09 Mayo 2004 Seguir en 

Albert Einstein dijo que no sabía cómo sería la Tercera Guerra Mundial, pero que estaba seguro de que habría una Cuarta y de que esta se haría con piedras y palos. Una variante de esta profecía apocalíptica aparece en el escenario internacional de comienzos del siglo XXI. Fanáticos armados con cuchillos secuestrando y estrellando aviones contra los símbolos del poder financiero y militar de la superpotencia; hombres encapuchados luchando con piedras contra tanques; bombas humanas volando trenes europeos.
Lo sustancial de esta nueva pesadilla de Occidente lo viene experimentando Israel hace más de medio siglo y esto convierte a este país en un espejo en el que el mundo puede descubrir lo que puede acarrearle el futuro. La muerte es un personaje cotidiano en Medio Oriente. Nadie sabe, cuando sale de su casa, si regresará sano y salvo.
Muchas de las medidas que Ariel Sharon ha tomado en los últimos tiempos han recibido críticas dentro y fuera de su país. La eliminación selectiva de los líderes de los grupos terroristas que perpetran atentados en Israel, la construcción de un muro divisorio para controlar la infiltración de terroristas, etcétera. El respaldo del presidente Bush al plan de Sharon para conservar asentamientos en Cisjordania y a la negación del derecho de retorno de refugiados palestinos ha convulsionado a los musulmanes y ha recrudecido la violencia en Irak. Pero todas estas medidas deben analizarse teniendo en cuenta el contexto en el que son tomadas y no introducirlas en esquemas ideales, simplistas e ingenuos de teoría política.
Parafraseando a Pascal, podemos afirmar que la política tiene razones que la razón del ciudadano ordinario no comprende. La consecución del bien común, como pregonaba Aristóteles, no puede constituir el fin de la política en un lugar como Israel y en poco tiempo quizás en el mundo. Optar por el mal menor es hoy la mejor de las alternativas que ofrece la disyuntiva política de Medio Oriente. Creer que muestras de buena voluntad o cesiones gratuitas de territorios traerán la paz es más que ingenuo. Una política de no violencia gandhiana puede dar buenos resultados con un gobierno como el inglés, pero de ninguna manera con el Hamas. Y quiero aclarar que no intento sostener que el diálogo entre palestinos e israelíes es estéril sino que el que pueda sostenerse con los líderes de los grupos terroristas tiene pocas chances de arribar a un buen puerto. Por una razón muy sencilla: el negocio del terrorismo es la violencia, no la paz.
La tolerancia excesiva frente al irracionalismo, tratando de estirar una aparente armonía, es muchas veces peligrosa. El avance descontrolado del nazismo por Europa se debió, en gran medida, a la pasividad y a la reacción tardía de Francia y de Inglaterra. Hitler se hubiera replegado de haberse producido un acto reflejo de estos dos países. Estados Unidos podría haber continuado ensimismándose frente a la conflagración que se producía en el Viejo Continente. Pero optó por entrar en el juego, antes de que fuera demasiado tarde. El final de la guerra se selló con dos bombas que extinguieron la vida de 200.000 japoneses. Pero la decisión del presidente norteamericano respondió a la disyuntiva política que le ofrecían las circunstancias: más de un millón de soldados norteamericanos y japoneses muertos en la lucha por la conquista de la isla o menos de una quinta parte de ciudadanos japoneses. Optó por el mal menor. Un acuerdo de paz con los japoneses no era una hipótesis posible.
Algo similar ocurre con muchos grupos terroristas. Cualquier relación con ellos se rige por los principios lógicos de identidad, de contradicción y de tercero excluido. Los terroristas buscan el terror, no pueden buscar el terror y la paz simultáneamente y las alternativas frente a ellos se reducen a dos: responder o no responder a sus ataques. El diálogo racional no es una variante viable.
Los intelectuales de Occidente son muy propensos a justificar, de manera indirecta, la violencia terrorista buscando sus causas en la presencia o en la ausencia del imperio norteamericano en el Tercer Mundo. Y de aquí surgen dos posiciones -que muchas veces se entremezclan en contradictorias postulaciones-: los Estados Unidos deben ser un Hiperestado benefactor o abstenerse de intervenir en cualquier otro país. Pero es naïf pensar que cualquiera de estas dos alternativas, ante una improbable concreción, desterraría al terrorismo. Los grupos terroristas no quieren incorporarse a las cadenas de prosperidad del Primer Mundo, quieren destruir esa prosperidad, eliminar el orden establecido. Los intelectuales y pacifistas cometen el mismo error que plasmaba Bertold Brecht refiriéndose al nazismo: "Primero vinieron por los judíos, como yo no era judío no me preocupé... Ahora vienen por mí, pero es demasiado tarde". (c) LA GACETA
Lo sustancial de esta nueva pesadilla de Occidente lo viene experimentando Israel hace más de medio siglo y esto convierte a este país en un espejo en el que el mundo puede descubrir lo que puede acarrearle el futuro. La muerte es un personaje cotidiano en Medio Oriente. Nadie sabe, cuando sale de su casa, si regresará sano y salvo.
