Un espía argentino y el cádaver de un anónimo prócer

Por Alvaro José Aurane

16 Mayo 2004
La reedición de "El ojo de la patria", obra de ese enorme narrador argentino que fue Osvaldo Soriano, es una buena noticia por partida doble. Por un lado, porque este policial de 250 páginas, único en su género, junto con la totalidad de la obra del extinto escritor, vuelve para dar forma a la "Biblioteca Soriano", de la editorial Seix Barral. Así que no habrá desabastecimiento. Por otra parte, porque se reconfirma que la buena prosa es un bien renovable y sustentable.
Con un emotivo prólogo de Roberto Fontanarrosa evocando a su amigo, "El ojo de la patria" es una galería de recursos literarios impecables e implacables, encerada con el ácido humor del autor. Hay dos posibles recorridos. Uno consiste en transitar de un tirón, linealmente, la trama de un espía argentino (de nombre y apellido similares a los de un famoso escritor de novelas policiales), a quien le encomiendan la tarea de sacar de Francia el cadáver de un prócer nacional de los tiempos de la Revolución de Mayo.
La medicina (mediante la cirugía estética) y la informática (mediante un chip que torna al occiso en un despojo parlante) lo ayudan a hacer pasar los restos como si se trataran de un ser vivo. Pero una compleja red de lealtades blandengues y de traiciones consuetudinarias conspira contra el espía a cada paso.
La segunda opción del itinerario de lectura consiste en detenerse a mirar los escaparates con los que Soriano enmarca la envidiable arquitectura de esta novela. En las vidrieras aparece, entonces, un espía argentino cuya única virtud es tener buena puntería. En cambio, carece de criterio para distinguir quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Carencia que permanece aun a la hora de matar.
El protagonista ni siquiera puede advertir que se ríen de él los extranjeros que le entregan condecoraciones falsas, en ceremonias sin testigos, junto a los desagües cloacales, con el cuento de que, siendo un agente encubierto, mal podrían darles pompa a los honores.
Tan chabacano es el hombre en cuestión que el libro en base al cual cifra los informes que remite a la Argentina es "Confesiones de una princesa rusa". De hecho, nunca sabrá quién es ese prócer muerto por el que arriesga su vida, para que el Presidente de la Nación lance un plan dado en llamar "el milagro argentino". Para Soriano, llamar a un servicio "inteligencia del Estado" es un acabado oxímoron.
Julio Carré, tal el nombre del personaje central de "El ojo de la patria", tiene más incertidumbres que las que, en su misma situación, albergaría un argentino cualquiera con el secundario completo. Pero él es el "James Bond" argentino gracias a los contactos políticos de un familiar.
Coherentes con su talla, sus enemigos son de pacotilla. Ex espías que están desocupados desde la caída de la Unión Soviética; otros espías argentinos y una manada de protomafiosos que formaron una fundación para subsidiar a escritores que no quieran publicar sus obras. Entidad que se financia con el tráfico de drogas. Pero donde la ironía del autor asesta un golpe demoledor es en el hecho de que mientras todos urden engaños, el único que tiene posiciones claras y legítimas es el fenecido y anónimo prócer, que gracias a su microprocesador no se cansa de insultar a Rivadavia, ni de imprecar contra los ruidos del Cabildo.
Soriano ni siquiera da tiempo a acostumbrarse a su metáfora de que la única verdad se encuentra en la muerte y de que todo lo demás es mentira. Porque, en la génesis misma de la obra, pone en duda la franqueza de dejar de existir.
En las entrevistas que concedió hace unos años, y que se publican como apéndice del libro, el ex integrante del matutino porteño Página/12 relata que todo nació tras una visita a un cementerio francés, donde encontró una lápida que daba cuenta de que allí reposaban los restos de un "agente confidencial argentino". A partir del hallazgo, Soriano dice que barajó dos hipótesis.
La primera consiste en que hubo un verdadero "Jack Ryan" nacional, que fraguó su propia muerte y cambió su identidad por otra insondable. La segunda propone que hubo un espía argentino tan torpe que Francia decidió (dejando grabado en su tumba que conocía perfectamente su identidad) dar testimonio inmortal de uno de los compatriotas más estúpidos que se hayan ido a trabajar al exterior. (c) LA GACETA

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