El "pago de la Magdalena" desde el inicio hasta 1765

Por Federico Peltzer

07 Noviembre 2004
Entre los muchos trabajos que debemos al doctor César A. García Belsunce, miembro de la Academia Nacional de la Historia, cuentan varios relacionados con la población, los vínculos de familia y las tareas rurales, en el curso de los siglos XVII y XVIII. Así lo indica la copiosa bibliografía que sigue a la investigación motivo de este comentario.
El autor declara que su objeto es estudiar la evolución de la población inicial del pago de la Magdalena, así como las condiciones de vida, desde sus inicios hasta 1765. Esta fecha marca el límite porque, desde entonces, se desarrollaron nuevos centros de población, como Ensenada.
A partir de las mercedes otorgadas por don Juan de Garay y sus sucesores, algunos pobladores se establecieron en una zona de clima templado, con buenas aguadas y tierras aptas para el cultivo de cereales y verduras. Por entonces sólo existía la reducción de indios Quilmes, expulsados de Tucumán tras una revuelta y establecidos en la Parroquia de Exaltación de la Santa Cruz, donde hoy se encuentra la ciudad de Quilmes. Eran unos 700 individuos que fueron disminuyendo con el correr de los años. Los libros de aquella parroquia, a pesar de su deterioro o de la ausencia de asientos, son una de las principales fuentes de que se valió el historiador. Más allá de los establecimientos de frontera se extendía el desierto (en el sentido que le dio Echeverría), la tierra del salvaje, asentado en sus tolderías pero, cada tanto, organizado en malones como el devastador de 1740. Fuera de ello había ciertos contactos entre ambos mundos, por el intercambio de productos, o el aprovechamiento por el indio del abundante ganado cimarrón.
El autor acompaña numerosos datos estadísticos para demostrar la forma de vida de aquellos pobladores. Las viviendas eran modestas, a menudo construidas con adobe, por excepción con ladrillo y provistas de puertas y ventanas. No hay muchos datos sobre los muebles que las vestían, porque no suelen mencionarse en los inventarios. Alrededor de las tres o cuatro casas del establecimiento se agrupaban los patrones, blancos en su mayoría, con los numerosos agregados que recibían techo, comida y ropa, a cambio de ayuda en el trabajo. En este participaba toda la familia, desde la más temprana edad de los hijos. Se les sumaban peones y esclavos, además de algunos indios sometidos. Las relaciones de vecindad eran fundamentales para la mutua ayuda y defensa, y para concertar los matrimonios; de tal modo, casi todos eran algo parientes. Las diversiones (juegos, bailes, ceremonias) eran escasas. Los peligros abundaban, sobre todo del lado del indio; de ahí la necesidad de formar milicias integradas por los mismos vecinos, provistos de las armas que podían conseguir. Abundaba el ganado vacuno y caballar, y también las mulas, que se criaban y vendían con provecho para el norte y el Alto Perú. Más tardíamente se sumó la cría de ovejas.
Si bien el estudio del doctor García Belsunce se ciñe al pago de la Magdalena, sus conclusiones demuestran cierta similitud entre la vida en él y otros que, durante los mencionados siglos, rodearon a la ciudad de Buenos Aires. La minuciosa y fundada investigación sirve no sólo al estudioso, sino a todo interesado en conocer cómo se vivía en tiempos difíciles por la distancia y la escasez de recursos. Aquellos pobladores fueron dignos de admiración, por su coraje y su solidario espíritu de iniciativa. (c) LA GACETA

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