En la jungla de la gran ciudad

Por Oscar Caeiro

09 Mayo 2004
La crónica policial, o acaso los programas de televisión que buscan obsesivamente en las zonas más sórdidas de la realidad, han dado expresión a una forma de prostitución homosexual tipificada con las palabras taxi boy. Es el asunto que trata Claudio Zeiger en esta novela, concebida sobre todo desde la perspectiva de dos personajes: Andrés, cuyo nombre es susceptible de cambios (como Gabriel, o el arcángel Gabriel, o Adrián), quien acaba siendo el protagonista, y Pablo, la personalidad fuerte que ha actuado como iniciador, que por un tiempo desaparece de la escena e irrumpe hacia el fin para el desenlace.
El relato, identificado con el personaje principal hasta en el empleo abundante de la jerga de los locales nocturnos y de la germanía propia de la más sórdida explotación del ser humano, da lugar de tanto en tanto a cierta visión más general tras la que se entrevé al narrador. La historia arranca con la razón de los hogares de Andrés y Pablo, hogares en los que no hay padre -en un caso porque se fue, en el otro porque murió- y en los que la relación con la madre -a la que se ve, si no como culpable, como figura fatídica- es decididamente conflictiva. En todo caso se motiva así la salida a la jungla de la gran ciudad, a la que los personajes se entregan con creciente inconsciencia en la que influyen la corrupción organizada, los estimulantes, las drogas y anómalas prácticas sexuales que se reiteran con regularidad... Por ahí se anuncian fugazmente, como motivos trágicos, el cáncer y el sida; pero lo que en definitiva se impone es el relajamiento creciente de los personajes que no pueden abandonar las trampas en que han caído.
La narración de Zeiger tiene méritos indudables al representar el ambiente. No logra, sin embargo, concretar a los personajes. Las dos figuras maternas presentadas al comienzo se desdibujan poco a poco y se transforman en recursos, por ejemplo para alcanzar el desenlace. La relación entre Andrés y Pablo, contradictoria inicialmente porque no se sabe cuál es el personaje que predomina, se vuelve todavía más insostenible al final porque han cambiado los rasgos que definen al protagonista y al guía.
No poco desconcierta que en los últimos párrafos de esta historia de degradación se proclame la inocencia del protagonista: "El es inocente...", "Siempre fue inocente". Tal vez se relaciona esto con la prédica que en los tramos iniciales del relato se ha puesto en boca de Pablo respecto a "este país de...", país merecedor de los peores calificativos. ¿No nos hemos curado los argentinos de la enfermedad que, al decir de Mariano José de Larra, ya padecían los españoles allá por 1833, pues cada uno se engaña con la "ilusión de no creerse cómplice" ni siquiera de la maldad de las más íntimas acciones realizadas? Nos sobra inocencia y nos falta culpabilidad, tal como le ocurre al protagonista de esta novela, que se vuelve así representativo de algo general. (c) LA GACETA

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