Estudio centrado en el Deleuze que atacaba la noción de negatividad

Por Coriolano Fernández

23 Mayo 2004
Conocimos al norteamericano Michael Hardt a través de su coautoría con Antonio Negri en Imperio, un best-seller de trazo ideológico grueso y proclive a los lugares comunes.El trabajo que ahora nos llega delata la presencia de un autor de prosa más concisa, aunque no siempre clara, que confiesa estar haciendo un aprendizaje en filosofía (la edición inglesa es de 1993).
El tema es Gilles Deleuze, pensador francés que vivió entre 1925 y 1995. Aunque inscripto en el estructuralismo y en las denominadas filosofías de "la muerte del sujeto", es un filósofo en cierto modo inclasificable; se centra en las diferencias, las superficies, los fragmentos.
Su libro La lógica del sentido, definido por él como "ensayo de novela lógica y psicoanalítica" ofrece 34 series de paradojas y el único enlace entre ellas es la variación imprevisible de elementos.
La historia es el funcionamiento de máquinas, la última de las cuales es la máquina de Edipo y él intenta una deconstrucción en su libro El anti-Edipo, escrito con Guattari.
Hardt se centra en el primer Deleuze, el de implacable ataque a la noción de negatividad, tan cara a Hegel. De los muchos autores en que se nutrió Deleuze (desde Kant hasta Sacher-Masoch, pasando por Proust), Hardt elige a tres.
En primer lugar, la ontología de Bergson, y allí Deleuze advierte una suerte de socialidad mística (el texto dice "sociabilidad", pero es un error o una errata).
Luego, la ética de Nietzsche, que se resume en el amor de Ariadna por Dionisos, pues Dionisos es el dios de la afirmación, pero Ariadna es la afirmación de la afirmación.Y, no obstante, la afirmación es insuficiente para fundar una ética y Hardt desemboca finalmente en la práctica, la alegría de la práctica, según brilla en Spinoza.
Dice Deleuze -Hardt lo destaca- que el pensador holandés es una ráfaga de viento; "al leerlo, tenía la sensación de que me empujaba a montar en la escoba de una bruja". ¿Y cómo podemos hacer que la filosofía sea práctica? Hardt responde: Deleuze lo intenta investigando el poder.Se adhiere Hardt a una democracia entendida como sociedad abierta, horizontal y colectiva, una política práctica que libere las fuerzas inmanentes que hay en los cuerpos sociales, que estos descubran sus propios fines e inventen su propia estructura. Es el espíritu de la Comuna de París (1871) cuando se sostenía que toda representación debía estar sujeta a revocación inmediata.
Hardt percibe, aunque sea en germen, todo esto en Deleuze. Es, pues, su interpretación.Ahora bien, cuando muere Deleuze, la revista Philosophie le dedica una nota, donde lo ve como a un griego, extraordinario orador, el más grande de quienes tenían por misión enseñar filosofía.
Para Deleuze, agrega, bastaban tres anécdotas: el lugar, la hora y el elemento. Su lugar es el Levante, la parte oriental del Mediterráneo. Su hora, la de las tinieblas. Habló de todos los elementos con raro esplendor, amó la tierra, celebró el agua y el fuego, pero su elemento es aéreo, inclinación, suspenso y caída.
Y concluye Philosophie: "Hubo una multitud de otros Deleuze". Esto Hardt no lo sabe. Profesor de literatura enamorado de la política, que por lo leído es para él la única partera de la condición humana, no tiene ojos para otra perspectiva. (c) LA GACETA

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