotados, sometidas al deseo del otro, lo subvertían, se revelaban con el amor o con la muerte y lograban escapar. Delgadina es una muchacha triste que se pliega a la fantasía del hombre y se entrega a ser sólo su sueño.
El amor se encuentra recién en la vejez y como en El amor en los tiempos del cólera, produce una gran cantidad de cartas/crónicas que, desde el periódico y la radio, convierten al anciano en poeta y héroe. Reconocemos muchos lugares comunes de un imaginario caribeño que nos devuelven a la obra y a la vida.
El libro, que no es una de las grandes obras del escritor, me suscitó algunas inquietudes. Disuena la relación entre los protagonistas; el final es forzado; la anécdota, pobre. Pero sobre todo me chocó la figura de la puta, que en realidad es una niña prostituida. No me bastó la mitificación para convertirla en enamorada perdida. Como si los elementos no armonizaran, como si la prosa seductora de siempre no cuajara del todo. Me acuciaban preguntas de índole moral frente a materiales que, en otras obras de arte, son lícitos. Quizá deba atribuirse a la escasa fuerza trágica del texto, a la superficial elaboración literaria, que no convence. Por eso, por esta vez, sin renegar del placer que provoca, Gabriel García Márquez no logró que le creyera, quizá porque él no se creyó de todo.(c) LA GACETA

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