30 Mayo 2004 Seguir en 

Un personaje de la novela "Soldados de Salamina" asegura que todas las guerras están llenas de historias noveladas. Páginas después agrega que en esos casos conviene escribir un "relato real". ¿Y eso qué es? "Será como una novela. Sólo que, en vez de ser todo mentira, todo es verdad", se encarga de aclarar el mismo personaje, un periodista -un cronista de diarios suele ser un escritor frustrado-, que en la ficción hace de alter ego de Cercas, autor del celebrado libro publicado en España en 2001, al que en la península ya se lo llevó al cine. Lo mismo que Cercas y sobre idéntico tema -la Guerra Civil española- se propuso Dulce Chacón con "La voz dormida": contar las penurias que sufrieron las mujeres republicanas cuando el general Francisco Franco, golpe de Estado mediante, se alzó con el poder en 1939 tras tres años de combates que prácticamente dividieron al mundo -por acción u omisión- en dos bandos. Era el anticipo de otro enfrentamiento, subterráneo pero igual de feroz -la Guerra Fría-, que duró hasta la caída del Muro de Berlín, en 1989.
La línea argumental del relato es ficticia, pero el tiempo y las crueldades son reales. "Las penurias están documentadas. He construido una verdad a medias sobre el hecho de una verdad completamente auténtica", afirmaba Chacón en una entrevista periodística meses antes de morir, en diciembre de 2003 (el libro se publicó en España en 2002, pero este año llegó a la Argentina). En efecto, tras cuatro años de recorrer España recopilando testimonios de sobrevivientes o de hijos de republicanos que plantaron cara al franquismo bajo aquella recordada premisa del "no pasarán", la escritora narró la suerte que les cabía a las mujeres rojas -como las llamaban los falangistas- en cárceles como la de Las Ventas, en Madrid. Además de padecer toda clase de tropelías físicas, eran condenadas a humillaciones psicológicas -ideológicas más bien- como coserles los uniformes a aquellos a quienes habían combatido, ir a misa -muchas de ellas no eran creyentes- o escuchar que las guardias de la cárceles recitaran un significativo parte militar el día que recibían visitas; se trataba de aquel comunicado que el propio Franco escribió el 1 de abril de 1939 y que, en su barroca sintaxis, decía: "en el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado".
Pasan los años, mueren los últimos protagonistas, pero la Guerra Civil española sigue dando que hablar y, sobre todo, que escribir. Al país acaba de llegar la novela "Veinte años y un día", de Jorge Semprún, y el periodista argentino Daniel Muchnick publicó recientemente el imperdible ensayo "Gallo rojo, gallo negro". Pero el ya comentado "Soldados de Salamina" y "La voz dormida" -más el primero que el segundo- causaron revuelo en España. Cercas se animó a hablar de uno de los fundadores de la Falange, el escritor Rafael Sánchez Mazas, quien luego cayó en desgracia con Franco. Y ahora Chacón se atreve con las mujeres, las silenciadas de la historia. "Ellas perdieron dos veces. Primero la guerra civil y luego los derechos civiles que habían logrado durante la República. En el primer caso, perdieron las mujeres republicanas; en el segundo, las dos, tanto republicanas como nacionales, porque fueron relegadas al ámbito doméstico. Con Franco hubo un organismo oficial que se llamaba la Sección Femenina, y que enseñaba a la mujer a ser ama de casa, descanso del guerrero y ángel del hogar", solía explicar la autora.
La historia que cuenta el libro es la del dolor de un grupo de resistentes. A unas les va peor que a las otras en la cárcel o en, lo que es lo mismo, la vida (tras la caída de la República la vida se les vuelve un insufrible tormento). No es una novela para pasar el rato -ninguna debiera serlo-, sino para leerla con el ceño fruncido, ese que generan la injusticia y la ilegalidad, vengan de donde vengan (por lo general proceden de quienes se adueñan de un Estado y, ajenos al mundo de los derechos, actúan como si fuera el reino del todo vale, porque sólo importan los fines). La novela sirve como fresco de lo que, en menor o mayor medida, pasó en el mundo (no termina de pasar) desde entonces. La Argentina, por cierto, sabe muy bien qué son el terror y la arbitrariedad, en particular Tucumán, donde se da la paradoja de que hoy un partido político lleva el adjetivo de republicano aunque en España, seguramente, le hubiera resultado incómodo que le llamaran así.
