14 Noviembre 2004 Seguir en 

No todos los autores se parecen a sus obras. Algunos decepcionan en el trato personal, otros se nos hacen mejores personas que escritores. El caso de Isidoro Blaisten, fallecido el 28 de agosto último, es unánime: tal ha sido la comunión entre su literatura y su humanidad que, quien no tuvo la suerte de tratarlo hallará en su prosa, además de una ocasión hedónica, los certeros destellos de sus signos vitales.
Si bien los datos catastrales indican que nació en Concordia, en 1933, Blaisten mutó con el tiempo en un porteño de ley. Las credenciales de su prosa lo acreditan: la aguda observación costumbrista y el dominio del lenguaje coloquial urbano fueron las dotes con las que forjó, obra tras obra, un entrañable fresco de lo cotidiano.
Erróneamente, se tiende a creer que lo cotidiano es el ámbito más accesible para un autor, por su inmediatez; sin embargo, cuando uno intenta penetrar la maleza diaria nota que precisamente en su cercanía reside el mayor obstáculo. Ver en lo cotidiano es, al contrario de lo que parece, un desafío ciclópeo; a tal punto, que muchos autores sólo lograron templar su voz cuando se lanzaron a desandar remotas geografías. Blaisten, en cambio, fue bendecido con el don inverso: la gracia notable para inmiscuirse y vibrar en la cuerda de lo cotidiano. Con esas tonalidades construyó su estilo. Y resalto el verbo porque no se trata de un mero registro naturalista, un relevamiento vernáculo de usos y costumbres, sino una estilización intencionada de conductas y de hábitos sociales mediante la herramienta del humor. Esa fue su marca registrada.Ahora bien, no hay en Blaisten una sorna descarnada; lo que aflora en su sátira, en esa picaresca tan suya, en ese maquillaje rayano en el sainete, es una mirada infinitamente piadosa para con sus criaturas literarias. El humor, en su caso, opera como un matiz hondamente reflexivo, e incluso autorreflexivo, en tanto no deja de ironizar sobre el propio oficio de escritor parodiando aquellas plumas engoladas que pretenden urdir mediante la afectación verbal una literatura ampulosa; convicción, dicho sea de paso, subyacente en títulos célebres como Dublin al sur, Cerrado por melancolía o Cuando éramos felices, entre otros, manifiesta también en los ensayos narrativos que tituló Anticonferencias y avalada expresamente cuando le tocó apersonarse en foros y cenáculos literarios: baste con remitirse a su discurso "La solemnidad destruida", pronunciado en ocasión de ingresar a la Academia Argentina de Letras.
Si Blaisten fue, como se sabe, un eminente cuentista, su trayecto literario está signado por dos extremos experimentales: Sucedió en la lluvia, único poemario, fue su bautismo literario, y Voces en la noche, libro postrero que mueve estas líneas, su única novela. He ahí el primer interrogante: ¿cómo resuelve un cuentista consumado su inserción en el territorio de la novela? Uno vislumbra a priori dos opciones de supervivencia para un exiliado: negar con fervor sus raíces hasta sentirse asimilado definitivamente en su nueva patria o trasplantar y cultivar diariamente las ceremonias nativas como un acto de resistencia de la propia identidad. Blaisten, melancólico al fin, opta por lo último. Voces en la noche no sólo es la novela de un cuentista, sino que sus compactos 249 capítulos (delatores de linaje) guardan a tal punto coherencia con su obra anterior que bien podrían oficiar como una suerte de "Manual Blaisten" donde se condensan sus mejores rasgos: el lúcido humor; el registro de la jerga coloquial; la obsesión por lo escueto y la previsible fauna de personajes estrambóticos.
El protagonista sin nombre es un vendedor de lencería femenina, tan sagaz en el arte de corretear camisones y baby-dolls como ávido y apasionado lector, a quien ciertas voces nocturnas que salmodian en su cuarto de pensión le encomiendan una tarea redentora: salvar a la humanidad de un siniestro saboteador de la literatura. Eliminar a tal abyecto ser se convierte en su objetivo mesiánico; una especie de cruzada que halla su primer fallido al inicio del relato, cuando erróneamente cree vislumbrar en el dueño de un local de cotillón y autor de textos "comprometidos", al malhechor en cuestión. Pero en el instante mismo en que se propone envenenar a su víctima y finiquitar su labor, constata que otro es en realidad el ser oprobioso que habla a través de él. El equívoco promoverá un derrotero detectivesco por una serie de personajes y episodios desopilantes a lo largo de una Buenos Aires aludida: el Monumento a la Expoliación, el Parque de los ilícitos, el Centro Cultural Atila o el Puente de los Prevaricatos. Partiendo de esa sencilla trama como excusa, Blaisten despliega todo su repertorio de sarcasmos, desde la voz milenaria de la señora Tokoyama, que invade los insomnios del héroe con algún haiku baladí (seguido de una parábola zen con ínfulas edificantes), a la burla corrosiva de los tópicos literarios de la posmodernidad: la fragmentación de la sintaxis, la era del no lugar o el fin de las utopías.