Muchas de las medidas que Ariel Sharon ha tomado en los últimos tiempos han recibido críticas dentro y fuera de su país. La eliminación selectiva de los líderes de los grupos terroristas que perpetran atentados en Israel, la construcción de un muro divisorio para controlar la infiltración de terroristas, etcétera. El respaldo del presidente Bush al plan de Sharon para conservar asentamientos en Cisjordania y a la negación del derecho de retorno de refugiados palestinos ha convulsionado a los musulmanes y ha recrudecido la violencia en Irak. Pero todas estas medidas deben analizarse teniendo en cuenta el contexto en el que son tomadas y no introducirlas en esquemas ideales, simplistas e ingenuos de teoría política.
Parafraseando a Pascal, podemos afirmar que la política tiene razones que la razón del ciudadano ordinario no comprende. La consecución del bien común, como pregonaba Aristóteles, no puede constituir el fin de la política en un lugar como Israel y en poco tiempo quizás en el mundo. Optar por el mal menor es hoy la mejor de las alternativas que ofrece la disyuntiva política de Medio Oriente. Creer que muestras de buena voluntad o cesiones gratuitas de territorios traerán la paz es más que ingenuo. Una política de no violencia gandhiana puede dar buenos resultados con un gobierno como el inglés, pero de ninguna manera con el Hamas. Y quiero aclarar que no intento sostener que el diálogo entre palestinos e israelíes es estéril sino que el que pueda sostenerse con los líderes de los grupos terroristas tiene pocas chances de arribar a un buen puerto. Por una razón muy sencilla: el negocio del terrorismo es la violencia, no la paz.
La tolerancia excesiva frente al irracionalismo, tratando de estirar una aparente armonía, es muchas veces peligrosa. El avance descontrolado del nazismo por Europa se debió, en gran medida, a la pasividad y a la reacción tardía de Francia y de Inglaterra. Hitler se hubiera replegado de haberse producido un acto reflejo de estos dos países. Estados Unidos podría haber continuado ensimismándose frente a la conflagración que se producía en el Viejo Continente. Pero optó por entrar en el juego, antes de que fuera demasiado tarde. El final de la guerra se selló con dos bombas que extinguieron la vida de 200.000 japoneses. Pero la decisión del presidente norteamericano respondió a la disyuntiva política que le ofrecían las circunstancias: más de un millón de soldados norteamericanos y japoneses muertos en la lucha por la conquista de la isla o menos de una quinta parte de ciudadanos japoneses. Optó por el mal menor. Un acuerdo de paz con los japoneses no era una hipótesis posible.
Algo similar ocurre con muchos grupos terroristas. Cualquier relación con ellos se rige por los principios lógicos de identidad, de contradicción y de tercero excluido. Los terroristas buscan el terror, no pueden buscar el terror y la paz simultáneamente y las alternativas frente a ellos se reducen a dos: responder o no responder a sus ataques. El diálogo racional no es una variante viable.
Los intelectuales de Occidente son muy propensos a justificar, de manera indirecta, la violencia terrorista buscando sus causas en la presencia o en la ausencia del imperio norteamericano en el Tercer Mundo. Y de aquí surgen dos posiciones -que muchas veces se entremezclan en contradictorias postulaciones-: los Estados Unidos deben ser un Hiperestado benefactor o abstenerse de intervenir en cualquier otro país. Pero es naïf pensar que cualquiera de estas dos alternativas, ante una improbable concreción, desterraría al terrorismo. Los grupos terroristas no quieren incorporarse a las cadenas de prosperidad del Primer Mundo, quieren destruir esa prosperidad, eliminar el orden establecido. Los intelectuales y pacifistas cometen el mismo error que plasmaba Bertold Brecht refiriéndose al nazismo: "Primero vinieron por los judíos, como yo no era judío no me preocupé... Ahora vienen por mí, pero es demasiado tarde". (c) LA GACETA







