Páginas de Nicolás Avellaneda dotadas de interés testimonial

Por Federico Peltzer

23 Mayo 2004
La figura del doctor Nicolás Avellaneda ocupa un primer plano en nuestra historia. Nacido en Tucumán, hijo del mártir Marco Avellaneda, conoció el exilio junto con su familia. Vuelto al país y, tras sus estudios en Córdoba, actuó en política en Buenos Aires; fue legislador, ministro y presidió la República en una época turbulenta. Su labor como estadista se vincula a la educación y al progreso. También fue orador notable y erudito lector. Sin embargo, su único libro extenso está dedicado al destino de las tierras públicas. Al morir dejó numerosos papeles, algunos de ellos recogidos bajo el título de "Escritos Literarios", reeditados varias veces. De nuevo lo hacen ahora estas ediciones que dirige el doctor Carlos Páez de la Torre (h).
Se trata de artículos y opiniones sobre personajes de hondo relieve, por su actuación y por sus obras. No abundan, en cambio, los estudios literarios que anuncia el título. De los textos, sin embargo, es posible extraer juicios acertados y encomiásticos sobre los personajes cuya actuación pública admira el doctor Avellaneda.
Comienza por elogiar el libro y la lectura, tema que hoy causa tanta preocupación, por la palpable crisis que vivimos en cuanto se refiere a leer y gustar. Analiza el momento histórico en que se reunió el Congreso de Tucumán y pondera el coraje de sus miembros, que no retrocedieron ante la declaración de la Independencia. Llama al Congreso tres veces célebre: por dicho acto, por sus ideas preferentemente monárquicas y por haber intentado dar una constitución al país que nacía. Muchas páginas dedica a la figura de Rivadavia, cuyo afán organizador y progresista destaca; su fracaso fue, quizá, avanzar demasiado pronto y hallar en su camino a opositores como Dorrego, a quien llama "el artista del desorden". Entre otros artículos, traza un vivo retrato de Dalmacio Vélez Sarsfield, de su fuerza como polemista y del monumento que legó con el Código Civil. Dedica páginas de elogio para Sarmiento, hombre de fuerza avasalladora, genial en sus amplios proyectos. También traza una cálida semblanza de Fray Mamerto Esquiú, obispo a la fuerza, hombre de evangélica modestia. Quizá lo más propiamente literario resida en los fragmentos agrupados bajo el título de "Tres poetas argentinos", donde compara y juzga con agudeza la obra de Echeverría, Andrade y Ricardo Gutiérrez. También recuerda con afecto a un poeta hoy totalmente olvidado, Juan Chassaing, quizá por su temprana muerte. Por último, se transcribe el panegírico trazado en el discurso que pronunció al inaugurarse el monumento a Mariano Moreno.
El papel de la colección es acercar personajes del pasado, cuyas obras difícilmente tengan acogida comercial. Este libro cumple una vez más con tal propósito, al brindarnos la noble voz del tribuno tucumano, tan ecuánime en sus escritos como honrado patriota en su labor de estadista. (c) LA GACETA

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