Alta voz de la poesía argentina

Por Pablo Anadón

16 Mayo 2004
Creo no estar profiriendo un vaticinio excesivamente osado si afirmo que la poesía de Rodolfo Godino (San Francisco, Córdoba, 1936) se leerá dentro de varias décadas como una de las más altas de la poesía argentina presente, como ya muchos la leemos. Valorada desde un comienzo por autores tales como Carlos Mastronardi, Alberto Girri o Raúl Gustavo Aguirre, cuenta hasta hoy con los siguientes títulos: El visitante (1961), Una posibilidad, un reino (1964), La mirada presente (1972), Homenajes (1979), Gran cerco de sombras (1982), A la memoria imparcial (1995), Centón (1997), Elegías breves (1999), Ver a través (2001) y Estado de reverencia (2002), además del volumen que ahora comentamos, obras que han obtenido reconocimientos de la envergadura del Gran Premio Bienal Internacional de Poesía (1982), el Premio de Poesía "La Nación" (1994) y el Premio de la Academia Argentina de Letras (2001), entre otros. Tríptico ha recibido el Primer Premio Provincial de Literatura para Autores Editos "Jorge Vocos Lescano", convocado por el Gobierno de Córdoba.
Este nuevo libro se abre con un epígrafe de Van Gogh: "Creen que yo imagino -y no es verdad- recuerdo". También Eugenio Montale declaraba que él no inventaba nada en sus poemas. Cerca de Montale (el poeta que me parece más próximo a nuestro autor en su temple anímico y poético, para quien no hallo antecedentes cercanos -lejos ya de su inicial contigüidad con la reflexión girriana- en la tradición argentina), Godino no inventa, así como tampoco enrarece las aguas de su curso expresivo: en cada poema está siempre presente la ocasión concreta que lo ha originado, por más sesgado que fuere su destello en el espejo de la conciencia lírica, y el modo en que se engarzan las palabras deja la certeza de que es el único posible, el necesario para decir exactamente eso que debía decirse... Querría ser claro en esto, en contra de quienes pueden haber tachado de tobar cius el arte de Godino: el poeta nada oculta; en todo caso es lo real que ama escabullirse, que se burla de las manos verbales demasiado gruesas, y en cambio entrega su intimidad a dedos más sutiles.
Los paneles que integran este tríptico presentan motivos familiares de la paleta metafísica -morandiana- de Godino, quien, como todo gran poeta, es obsesivo en sus preocupaciones. "La historia" comienza por ser su propia historia (el nacimiento bajo el ambiguo signo de Piscis, los lejanos recuerdos, la conversación en la vigilia y en sueños con los padres muertos, un "Día tipo"...) para terminar con la afluencia de su historia en la historia del país, en el estremecedor poema "Vuelta al Cono Sur", fechado de 1980: "País o campo de enterramientos / retorno, aun conociendo tu locura,/ a la edad en que los lagrimales/ descargan juicios fundados..." (en estos últimos versos podemos leer una definición de su poética).
"El Reino" que aparece en el panel central es el reino natural: "Amar como amo esas fantásticas criaturas / es tan difícil de explicar", dice el poeta de los primeros brotes en las ramas. Quienes sabemos lo que es cuidar, días tras día, el crecimiento, la forma y el color de un liquidámbar, un ciruelo o un jazmín, lo comprendemos. De la pesadilla de la historia, del desencanto de los hombres, suele dar consuelo la naturaleza. Pero tampoco hay bucolismo aquí: de hecho, la inocente crueldad de un ave que destroza a otra, como en el poema "Territorio expuesto", puede convertirse en el presagio "de un holocausto mayor". La historia reaparece en "A ella, en el jardín", donde un episodio doméstico, la mujer que transplanta en silencio una lavanda ("flores de leve color morado / y diseño de mitra humedecida"), proyectando contra el fondo de "la nación librada / a su necrosis", contra el horizonte de "nuestros arenales / ricos en fábulas, ausentes, héroes / de nombres vedados", adquiere una dimensión ritual, como una ceremonia humilde en donde se preserva un espacio a salvo de la disolución o un mundo ensalmo para conjurar el destino desgraciado de la patria.
De las fulguraciones del mundo natural se pasa a "Los Trabajos" de la última sección, que no son otros que los de la escritura poética. La pasión y la ironía ("Hace días que quieren cantar. / Lo intentan contra la voz que repite / la música de ustedes / propaga mucha pena / en los municipios de la costa"), la entrega con que se diría que han sido escritos estos textos, llevan el género del "arte poética" a una incandescencia reveladora que supera ampliamente la meditación sobre los medios y los alcances de la poesía.
A través de su cristal de aumento, la dispersa luz de la realidad se concentra en un foco epifánico: arde en su centro, por un instante, la verdad del mundo. También hay consejos para el principiante que es todo poeta ("Al visitar un curso de escritura") y el libro cierra su círculo con un gesto de gratitud dirigido a los padres: "a él, al que ahora entiendo / pese a la desinformación, a ella, / a sus dotes adivinatorias, / a su pan secreto". Ellos, y la misteriosa, "oculta / voz de alguien que apenas entrevimos", hicieron posible al "heredero", condenado a ser, para nuestra dicha de lectores -también para nuestro agradecimiento-, "el portador del poema". (c) LA GACETA

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