Intento de ver con otros ojos un ayer marcado por el exilio y la orfandad

Por Gustavo Pablos

23 Mayo 2004
El libro de Abrasha Rotenberg es un extenso ejercicio de la memoria y un intento de ver con otros ojos el pasado de quien vivió marcado por el exilio y la orfandad. Nacido en un remoto pueblo ucraniano, el narrador se revela como testigo periférico, pero también principal, de un fragmento de la historia del siglo XX marcado por el dolor y la pérdida de los seres queridos. Si la necesidad de los grandes relatos se debe, en la mayoría de los casos, a su consigna de fechar los episodios principales (con vastas e indiferentes indicaciones sobre el destino de multitudes), en el caso de las voces individuales es posible leer las únicas historias que realmente importan porque dan un sentido más humano a aquellos: las pequeñas historias. Si bien estas son efecto de la gran historia, es gracias a estos documentos parciales (de los cuerpos que han pasado por ella), que se puede extraer la auténtica dimensión del dolor. Una reflexión de John Berger puede ilustrar perfectamente el espíritu de este libro: "El nuestro es el siglo del viaje forzado. Se podría ir aún más lejos y decir que el nuestro es el siglo de las desapariciones. El siglo en que miles de personas han visto a otras personas muy próximas desaparecer en el horizonte, sin poder evitarlo".
En Ultima carta de Moscú se presentan varias historias de pérdidas, desencuentros y reencuentros imbricadas unas con otras y unidas por su personaje. En primer lugar, su vida de infancia en el Viejo Continente en el seno de una familia judía, como también la vida que este llevará con su ingreso en la Argentina y su posterior exilio en España. No en vano el narrador cita en un momento del texto al escritor judío Sholem Aleijem, el "llamado padre de la literatura en lengua Idish", el cual, para referirse a la vida de los judíos en la Rusia decimonónica, había acuñado la frase "me va muy bien, soy huérfano". Si la orfandad ya es castigo suficiente, todo se le perdona, vive bajo la impunidad de la compasión. Pero esa compasión implica una falsa comodidad.
El libro está dividido en dos partes. En la primera, Hechos, el narrador recuerda los episodios de su infancia en un pueblo perdido de Ucrania, Teofipol, cuando la revolución comunista acabada de inaugurar un nuevo régimen. Luego, el desplazamiento, junto con su madre, a los montes Urales, y después a Moscú, para finalmente viajar, contra todas las expectativas familiares, a Buenos Aires en búsqueda de un padre que los había dejado prontamente. Pero el reencuentro resultará fastidioso y traumático. En la segunda, La noche de julio, describe los episodios que se desarrollan con posterioridad a esos años. A partir de la charla que el narrador, ahora ya adulto y exiliado en España, y su esposa mantienen con una pareja española, se dispara una nueva secuencia de estas memorias. En esta ocasión, propicia para la introspección y la recreación del pasado, retorna un pasado que es igual y diferente y que es relatado a unos extraños (reales o virtuales). Entre los nuevos elementos del recuerdo están dos cartas enviadas desde Moscú. La primera, de 1947, les anuncia que toda la familia ha sido asesinada por los nazis; mientras que otra, posterior, los enfrenta con una nueva versión de los hechos (como de costumbre, las cartas organizan o desorganizan la historia). Pero también el encuentro del padre antes de morir con un hijo ansioso por saber la verdad y no sucumbir a una relación poco favorable.
El narrador se preguntará por el valor de su empresa, ya que "No soy el que fui ni soy el que seré; las palabras que escribo hoy no son las de ayer y seguramente no serán las de mañana". No obstante, si bien puede ser en vano que las palabras busquen recuperar el pasado (la memoria ya no arroja datos fieles sobre los hechos que la alimentan), bien vale la escritura como recurso para dejar un registro o reelaborar ficcionalmente lo que tanto dolor ha producido. (c) LA GACETA

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