07 Noviembre 2004 Seguir en 

La muerte reciente y hasta cierto punto sorpresiva de Isidoro Blaisten, cuya trayectoria se abrió con un libro de poesía, siguió con una serie de grandes cuentos y se cerró días antes de su fallecimiento con la publicación de su única novela, me ha incitado a pensar su obra como una épica conservadora, en el sentido de que todo cambio es sospechoso y de que las grandes mudanzas que prometen felicidad y éxito, ya sean revoluciones individuales, como la de Paul Gauguin al escaparse de la estética europea y de su familia, o colectivas, como la del Che Guevara en sus distintas aventuras, suelen ser engañosas, meros espejismos que traen una ilusión provisoria y se desvanecen como agua en el agua, tan pronto como se cristalizan y toman cuerpo.El cuento El tío Facundo fue publicado por primera vez en la revista Sur, en 1964, y en 1969 fue editado por Editorial Galerna, dentro del volumen La Felicidad. De entrada, Blaisten articula en ese relato la semblanza de una familia de clase media baja, con anterioridad a la llegada del tío Facundo (el factor explosivo), mediante el recurso de citar frases de los distintos miembros. El resultado es pavorosamente nítido: la acumulación de clisés, vulgaridades y estereotipos revela la presencia de un grupo tan estandarizado como rudimentario, cuya existencia discurría por vías previsibles pero sanas y aceptables. La irrupción del tío constituyó una verdadera fiesta, al introducir lujosos desórdenes tales como el vino blanco de marca, los habanos de Cuba y las alhajas, y al mismo tiempo los razonamientos intelectuales y elaborados, los ademanes pintorescos y la felicidad de lo lúdico y lo dionisíaco. El tío infundió a la familia un vértigo de vida cuya propia dinámica disolvente fue llevando a la necesidad de terminar con él. El hecho de que a la nueva vuelta de tuerca de la familia, al golpe de timón frente al tío dispendioso y aristócrata, los llame "toma de conciencia", y de que infunda a esa reacción ciertas notas distintivas de la izquierda, podría llevar a refutar mi tesis inicial: no se trataría de una épica conservadora, sino de una reacción frente a los abalorios del capitalismo. Pero esta conjetura cede, a mi juicio, ni bien se compagina este cuento en una interpretación más abarcadora.
Más de una década después, en enero de 1978, mientras el país entero se preparaba para el mundial de fútbol, publicó Dublín al sur. Un hombre opaco, subcontador de banco en Almagro, ganó el premio mayor de un programa televisivo de preguntas y respuestas y con el botín cumplió su sueño dorado de irse a vivir a Irlanda, como James Joyce (sobre quien había contestado), abandonando a la mujer, Maruja, cuyas virtudes prácticas no alcanzaban a compensar sus asperezas, y a la hija. Allá, intentó llevar una vida a lo Joyce; se estableció en un castillo y entabló una nueva relación amorosa con una muchacha llamada Patricia, dotada de grandes cualidades administrativas, pero que a poco andar se reveló parecida a Maruja en cuanto a las quejas y sevicias que le infligía. La nueva mujer fue, gradualmente, diezmando sus ilusiones y aparejándole peores penurias que las que sufría aquí, nutridas por lo demás por la nostalgia del barrio y el país perdidos.
Del libro Carroza y Reina, de 1986, me parece interesante rescatar La última decoración, cuya trama consiste en la parábola de un matrimonio empeñado en renovar la decoración de su casa en forma sucesiva y maniática, pasando de un estilo a otro siempre en busca del último grito de la moda, hasta que finalmente, como en una aporía eleática, terminaron reponiendo, según el dictado de las últimas tendencias que fomentaban la vuelta a lo antiguo, todos los elementos originales.
