La paradoja del radicalismo

Para LA GACETA - BUENOS AIRES

16 Mayo 2004
Si Aquiles persigue a la tortuga dando siempre un paso tal que es la mitad del que acaba de dar la tortuga, por más que se esfuerce nunca la alcanzará. Zenón de Elea popularizó con ejemplos de este tipo la idea de espacio infinitamente divisible y la idea de las aporías, que son problemas cuya solución, después de fatigar todas las variantes posibles, termina siendo la inexistencia de solución.
Es un fenómeno muy notable que, en la Argentina de fines del siglo XIX, mientras se producía una espectacular expansión de la economía agroexportadora, surgiera una clase media urbana muy potente; David Rock indica que pasó del 11,1% en 1869 al 29,9% en 1914. Esto se daba en el marco de un sistema político caracterizado por el fraude electoral y las recompensas clientelares. En estas condiciones, los caudillos locales controlaban las elecciones y despejaban el camino para el gobierno nacional, anulando toda posibilidad de oposición e instaurando, en la práctica, un sistema de partido único. Pero esta edificación conservadora, complementada con la represión, empezó a resquebrajarse a raíz de la creciente politización de esas clases medias, las que comenzaron a apoyar al radicalismo en su lucha contra el sistema. Las dos herramientas básicas que usó el radicalismo en estos primeros años fueron la rebelión y la abstención. No por nada Carlos Pellegrini, sobre el final de su vida, alentó la creación de un nuevo partido conservador con apoyo de masas, de manera tal de apuntalar la construcción conservadora con cierto componente de consenso popular; y no por nada Perón, cuyo ídolo laico era el caudillo salteño Patrón Costas, recicló tardíamente esta táctica gatopardista, a la que añadió condimentos de la boga italiana. Pero lo interesante es que el radicalismo no cayó en la trampa que le tendía el conservadurismo: no se avino a ser su partenaire; no homologó el ejercicio fraudulento. Operó sobre ejes tales como la abstención y la intransigencia revolucionaria. En una palabra, repudió el sistema. Y es particularmente interesante que, por esos años, los líderes radicales evitaran expedirse sobre los grandes problemas económicos o de política exterior, de manera de no quedar atados a intereses sectoriales ni limitar a sus adherentes.
La fuerza centrípeta que tenía el partido era el mero rechazo a un sistema corrupto.
Después de que en 1912 se dictó la Ley Sáenz Peña, los radicales abandonaron esta táctica y comenzaron a postular candidatos en las elecciones. Paradójicamente, esa fue su tumba.
Yrigoyen fue derrocado por un golpe fascista. Frondizi fue jaqueado por sindicalistas y militares. Illia fue desplazado del poder por una alianza explícita entre esos mismos sectores, a punto tal que al asumir el general Onganía lo acompañaban en el acto notorios líderes de la C.G.T. Alfonsín, después de haber sufrido trece paros generales, fue expulsado por lo que él llamó un golpe de mercado, al que no fueron ajenos algunos referentes del peronismo. Y finalmente, De la Rúa fue volteado por oscuras fuerzas vinculadas a la militancia bonaerense. ¿Es que los radicales no son aptos para gobernar o es que el país todo vive bajo un régimen de partido único virtual, un PRI disfrazado? Como antes el conservadurismo, el peronismo domina a través de un sistema clientelar, manejado por intendentes, gobernadores y punteros, todos los resortes del poder. Desde las votaciones mismas, con el llamado "voto cadena", hasta las centrales empresarias y los medios de difusión. Desde el Senado, donde prevalecen los macizos caudillos provinciales, hasta los sindicatos y los tribunales. Así, el peronismo es, más que un partido político, un pulpo multiforme injertado en las vigas mismas de la vida nacional.
¿Qué sentido tiene competir en una pelea de antemano despareja? Adviértase que ahora Kirchner, al capturar a parte de las clases medias urbanas, añadió una alarma novedosa para el ya anémico radicalismo. Quedan sólo flecos tercos, como López Murphy o Carrió, que se resisten al temible unicato; pero lo que no advierten, a mi juicio, es que al ejercer una oposición normal sólo favorecen el juego de la apariencia democrática. Podrían incluso llegar al poder, lo que no podrán nunca es gobernar. Su afán es tan candoroso como el de Aquiles. En estas condiciones, la pregunta que cabe formularse es qué sentido tiene que compitan por un poder del que sólo serían investidos en forma provisoria, farsescamente, mientras el partido único se toma un respiro.
¿Qué sentido tendría que López Murphy o Carrió asumieran entorchados de falsas insignias? Estarían convalidando la parodia, hasta que nuevas plagas y nuevos e inevitables fracasos los reubiquen en su rol de sparrings complacientes. No importan las buenas intenciones, sino la imposibilidad de gobernar para un no peronista en un contexto corroído por un aparato fatídico.
A la luz de este análisis, esos sobrevivientes deberían preguntarse si no habrá sonado la hora de volver a las fuentes de Alem, a la intransigencia y a la abstención, una suerte de huelga de hambre política, hasta que un nuevo 1912 y un nuevo Sáenz Peña introduzcan las necesarias correcciones higiénicas.
Una vez que Aquiles nota que nunca alcanzará a la tortuga, ¿no es preferible que impugne el procedimiento antes que continuar en la tarea fútil?
Pero es interesante advertir que si el proceso dialéctico se cumple de modo simétrico, de las entrañas del peronismo debería nacer ese nuevo Sáenz Peña que, gracias a la presión de una oposición no complaciente, implante un voto electrónico impermeable a toda manipulación y elimine las prebendas clientelares; y del entrecruzamiento de ese reformador y esa oposición severa e incómoda debería nacer un nuevo movimiento que logre encarnar el espíritu de los tiempos, como lo hizo Perón en 1945. Si, al cabo de este proceso, esa oposición queda como una respetable alternativa de centroizquierda, y la nueva síntesis como una perspectiva viable de centroderecha, tal vez hayamos avanzado en la búsqueda de una democracia más madura. Pero si es cierto, como decía nuestro poeta mayor, que los astros y los hombres vuelven cíclicamente, entonces todas las fatigas habrán sido vanas. (c) LA GACETA

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