Muestra de un gran dominio del arte de narrar

Por Samuel Schkolnik

23 Mayo 2004
El libro reúne seis relatos en los que alientan unos pocos pero esenciales asuntos: la gravitación de la muerte sobre la existencia, la fragilidad de su significado, la sustancia imaginaria con que este significado se compone y que llega a constituir, sin embargo, la "realidad".
Pero no se crea que el autor ha revestido esos tópicos de unos argumentos y de unos personajes que ilustraran, a la manera de parábolas, algunas tesis filosóficas. Su labor ha consistido, más bien, en plasmar en la materia misma de sus relatos y de sus caracteres, unas formas que, si se pusieran en el modo declarativo, equivaldrían a tesis clásicas de la filosofía, pero que encarnadas en el modo narrativo revelan toda su turbadora hondura.Ahora bien, sólo un dominio completo del arte de narrar permite lograr convincentemente un cometido semejante, y he aquí que el autor lo logra en una muy alta medida.
Todo relato bien construido puede suscitar en el lector la pregunta acerca de las operaciones -se diría mágicas- por cuyo intermedio otorga él -el lector- vida a lo que, en el papel, es nada más que un conjunto de garabatos impresos, de suerte que esos grafismos resultan transfigurados en historias y en personas que poco difieren de las que componen la experiencia sustantiva del que cursa con sus ojos aquellas marcas de tinta. La narración que cierra el volumen que comentamos tiene como tema precisamente ese misterio; en su ejecución, el autor alcanza el grado del virtuosismo. (c) LA GACETA

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