De su último volumen de cuentos, Al acecho, de 1995, el larguísimo relato El crimen del diputado Estigmetti asoma como otra prueba de mi afirmación. Destaco la flor del Irupé con la que intentaron convertir la gran pileta olímpica de la casa en la réplica de los nenúfares de Monet, cuyo crecimiento descomunal y proporcional a la corrupción que reinaba en la familia y en el país fue llevando la situación a un enorme fracaso de proporciones nauseabundas e intolerables.El mismo esquema prevalece en otros cuentos, como La puerta en dos o Carroza y Reina. Hay una situación inicial de normalidad opaca en la que se injerta un suceso, un intento de cambio o un personaje de características excepcionales, que amenaza con revolucionar las costumbres y la vida misma, y que, para bien y para mal, termina provocando más problemas que alegrías, de modo que el cambio va adquiriendo un sentido patético (en Carroza y Reina se empiezan a ver los alambres que sostienen la sonrisa de un Gardel carnavalesco) y florece la melancolía por los momentos anteriores a esas irrupciones. En este sentido, Blaisten resuma un espíritu conservador, que constata las ventajas de los viejos valores tradicionales y la simplicidad de las técnicas primitivas por sobre los augurios desaforados de la tecnolatría y por sobre las ofertas de utopías políticas que cundieron en el siglo XX y sedujeron a tantos intelectuales desprevenidos. En marzo de 1995 entrevisté a Isidoro Blaisten en su departamento de altos de la calle Talcahuano, y tuve ocasión de indagarlo sobre este punto, haciendo hincapié en su cuento La última decoración. Me respondió que lo reaccionario es ser esclavo de las modas y agregó: "Se va destruyendo la belleza del pasado y todo lo que se va incorporando son adefesios, porquerías, hasta que se pone de moda el pasado y todo lo que fue bello hay que recuperarlo de los tachos de basura".
Después de la muerte de Blaisten tuve la oportunidad de hablar por teléfono con su viuda, Graciela Melgarejo, y le pregunté por qué en estos últimos diez años que mediaron entre Al acecho y esta novela aparecida en 2004, Voces en la noche, fue tan parco no sólo en términos de publicación sino también desde el punto de vista mediático, a lo que me respondió que en el año 1995 empezó a tener los primeros indicios de enfermedad y se fue replegando, ensimismando, y que le costaba mucho escribir y también brindar entrevistas. Comentando luego esta respuesta con el periodista y escritor Orlando Barone, coincidíamos en que es muy sintomático que en 1995, justo cuando se afirmaba en una posición muy sólida y privilegiada dentro de la literatura argentina (aún recuerdo la presentación de Al acecho, en la Galería Ruth Benzacar, con el gran subsuelo repleto de lectores fervorosos, a lo que cabe añadir las traducciones y los premios que comenzaron a lloverle), sufriera esos primeros atisbos de enfermedad y adoptara una actitud reticente, como si en la propia construcción de su vida hubiera sufrido la fatalidad de su cosmovisión, como si frente a la impudicia de los lujos y alambiques del tío Facundo tuviera necesidad de poner distancia. Es posible que el éxito sea levemente sospechoso y que Blaisten haya vislumbrado los peligros de ese beso de Judas. Es posible que Isidoro, en la cumbre de su carrera, haya visto con horror sagrado los alambres que sostenían por detrás la sonrisa de Gardel. (c) LA GACETA.
Más de una década después, en enero de 1978, mientras el país entero se preparaba para el mundial de fútbol, publicó Dublín al sur. Un hombre opaco, subcontador de banco en Almagro, ganó el premio mayor de un programa televisivo de preguntas y respuestas y con el botín cumplió su sueño dorado de irse a vivir a Irlanda, como James Joyce (sobre quien había contestado), abandonando a la mujer, Maruja, cuyas virtudes prácticas no alcanzaban a compensar sus asperezas, y a la hija. Allá, intentó llevar una vida a lo Joyce; se estableció en un castillo y entabló una nueva relación amorosa con una muchacha llamada Patricia, dotada de grandes cualidades administrativas, pero que a poco andar se reveló parecida a Maruja en cuanto a las quejas y sevicias que le infligía. La nueva mujer fue, gradualmente, diezmando sus ilusiones y aparejándole peores penurias que las que sufría aquí, nutridas por lo demás por la nostalgia del barrio y el país perdidos.
