20 Octubre 2002 Seguir en 
Es un lugar privilegiado donde sólo llueve una vez al año. Los amaichas fueron los únicos diaguitas que obtuvieron el reconocimiento de comunidad indígena a través de una cédula real que data de 1716. La villa de Amaicha, famosa por su devoción a la Pachamama, por sus artesanías, sus bagualeras, sus vinos pateros, sus quesillos, y especialmente por su clima, tuvo alguna vez una hostería provincial que era motivo de orgullo de ese pueblo.
Su penosa historia comienza en 1965. La sucesión de cierres y reaperturas, de licitaciones, contralicitaciones, cesiones, rescisiones, etc. fueron una constante. Desde 1990, cada gobierno de turno, tras echarle la culpa al anterior, iniciaba una nueva licitación para su venta, pero una vez que se elegían los adjudicatarios, sobrevenía un olvido misterioso.
Paralelamente y como suele suceder con frecuencia en Tucumán -seguramente por el estado de incultura que padecemos- hubo un latrocinio hormiga que terminó desmantelando las instalaciones del edificio.
Por otro lado, Amaicha del Valle no ha tenido nunca la suerte de su hermana tafinista en materia de difusión y de promoción. La Fiesta de la Pachamama debería recuperar la autenticidad que tuvo en sus comienzos, en la década del 50, y dejar de ser un mero festival de los tantos que existen.
No se entiende por qué Amaicha sigue atrapada en la amnesia de los gobernantes de turno que, al parecer, siempre se muestran más preocupados en cómo atornillarse en el poder que en favorecer el progreso de nuestras comunidades.
Su penosa historia comienza en 1965. La sucesión de cierres y reaperturas, de licitaciones, contralicitaciones, cesiones, rescisiones, etc. fueron una constante. Desde 1990, cada gobierno de turno, tras echarle la culpa al anterior, iniciaba una nueva licitación para su venta, pero una vez que se elegían los adjudicatarios, sobrevenía un olvido misterioso.
Paralelamente y como suele suceder con frecuencia en Tucumán -seguramente por el estado de incultura que padecemos- hubo un latrocinio hormiga que terminó desmantelando las instalaciones del edificio.
Por otro lado, Amaicha del Valle no ha tenido nunca la suerte de su hermana tafinista en materia de difusión y de promoción. La Fiesta de la Pachamama debería recuperar la autenticidad que tuvo en sus comienzos, en la década del 50, y dejar de ser un mero festival de los tantos que existen.
No se entiende por qué Amaicha sigue atrapada en la amnesia de los gobernantes de turno que, al parecer, siempre se muestran más preocupados en cómo atornillarse en el poder que en favorecer el progreso de nuestras comunidades.





