La censura de libros a lo largo de tres siglos de la Edad Moderna

Por Willy G. Bouillon

14 Noviembre 2004
Este documentado ensayo de Mario Infelise, catedrático de la Universidad de Venecia, puede interesar tanto a estudiosos del tema como a quienes sólo pretendan informarse sobre por qué y cómo se ejerció la censura de libros a lo largo de tres siglos de la Edad Moderna y, de modo más intenso, obviamente, durante la Inquisición.
Por imperio de sus aspectos intrínsecos, la historia de la censura literaria refleja las alternativas que en ese prolongado período enmarcaron las pautas del desarrollo cultural europeo en una de sus manifestaciones clave, es decir, la exposición de ideas a través de la obra escrita. El mecanismo censor se montó desde los máximos estamentos del poder, como recurso para controlar contenidos que les eran adversos y hechos públicos en un objeto -el libro- que, merced a Gutenberg, con la invención de la imprenta de caracteres móviles, llegó a difundirse en cantidades no registradas antes por la civilización. Esa formidable capacidad de comunicación habría de ser superada sólo en nuestros días a través de la red informática, que consolidó la globalización planetaria.
Infelise describe aquel complejo proceso de intereses, en el que pesaron desde conveniencias de orden masivo, como el de la Iglesia (un paradigma es su condena de los escritos reformistas de Lutero), a otros más focalizados, como la autodefensa a que apelaron varias monarquías frente a los embates de pensantes sectores populares, potenciados "peligrosamente" mediante la fuerza revolucionaria de la imprenta.
No faltan, por cierto, los casos en que se unieron ambos factores, con un ejemplo claro en la prohibición de Gargantúa y Pantagruel, que sumó el rechazo a un texto considerado "inmoral" por la ortodoxia cultural de la Sorbona, con el repudio que Rabelais generaba en ámbitos heterogéneos -aristocráticos y eclesiásticos-, de los cuales aquel había desertado.
Un acierto particular de la obra es la descripción de los matices propios -no ajenos al tipo de relación pueblo/Estado- con que se ejerció la censura en Inglaterra, Francia, España, Roma o la República de Venecia, y su virulenta versión en los estrados inquisitoriales o en la elaboración de los severos índices prohibicionistas. El más célebre y de más extendida vigencia, recordemos, fue el del Vaticano, derogado sólo en 1966 por Pablo VI. (c) LA GACETA

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