
No abordaré, empero, la historia de la Universidad sino su situación inmersa en el turbulento mundo de hoy, lo cual implica colocarme en la perspectiva que ofrecen en nuestros días la cultura, la filosofía, la ciencia, la ética, el trabajo, las profesiones. La Universidad no es una entidad abstracta, intemporal, sino receptora de las exigencias de la realidad y, al mismo tiempo, eficaz transformadora de esas exigencias. Es difícil para la Universidad lograr un ajustado equilibrio de estas dos fuerzas -pasivas y activas- pero en esta ecuación, sin duda, el nivel científico que alcance y su preeminencia en la sociedad se han de medir por su capacidad de modificar y de crear productos culturales, instaurar nuevos enfoques y nuevas perspectivas en el ámbito social, cultural y científico. La actitud meramente pasiva de almacenar conocimientos y recoger experiencias es apegarse a lo ya instituido sin afanarse en la búsqueda de formas renovadoras.
He aquí que para valorar críticamente a la Universidad hay que someter a cotejo su actividad creadora, renovadora y su propensión a lo consagrado, a lo establecido, siempre en relación con las características y las fuerzas a que está sometida en nuestros días.
¿Cuáles son estas ideas, estas fuerzas, estas situaciones? ¿Cómo se puede lícitamente hablar hoy de nuestra Universidad, por ejemplo, con el mismo tono y la misma conceptuación que hace cincuenta años o en el alba de su creación?
La cultura hoy. Creo, por ello, justificado que echemos un vistazo a los rasgos del mundo en que vivimos, conscientes de que la complejidad que ostenta hace muy difícil ofrecer un cuadro satisfactorio. Estos rasgos están conformados por factores sociales y económicos, la ciencia, la ética, la política, la cultura y la filosofía. Sin entrar en detalles, el lector podrá advertir fácilmente que cada uno de estos factores gravita poderosamente sobre la acción y sobre los fines de nuestra Universidad. Mi análisis se aplicará primero a situaciones concretas y le daré cima con reflexiones filosóficas.
Los factores socio-económicos. La falta de recursos económicos en cantidad suficiente impide el cumplimiento de muchas tareas específicas de las distintas disciplinas y, frente el crecimiento desmedido de la población estudiantil, se produce un resultado realmente negativo del aprendizaje. Hay que tener muy en cuenta las implicaciones de una suerte de axioma que reza así: la cantidad atenta contra la calidad y esfuma la posibilidad del contacto inmediato, personal de los partícipes del acto educativo. No se avizora solución a este problema trascendental abonado por la irreductible posición de algunos sectores del ámbito universitario en defensa del ingreso irrestricto y agravado por la falta de los pertinentes medios para atender las demandas de la creciente población estudiantil.
La ciencia y la técnica. ¿Hay acaso en nuestros días un desafío mayor que el que lanzan a la Universidad los portentosos conocimientos de la ciencia signados por permanentes superaciones y revisiones críticas y, al mismo tiempo, el desafío de la técnica -suerte de Jano con sus rostros de ángel y demonio- cuyos logros éticamente ambiguos constituyen la tumba de la vieja imagen del hombre con sus fines y valoraciones? Estos ademanes -el científico y el ético- obligan a la Universidad a respuestas inherentes a su condición de institución peculiar, inmersa en una historia no menos peculiar. Pero he aquí que hay limitaciones, debido especialmente a razones económicas, que impiden a la Universidad ponerse a la altura de las exigencias científicas mundiales para impulsar el incoercible avance de la ciencia. La menesterosidad de los laboratorios y de las bibliotecas habla a las claras de este círculo vicioso: sin sustento económico no hay desarrollo científico y sin desarrollo científico los países sufren económica y socialmente la condena de esta deplorable apostasía.
En suma, pienso que la crisis de la Universidad está inserta en determinadas circunstancias sociales, económicas, políticas, científicas y éticas. Por ello, es inclaudicable su función de atender a la educación de una creciente e inabarcable cantidad de alumnos; fomentar la investigación; crear carreras breves y eficientes para satisfacer las aspiraciones laborales; mejorar la remuneración de los docentes para hacer más exigente el cumplimiento de sus tareas; mensurar la gravitación política y poner muy en alto el papel de la ciencia y de la técnica en el mundo de hoy. Por encima de estos fines particulares planea, traza un vuelo arrogante y protector el designio de la condición del hombre como tal, la imagen fulgurante de un humanismo renovado. ¿Cómo hacer patente esta unidad que da sentido a la etimología de la palabra "Universidad", de unus y versus, dirigida hacia lo uno? ¿No tiene también la Universidad la misión de formar a hombres sensibles a todas las grandes creaciones del espíritu -el arte, la literatura- a fin de alcanzar una visión unitaria, cabal del momento histórico que le toca vivir?
