21 Noviembre 2004 Seguir en 

La idea de habitar una casa hecha con libros es lo más parecido al sueño cumbre del bibliófilo, pero un sueño, claro, más bien remitido al sentido soberano, estratégico, y lúdico, si se quiere, de la ensoñación, vale decir, de la facultad de prefigurar y forjar a ojos abiertos. Pues bien, Carlos María Domínguez (Buenos Aires, 1955, radicado en el Uruguay desde 1989) ha llevado la idea y el sueño, esto es, el deseo encarnado, hasta sus últimas consecuencias. La casa de papel evoca, por ejemplo, algunas imágenes de El cocinero, el ladrón, la mujer y su amante, aquel fantástico film de Peter Greenaway que supo separar las aguas y escandalizar a buena parte de la crítica. ¿Cómo olvidar al amante, ese refinado señor que vivía entre montañas de libros, que leía mientras comía, y mientras leía y comía seducía a la mujer del ladrón? Pero, cabe insistir, apenas si se alude a una reminiscencia que, con la molestia del caso, aproxima al perfil del Carlos Brauer que traza Domínguez. Brauer es, cómo decir, una suerte de devoto desaforado, irreconciliable, que hace de cada libro un ladrillo y de todos cuantos atesoró durante su vida las paredes de su morada remota, costera y, acaso, postrera.
El relato, concebido con los sutiles entramados que le son propios al autor de La mujer hablada, Tres muescas en mi carabina, Delitos de amores crueles, entre otros, goza asimismo del condimento de un libro faltante, susceptible de cifrar las derivas de Brauer, mas también de pulsar el interés de quien, al final de cuentas, se constituye en un pesquisante tenaz y, por cierto, recompensado. La casa de papel incluye otras cuatro historias breves, atrayentes, consistentes, apetitosas, de sendos baqueanos del agua. Imperdible, por cierto, la que retrata el inusitado destino del estibador montevideano que cultiva monolítica idolatría por el más Tarzán de todos los Tarzanes, Johnny Weissmuller. (c) LA GACETA
El relato, concebido con los sutiles entramados que le son propios al autor de La mujer hablada, Tres muescas en mi carabina, Delitos de amores crueles, entre otros, goza asimismo del condimento de un libro faltante, susceptible de cifrar las derivas de Brauer, mas también de pulsar el interés de quien, al final de cuentas, se constituye en un pesquisante tenaz y, por cierto, recompensado. La casa de papel incluye otras cuatro historias breves, atrayentes, consistentes, apetitosas, de sendos baqueanos del agua. Imperdible, por cierto, la que retrata el inusitado destino del estibador montevideano que cultiva monolítica idolatría por el más Tarzán de todos los Tarzanes, Johnny Weissmuller. (c) LA GACETA
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