Hoy, cuando no se hace nada sin preguntar para qué sirve, muchos preguntarán por qué hay que seguir escarbando y abriendo heridas, aparentemente cerradas. La respuesta la da una de las presas del libro, cuando una compañera, desesperada por tanto padecimiento, le inquiere: "Sobrevivir, dices que hay que sobrevivir, ¿para qué carajo (sic) queremos sobrevivir?". "Para contar la historia", replicó. Eso hizo Chacón antes de morir. (c) LA GACETA
La línea argumental del relato es ficticia, pero el tiempo y las crueldades son reales. "Las penurias están documentadas. He construido una verdad a medias sobre el hecho de una verdad completamente auténtica", afirmaba Chacón en una entrevista periodística meses antes de morir, en diciembre de 2003 (el libro se publicó en España en 2002, pero este año llegó a la Argentina). En efecto, tras cuatro años de recorrer España recopilando testimonios de sobrevivientes o de hijos de republicanos que plantaron cara al franquismo bajo aquella recordada premisa del "no pasarán", la escritora narró la suerte que les cabía a las mujeres rojas -como las llamaban los falangistas- en cárceles como la de Las Ventas, en Madrid. Además de padecer toda clase de tropelías físicas, eran condenadas a humillaciones psicológicas -ideológicas más bien- como coserles los uniformes a aquellos a quienes habían combatido, ir a misa -muchas de ellas no eran creyentes- o escuchar que las guardias de la cárceles recitaran un significativo parte militar el día que recibían visitas; se trataba de aquel comunicado que el propio Franco escribió el 1 de abril de 1939 y que, en su barroca sintaxis, decía: "en el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado".
Pasan los años, mueren los últimos protagonistas, pero la Guerra Civil española sigue dando que hablar y, sobre todo, que escribir. Al país acaba de llegar la novela "Veinte años y un día", de Jorge Semprún, y el periodista argentino Daniel Muchnick publicó recientemente el imperdible ensayo "Gallo rojo, gallo negro". Pero el ya comentado "Soldados de Salamina" y "La voz dormida" -más el primero que el segundo- causaron revuelo en España. Cercas se animó a hablar de uno de los fundadores de la Falange, el escritor Rafael Sánchez Mazas, quien luego cayó en desgracia con Franco. Y ahora Chacón se atreve con las mujeres, las silenciadas de la historia. "Ellas perdieron dos veces. Primero la guerra civil y luego los derechos civiles que habían logrado durante la República. En el primer caso, perdieron las mujeres republicanas; en el segundo, las dos, tanto republicanas como nacionales, porque fueron relegadas al ámbito doméstico. Con Franco hubo un organismo oficial que se llamaba la Sección Femenina, y que enseñaba a la mujer a ser ama de casa, descanso del guerrero y ángel del hogar", solía explicar la autora.
La historia que cuenta el libro es la del dolor de un grupo de resistentes. A unas les va peor que a las otras en la cárcel o en, lo que es lo mismo, la vida (tras la caída de la República la vida se les vuelve un insufrible tormento). No es una novela para pasar el rato -ninguna debiera serlo-, sino para leerla con el ceño fruncido, ese que generan la injusticia y la ilegalidad, vengan de donde vengan (por lo general proceden de quienes se adueñan de un Estado y, ajenos al mundo de los derechos, actúan como si fuera el reino del todo vale, porque sólo importan los fines). La novela sirve como fresco de lo que, en menor o mayor medida, pasó en el mundo (no termina de pasar) desde entonces. La Argentina, por cierto, sabe muy bien qué son el terror y la arbitrariedad, en particular Tucumán, donde se da la paradoja de que hoy un partido político lleva el adjetivo de republicano aunque en España, seguramente, le hubiera resultado incómodo que le llamaran así.
Hoy, cuando no se hace nada sin preguntar para qué sirve, muchos preguntarán por qué hay que seguir escarbando y abriendo heridas, aparentemente cerradas. La respuesta la da una de las presas del libro, cuando una compañera, desesperada por tanto padecimiento, le inquiere: "Sobrevivir, dices que hay que sobrevivir, ¿para qué carajo (sic) queremos sobrevivir?". "Para contar la historia", replicó. Eso hizo Chacón antes de morir. (c) LA GACETA
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