Un revuelo de 1932

Por Beatriz E. de Parolo

14 Noviembre 2004
Louis-Ferdinand Céline (1894-1961) ocupa un lugar exclusivo en la literatura francesa del siglo XX.
Denostado por su compromiso político anti-semita y pro nazi, surgió en el mundo de las letras con esta novela en 1932, desde la que sorprende al lector a partir de un lenguaje provocador y violento pero, a su vez, impregnado de lirismo.
La historia de Ferdinand Bardamu, el protagonista, tiene puntos de contacto con la del propio autor: herido en la Primera Guerra Mundial, médico de escaso prestigio, abandona Francia en busca del "sueño americano". Finalmente regresa y se instala en su país natal como médico rural. A grandes trazos, las coincidencias no son pocas. Sin embargo, la creación del escritor hace de Bardamu un personaje envuelto en episodios repugnantes -que suponemos ficticios- en los que la vida y la muerte parecieran jugar en un sube y baja. También la personalidad del protagonista es tan compleja como la de su autor: mórbido, anarquista, alucinado, nos guía a través de este viaje a lo más profundo de las contradicciones humanas.
Es de imaginar el "revuelo" que este libro provocó en su tiempo. Sin embargo, célebres intelectuales coinciden en su innegable riqueza literaria. Sollers dice: "hay que leer a Céline viéndolo. Céline dijo la verdad del siglo: lo que es, es irrefutable, débil, monstruoso". Coincide Bernanos al afirmar: "la cuestión no es saber si la pintura de Céline es atroz, lo que nos preguntamos es si es verdadera. Lo es". Una última acotación sobre este "Viaje al fin de la noche", traducido al español por Carlos Manzano. Esta versión hispánica puede privar al lector argentino de la justa apreciación de los hallazgos que despliega el autor en el plano de la lengua hablada popular y que utiliza con sentido artístico en sus obras. En efecto, el escritor maltrata la gramática, construye una suerte de nueva lengua sobre la lengua hablada que mezcla el "argot", los giros vulgares y familiares a través de una escritura minuciosamente trabajada: nosotros no manejamos esos matices puesto que nuestro español oral -sobre todo en registro popular- es muy diferente del de España. (c) LA GACETA

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