Del libro Carroza y Reina, de 1986, me parece interesante rescatar La última decoración, cuya trama consiste en la parábola de un matrimonio empeñado en renovar la decoración de su casa en forma sucesiva y maniática, pasando de un estilo a otro siempre en busca del último grito de la moda, hasta que finalmente, como en una aporía eleática, terminaron reponiendo, según el dictado de las últimas tendencias que fomentaban la vuelta a lo antiguo, todos los elementos originales.
De su último volumen de cuentos, Al acecho, de 1995, el larguísimo relato El crimen del diputado Estigmetti asoma como otra prueba de mi afirmación. Destaco la flor del Irupé con la que intentaron convertir la gran pileta olímpica de la casa en la réplica de los nenúfares de Monet, cuyo crecimiento descomunal y proporcional a la corrupción que reinaba en la familia y en el país fue llevando la situación a un enorme fracaso de proporciones nauseabundas e intolerables.El mismo esquema prevalece en otros cuentos, como La puerta en dos o Carroza y Reina. Hay una situación inicial de normalidad opaca en la que se injerta un suceso, un intento de cambio o un personaje de características excepcionales, que amenaza con revolucionar las costumbres y la vida misma, y que, para bien y para mal, termina provocando más problemas que alegrías, de modo que el cambio va adquiriendo un sentido patético (en Carroza y Reina se empiezan a ver los alambres que sostienen la sonrisa de un Gardel carnavalesco) y florece la melancolía por los momentos anteriores a esas irrupciones. En este sentido, Blaisten resuma un espíritu conservador, que constata las ventajas de los viejos valores tradicionales y la simplicidad de las técnicas primitivas por sobre los augurios desaforados de la tecnolatría y por sobre las ofertas de utopías políticas que cundieron en el siglo XX y sedujeron a tantos intelectuales desprevenidos. En marzo de 1995 entrevisté a Isidoro Blaisten en su departamento de altos de la calle Talcahuano, y tuve ocasión de indagarlo sobre este punto, haciendo hincapié en su cuento La última decoración. Me respondió que lo reaccionario es ser esclavo de las modas y agregó: "Se va destruyendo la belleza del pasado y todo lo que se va incorporando son adefesios, porquerías, hasta que se pone de moda el pasado y todo lo que fue bello hay que recuperarlo de los tachos de basura".
Después de la muerte de Blaisten tuve la oportunidad de hablar por teléfono con su viuda, Graciela Melgarejo, y le pregunté por qué en estos últimos diez años que mediaron entre Al acecho y esta novela aparecida en 2004, Voces en la noche, fue tan parco no sólo en términos de publicación sino también desde el punto de vista mediático, a lo que me respondió que en el año 1995 empezó a tener los primeros indicios de enfermedad y se fue replegando, ensimismando, y que le costaba mucho escribir y también brindar entrevistas. Comentando luego esta respuesta con el periodista y escritor Orlando Barone, coincidíamos en que es muy sintomático que en 1995, justo cuando se afirmaba en una posición muy sólida y privilegiada dentro de la literatura argentina (aún recuerdo la presentación de Al acecho, en la Galería Ruth Benzacar, con el gran subsuelo repleto de lectores fervorosos, a lo que cabe añadir las traducciones y los premios que comenzaron a lloverle), sufriera esos primeros atisbos de enfermedad y adoptara una actitud reticente, como si en la propia construcción de su vida hubiera sufrido la fatalidad de su cosmovisión, como si frente a la impudicia de los lujos y alambiques del tío Facundo tuviera necesidad de poner distancia. Es posible que el éxito sea levemente sospechoso y que Blaisten haya vislumbrado los peligros de ese beso de Judas. Es posible que Isidoro, en la cumbre de su carrera, haya visto con horror sagrado los alambres que sostenían por detrás la sonrisa de Gardel. (c) LA GACETA.
Lo más popular