Casi como en uno de sus habituales guiños literarios, fue el propio Blaisten quien, en sus últimos escarceos con la Parca, no sólo fue capaz de compendiarnos sus mejores atributos sino, a la vez, de legarnos su mejor réquiem. (c) LA GACETA
Si bien los datos catastrales indican que nació en Concordia, en 1933, Blaisten mutó con el tiempo en un porteño de ley. Las credenciales de su prosa lo acreditan: la aguda observación costumbrista y el dominio del lenguaje coloquial urbano fueron las dotes con las que forjó, obra tras obra, un entrañable fresco de lo cotidiano.
Erróneamente, se tiende a creer que lo cotidiano es el ámbito más accesible para un autor, por su inmediatez; sin embargo, cuando uno intenta penetrar la maleza diaria nota que precisamente en su cercanía reside el mayor obstáculo. Ver en lo cotidiano es, al contrario de lo que parece, un desafío ciclópeo; a tal punto, que muchos autores sólo lograron templar su voz cuando se lanzaron a desandar remotas geografías. Blaisten, en cambio, fue bendecido con el don inverso: la gracia notable para inmiscuirse y vibrar en la cuerda de lo cotidiano. Con esas tonalidades construyó su estilo. Y resalto el verbo porque no se trata de un mero registro naturalista, un relevamiento vernáculo de usos y costumbres, sino una estilización intencionada de conductas y de hábitos sociales mediante la herramienta del humor. Esa fue su marca registrada.Ahora bien, no hay en Blaisten una sorna descarnada; lo que aflora en su sátira, en esa picaresca tan suya, en ese maquillaje rayano en el sainete, es una mirada infinitamente piadosa para con sus criaturas literarias. El humor, en su caso, opera como un matiz hondamente reflexivo, e incluso autorreflexivo, en tanto no deja de ironizar sobre el propio oficio de escritor parodiando aquellas plumas engoladas que pretenden urdir mediante la afectación verbal una literatura ampulosa; convicción, dicho sea de paso, subyacente en títulos célebres como Dublin al sur, Cerrado por melancolía o Cuando éramos felices, entre otros, manifiesta también en los ensayos narrativos que tituló Anticonferencias y avalada expresamente cuando le tocó apersonarse en foros y cenáculos literarios: baste con remitirse a su discurso "La solemnidad destruida", pronunciado en ocasión de ingresar a la Academia Argentina de Letras.
Si Blaisten fue, como se sabe, un eminente cuentista, su trayecto literario está signado por dos extremos experimentales: Sucedió en la lluvia, único poemario, fue su bautismo literario, y Voces en la noche, libro postrero que mueve estas líneas, su única novela. He ahí el primer interrogante: ¿cómo resuelve un cuentista consumado su inserción en el territorio de la novela? Uno vislumbra a priori dos opciones de supervivencia para un exiliado: negar con fervor sus raíces hasta sentirse asimilado definitivamente en su nueva patria o trasplantar y cultivar diariamente las ceremonias nativas como un acto de resistencia de la propia identidad. Blaisten, melancólico al fin, opta por lo último. Voces en la noche no sólo es la novela de un cuentista, sino que sus compactos 249 capítulos (delatores de linaje) guardan a tal punto coherencia con su obra anterior que bien podrían oficiar como una suerte de "Manual Blaisten" donde se condensan sus mejores rasgos: el lúcido humor; el registro de la jerga coloquial; la obsesión por lo escueto y la previsible fauna de personajes estrambóticos.
El protagonista sin nombre es un vendedor de lencería femenina, tan sagaz en el arte de corretear camisones y baby-dolls como ávido y apasionado lector, a quien ciertas voces nocturnas que salmodian en su cuarto de pensión le encomiendan una tarea redentora: salvar a la humanidad de un siniestro saboteador de la literatura. Eliminar a tal abyecto ser se convierte en su objetivo mesiánico; una especie de cruzada que halla su primer fallido al inicio del relato, cuando erróneamente cree vislumbrar en el dueño de un local de cotillón y autor de textos "comprometidos", al malhechor en cuestión. Pero en el instante mismo en que se propone envenenar a su víctima y finiquitar su labor, constata que otro es en realidad el ser oprobioso que habla a través de él. El equívoco promoverá un derrotero detectivesco por una serie de personajes y episodios desopilantes a lo largo de una Buenos Aires aludida: el Monumento a la Expoliación, el Parque de los ilícitos, el Centro Cultural Atila o el Puente de los Prevaricatos. Partiendo de esa sencilla trama como excusa, Blaisten despliega todo su repertorio de sarcasmos, desde la voz milenaria de la señora Tokoyama, que invade los insomnios del héroe con algún haiku baladí (seguido de una parábola zen con ínfulas edificantes), a la burla corrosiva de los tópicos literarios de la posmodernidad: la fragmentación de la sintaxis, la era del no lugar o el fin de las utopías.
Casi como en uno de sus habituales guiños literarios, fue el propio Blaisten quien, en sus últimos escarceos con la Parca, no sólo fue capaz de compendiarnos sus mejores atributos sino, a la vez, de legarnos su mejor réquiem. (c) LA GACETA
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