El papel de la Filosofía en la Universidad. No vacilo en proclamar que sólo la Filosofía puede acometer la función de alcanzar la unidad, la unidad profunda de que hoy carece la Universidad. ¿Cómo enfilar la proa para llegar a esa Itaca cultural? En mi opinión, hay fundamentalmente dos caminos, dos formas de lanzar la Filosofía al ruedo de los estudios universitarios:
1) La reflexión. El primero de ellos es contribuir al ejercicio razonado y crítico del pensamiento; alentar la reflexión esclarecedora a propósito de los contenidos concretos de cada disciplina; aguzar la mirada cultural y hacer comprensible que los avances científicos y técnicos son frutos de una sostenida reflexión. Se aunarán así ciencia y filosofía, y dejará de concebirse a esta como devaneo, como faena que se cifra en especulaciones vacías, indiferentes al palpitar de nuestras preocupaciones reales. A la vez, se abandonará la visión estática que convierte a la ciencia en saber constituido, establecido, en lugar de una actividad dinámica, sometida a constantes cambios y superaciones, propios de la investigación. ¿Es que Einstein y Platón no hicieron vibrar la misma cuerda de la reflexión para forjar cada uno su célebre teoría?
2) La unidad de ciencia y filosofía. Sería interesante que la Universidad, en las distintas cátedras, mostrara cómo opera dicha unidad en cada una de las disciplinas particulares. Tomaré un solo ejemplo, el de la física, aplicable a las otras ciencias. La etapa que hoy vive la física ofrece a la reflexión filosófica un paisaje fascinante, con logros que ya en su inicio pergeñó el pensamiento griego. El atomismo, el mecanicismo, el determinismo, el espacio, el tiempo, el papel del sujeto en el conocimiento son problemas que en nuestros días hermanan los afanes inquisitivos de la ciencia y de la la filosofía.
En obsequio a la brevedad me atendré a un solo ejemplo que remoza un viejo problema filosófico. La indeterminación cuántica del principio de incertidumbre de Heisenberg sale al encuentro de un clásico problema que desveló y sigue desvelando a los filósofos. ¿Afecta el conocer a la cosa conocida o se mantiene esta impertérrita ante la exploración cognoscitiva? En el caso de la física -como en el de la filosofía- hay respuestas antitéticas. Hay quienes sostienen que el fenómeno cuántico no puede ser definido independientemente de la intervención del sujeto, al punto de expresar que tal fenómeno no está definido hasta el momento de medirlo. Preguntar cómo es la partícula antes de medirla no tiene respuesta porque es una pregunta sin sentido.
La decisiva intervención del sujeto en la medición cuántica evocada algunas similares y célebres respuestas filosóficas. Berkeley, filósofo inglés del siglo XVIII, anticipó la idea de la medición cuántica al acuñar la fórmula "ser es ser percibido". Como si la medida cuántica fuera el emblema de la falta de la objetividad del conocimiento, encontramos una anticipación genial en Protágoras, (IV a.C.) el sofista que condensó su pensamiento en el aforismo: "El hombre es la medida de todas las cosas". En todos estos casos, físicos y filósofos hacen trizas la objetividad del conocimiento frente a quienes siguen sosteniendo la no menos memorable objetividad.
Una vez más, como en los gloriosos momentos de la historia, la física entrelaza su problemática con los planteos de la filosofía y funda la idea de que el ahondamiento científico en los niveles o estructuras de la realidad conduce inevitablemente al ámbito de las reflexiones filosóficas.
En conclusión, la tarea de la filosofía en la Universidad de hoy consiste en brindar una imagen unitaria de la cultura a fin de que resulte comprensible, más allá del saber especializado, la idea misma del saber, de la historia, de la ética, de las exigencias de la sociedad, presidido todo por la conciencia crítica de que estamos ante diversas expresiones de la aventura histórica del hombre. Las dos estatuas del patio de la Universidad -la de Dante y la de Humboldt- son el símbolo de las grandes metas universitarias, las humanidades y la ciencia. (c) LA GACETA







