¿Más catastrófico el 2004?

Para LA GACETA - YERBA BUENA (Tucumán)

07 Noviembre 2004
Las imágenes que nos sugiere la palabra catástrofe son siempre negativas: guerras, inundaciones, terremotos, huracanes, por ejemplo. En ese sentido lo catastrófico se vincula invariablemente con estimaciones humanas. Y, por lo mismo, pierde considerablemente la objetividad que le atribuimos. Las bacterias de nuestra boca seguramente viven como catastrófico el inocente cepillado de dientes que cumplimos cada mañana. Y así como no nos preocupan las zozobras bacterianas, tampoco estimamos angustiosa la situación de un hormiguero inundado cuando regamos nuestro jardín (aunque veamos el esfuerzo de las obreras procurando salvar sus larvas).
Olvidamos muy fácilmente que la escala de observación condiciona lo que percibimos. Si nuestro tamaño aumentara hasta convertirnos en gigantes que pueden caminar por el Pacífico mientras los huracanes refrescan nuestras piernas, nada de catastrófico veríamos en esos huracanes. Por otro lado, ¿hay, para cada quien, desastre mayor que la propia extinción, aun sabiendo la exigüidad que somos?
De donde lo catastrófico es un asunto que depende de dos escalas de observación: una física; la otra cultural. Las catástrofes producidas en la AMIA, en las Torres Gemelas y en Atocha lo fueron para las víctimas, no para los victimarios. Los responsables de esas masacres (y muchos otros que sólo fueron testigos) con seguridad elogiaron como festivos esos actos. Aún recuerdo el aire de jolgorio que señoreaba, apenas disimulado, en los ambientes universitarios de nuestro medio ese 11 de septiembre del año 2001. A tal punto lo catastrófico depende de las estimaciones en juego.
Dentro de esas limitaciones, quienes desean una convivencia pacífica y creativa entre los seres humanos mirarán este año 2004 como la prolongación de desastres anteriores. El terrorismo internacional se ha instalado y ha probado su eficacia destructiva de vidas humanas. Este año atacó a España; a Rusia (dos aviones caídos y una escuela tomada por secuestradores chechenos); a Israel y a otros países. Y sigue amenazando al occidente democrático. Por otro lado, el ataque y la toma de Irak organizados por Estados Unidos y sus aliados aparecen cada vez más como un error, tal es la cantidad de muertes violentas que generan cada día. Por lo que se ve, Bush padre fue más prudente que su hijo al dejar libre a Hussein: un asesino en el poder parece ahora un mal menor. Por otro lado, ¿cómo habría de exportarse con éxito la democracia a un país como Irak?
La nueva violencia, ¿es más catastrófica que la vivida antes, durante la Guerra Fría, digamos? Quienes recuerdan esos días de 1962 en que Kruschev y Kennedy pulseaban por la instalación de cohetería atómica en Cuba conocen el aire de apocalipsis de esos tiempos. Y su enorme riesgo. Europa no lo pasaba mejor. Recuerdo vívidamente la serena convicción con que una adolescente de Alemania Occidental me comentaba en los años 80 sus dos certidumbres vitales: agradecer estar en el centro mismo del conflicto (pues eso le aseguraba morir rápidamente cuando llegara la catástrofe) y jamás tener un hijo. Y Argentina no fue justamente un paraíso entre 1969 y 1984, asediada por un terrorismo diligente que robaba, secuestraba y asesinaba impunemente (1969-1974) hasta que comenzó el otro terrorismo, organizado desde el Estado (primero en democracia, luego por dictaduras militares). Esa especie de guerra bacteriana acabó con ambos bandos cuando una señora inglesa se molestó porque militares argentinos algo desinformados le tomaron unas islas remotas. De la mano de la señora inglesa regresó la esperada democracia, que en los últimos 20 años encumbró la pobreza desde el 16 al 45 por ciento de la población. Nuestro país tiene la curiosa condición de buscarse males renovados, de crearse sus propias catástrofes. La muerte de niños por desnutrición en el segundo país productor de soja del mundo ¿no es claro síntoma de lo que somos?
El futuro es abierto, impredecible; no sabemos qué rumbo tomará la nueva guerra dispersa. Pero no es esperable que Occidente se cruce de brazos. Está aprendiendo, y siempre hay errores en el aprendizaje. Los países libres van tomando conciencia de que las cosas han cambiado, porque cualquiera de ellos es vulnerable al ataque del nuevo terrorismo internacional. Nuestro país -como tantas otras veces- nos avergüenza con su inútil investigación judicial, arrastrada por más de diez años, sobre el atentado contra la AMIA. España, en cambio, parece el modelo a seguir: ubicó y castigó en su propio terreno, rápidamente, a los asesinos de Atocha. (c) LA GACETA

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