
LA DIRECCION
"En cualquier terreno que
transitemos es preciso no
perder de vista el horizonte
de la totalidad".
(Cara y contracara)
En un pasaje de uno de sus libros centrales, Nihilismo y experiencia extrema, Massuh se refiere a la tarea, hoy, del filósofo. Llega a caracterizarla recorriendo el siguiente camino: luego de referirse a esas tres figuras ineludibles de nuestro tiempo, Marx, Nietzsche y Freud, como representantes del "humanismo ateo" (a los que más tarde Ricoeur llamará intérpretes o "hermeneutas de la sospecha"), se concentra en una de las vertientes posteriores, no deseadas, de ese humanismo: el nihilismo. El autor se empeña en distinguir con nitidez ambos movimientos: mientras el humanismo ateo reniega de Dios, pone en su lugar al ser humano y su libertad (de allí humanismo), y le concede un puesto central, y a la vida humana, un valor sagrado. El nihilismo, en cambio, que es "pérdida del valor de los valores", especialmente de los valores supremos, elimina al ser humano de tal centro y declara que en realidad "nada" tiene significado, que "todo es lo mismo, que nada vale la pena...".
En ese contexto se da la caracterización de la tarea del filósofo: "Ha sido llamado para encontrar, en un mundo que se desintegra, nuevas experiencias de la verdad, el bien, la belleza y lo sagrado [...], buscar un punto de partida para enfrentar el nihilismo y organizar otra vez el caos". Porque el hombre "Necesita trazar un límite, un espacio sagrado [...]" (NE 182-183). Ahora se impone a la razón de nuestro tiempo recuperar "la unidad de lo sagrado, buscar el principio de unidad de la cultura, hallar un criterio de verdad que permita fundar nuevamente un juicio capaz de separar lo cierto de lo falso, lo auténtico de lo inauténtico, lo permanente de lo perecedero." (AR 56).
¿Qué lector atento de Massuh puede no advertir que esta es la tarea que se le impone a él mismo? El hecho de asumir esa tarea crea alrededor de su obra algo que yo llamaría "horizonte de religiosidad". Es que, efectivamente, veo como si su pensamiento, variado en temas, la mayoría de ellos sugeridos por la circunstancia histórica concreta, se unificara por el hecho de desarrollarse dentro de los límites no constrictivos de tal horizonte. El filósofo, hoy, ha de contribuir no sólo a promover sino sobre todo a no sofocar lo que Massuh llama, en el grado máximo de intensidad, la experiencia extrema. Esta es la reveladora de que existen la belleza, la verdad, el bien, es decir, que existe un orbe de lo valioso, de lo sagrado, que anima nuestras acciones, aun en apariencia las acciones más triviales y cotidianas. De ahí el tono de contenida vehemencia que con frecuencia se advierte en estos escritos que parecieran estar buscando oyentes para compartir esa tarea.
Aquí habla en Massuh el temprano lector de Mircea Eliade, quien "ensanchó nuestra visión de lo sagrado, nos enseñó a rastrear sus huellas en el seno de lo profano, a descubrir latidos de auténtica religiosidad donde no se sospechaba". (AR 49).
En los últimos tiempos me propuse perseguir en Massuh, filósofo de la cultura, el difícil, escurridizo pero ahora insoslayable tema de la identidad del país. En el conjunto de la obra que ha cuajado en libros, se me ha revelado la persistencia de tal cuestión. Desde los impetuosos libros juveniles, América como inteligencia y pasión (1955) y El diálogo de las culturas (1956) hasta Nuestra América (2002), pasando por La Argentina como sentimiento y El llamado de la patria grande, el "pensar el país" es la prioridad. Un lector podría preguntar: si es así ¿qué pasa con otras publicaciones como El rito y lo sagrado (1965), Sentido y fin de la historia (1968), La libertad y la violencia (1968), Nietzsche y el fin de la religión (1969), Nihilismo y experiencia extrema (1975), La flecha del tiempo (1990), Agonías de la razón (1994), Cara y contracara (1990)? Es cierto, allí el "pensar el país" no aparece como dominante. Pero en modo alguno esas obras del período intermedio están desconectadas del tema. Ofrecen al tema un marco general, y permiten que el "pensar el país", en lugar de ser objeto, como en otros casos, de un planteamiento cerrado, centrípeto, "folklórico", se dé dentro de coordenadas universales, y de un mismo horizonte de religiosidad.
En realidad, toda la reflexión de Massuh sobre el país guarda una clara coherencia con la caracterización de la tarea del filósofo: toda esta reflexión está encaminada a erradicar los diagnósticos nihilistas acerca del presente y el futuro de los argentinos. El autor asume con convicción esa tarea, consciente de su "inactualidad": "Pido perdón a mi audiencia por no ofrecerles un panorama depresivo, que es lo único que pone eufóricos a mis compatriotas en estos días. No formo parte de esa inteligencia argentina que se complace morbosamente en la enumeración del fracaso, demora más de la cuenta en su análisis, al punto de convencernos de que todo derrotismo es un triunfo moral" (NA 63). En La Argentina como sentimiento (1982), llega a encontrar un último reducto de amor hacia el país, inmune todavía a las apreciaciones y a los diagnósticos nihilistas. Lo encuentra en la obra de sus artistas, en particular, sus poetas. La afirmación central de La Argentina como sentimiento es la siguiente: en medio del desarraigo nihilista, por un lado, y, por otro, de los artificiosos esfuerzos teóricos y voluntaristas de ese momento, encaminados a imponer una "identidad nacional", hay una dimensión de la vida y la cultura argentinas en que se profesa de un modo extraideológico una devoción sincera y conmovedora hacia el terruño y su cultura. Es la dimensión de la palabra poética que describe al país en sus campos, sus gentes, sus árboles, su cielo, su tierra, sus ríos.
Donde se celebra a la Argentina en el orden de la afectividad y el sentimiento. Gracias a la labor de sus artistas, de sus poetas, "Aprendimos que esta tierra nos pertenecía y nosotros a ella, y que esta mutua pertenencia significaba un pacto sagrado, una fidelidad [...]" (AS 133). Lo que Víctor Massuh nos pide a los argentinos, ante este fenómeno revelador de lo poético, es "no resistirnos al llamado, dejarnos estar en su sencillez [...]" (AS 152).
(En El llamado de la patria grande, sobre esa base de sentimiento de pertenencia, Massuh propondrá, un año más tarde, un ejercicio de la inteligencia aplicado al conocimiento de los grandes pensadores de esta parte de América).
La prueba quizá más notable del clima de nihilismo a que es proclive la Argentina se revela para nuestro autor en la proliferación de lo que llama "el juicio totalizador negativo". Este consiste, en pocas palabras, en aplicar a toda una realidad, la apreciación negativa comprobada en una o algunas de sus partes; en la desvalorización de un todo por la falla, defecto o maldad de uno o de algunos de sus sectores. De esta manera se comete, quizá sin que de eso se dé cuenta quien pronuncia y propaga semejante juicio, una de las mayores injusticias posibles, pues implica el desconocimiento y la negación de los componentes positivos, producto, si nos referimos a un país, de un esfuerzo generalmente anónimo de sus gentes en talleres, oficinas, universidades, fábricas, campos, escuelas, empresas, creación artística...
No es este el lugar para seguir el hilo de esta reflexión sobre nuestro país, reflexión que se prolonga en El llamado de la patria grande (1983) lo mismo que en Nuestra América (2002). Con este breve escrito, sólo quiero dar una señal mínima acerca de la obra de un pensador profundo y un ensayista brillante que enaltece a la cultura argentina y que, en sus "primeros 80 años" sigue empeñado en la cruzada intelectual contra el nihilismo y a favor de una razón renovada, en defensa de lo sagrado de la vida.
Pero en estos momentos no es posible pasar por alto la actualidad de la obra de Massuh en uno de sus puntos, que ya abordó en el juvenil Diálogo de las culturas: el referido a la necesidad, la dramática urgencia, y la posibilidad de un entendimiento entre las diferentes etnias y culturas que habitan este mundo conflictivo y convulsionado en que nos toca desenvolvernos. Más de un potencial lector podrá preguntarse: ¿utopía?, ¿construcción con la imaginación y el deseo de un mundo imposible? Massuh usa con mucha precaución la palabra utopía. A su examen dedica todo un capítulo de La libertad y la violencia. Pero, finalmente, llega a utilizarla como en este pasaje:
"No puedo dejar de pensar que en un mundo fratricida como el nuestro la confianza en una futura ?comunidad del género humano? sea pura ilusión, escándalo y locura. Pero si somos capaces de dejar la violencia a un lado, esa es la única utopía en la que es bueno seguir creyendo con todas las fuerzas del corazón". (CC 66). (c) LA GACETA
Obras citadas:
AI: América como inteligencia y pasión, FCE, México, 1955
DC: Diálogo de las culturas, Facultad de Filosofía y Letras, UNT, Tucumán, 1965LV: La libertad y la violencia, Sudamericana, Bs. As. 1968.
NE: Nihilismo y experiencia extrema, Sudamericana, Bs.As. 1975.
AS: La Argentina como sentimiento, Sudamericana, Bs. As. 1982
PG: El llamado de la patria grande, Bs As., Sudamericana, 1983.
AR: Agonías de la razón, Sudamericana Bs. As., 1994.
CC: Cara y contracara. ¿Una civilización a la deriva?, Emecé, Bs. As. 1999.
NA: Nuestra América, A. Korn, Córdoba, 2002.







