El cantor de tango

Por Carmen Perilli, para LA GACETA TUCUMAN

09 Mayo 2004
Cuando un lector "se sube" a un texto aprende a escuchar sus ritmos y a aceptar los riesgos de la travesía. Las novelas de Tomás Eloy Martínez son una invitación a la aventura de la literatura. Sin embargo, hay que reconocer, como dice el autor en su "Ars poética", que "Cada relato crea, como se sabe, su universo de relaciones, sus crepúsculos, sus lluvias, sus primaveras, su propia red de amores y de traiciones". Cada libro del escritor tucumano representa un salto al vacío, que da vuelta cualquier expectativa previa.
El cantor de tango (1), de enigmático título, es una novela de búsquedas. No sólo encierra la búsqueda de Bruno Cadogan, un singular norteamericano, sino también la de Julio Martel, "el cantor", y conjura la de todos los que habitamos la obra, incluidos el autor y los lectores. La fábula, situada a fines de 2001, comienza cuando un crítico literario llega a Buenos Aires con la obsesión de encontrar al mítico intérprete de tangos primitivos. La pesquisa se mueve en varios planos: la persecución del cantor y el encuentro con la ciudad real, que es una y muchas ciudades, las de la historia y las de la literatura. Un lugar de memoria que encierra las siluetas de su pasado pero que, al mismo tiempo, se niega, convirtiéndose en otras. "Sólo una ciudad que ha renegado tanto de la belleza puede tener, ante la adversidad, una belleza tan sobrecogedora".
La literatura de Jorge Luis Borges actúa como un cuaderno de bitácora, entrega algunas de las claves para recorrer la metrópoli. Bruno Cadogan alquila un cuarto en la casa donde Carlos Argentino Daneri encontró el Aleph, encerrado en el sótano de un oscuro y envidiado bibliotecario que escribe una Enciclopedia Patria. Si el punto de encuentro de todos los espacios y los tiempos -que acabará entre ruinas- está sepultado en ese rincón, el trovador, siempre huidizo, en su extraño periplo de recitales por la ciudad, construye un laberinto de esquinas, un mandala de misteriosa figura. A Martel "No le importaba entonces, repetir los dibujos de la historia, porque la historia no se mueve, no habla, todo lo que hay en ella ya está dicho. Quería más bien recuperar una ciudad del pasado que sólo él conocía e irla transfigurando en el presente de la ciudad que se llevaría consigo cuando se muriera".
Como en el juego de las cajas chinas, la narración se abre en múltiples narraciones en las que los límites entre fábula histórica y fábula literaria se borronean. La escritura dibuja con minuciosidad la geografía, cartografía cada dintel, se detiene en los detalles, recurre a la historia y a la ficción.
Buenos Aires se convierte en suma de realidades y sueños. Cada una de sus calles revienta en silencios y gritos. El palacio de las aguas de la calle Córdoba puede transformarse en un sitio lunar y encerrar la siniestra historia de la muerte de Felicitas Alcántara. El Matadero recuerda las imágenes de Echeverría al mismo tiempo que a los desaparecidos de la dictadura militar. Las historias del Parque Chas evocan los cadáveres de Eva Perón y Aramburu. El Río de la Plata puede ser el "río de sueñera y de barro" del poema de Borges pero también un cementerio. En todos estos alucinantes relatos hay un elemento común, el asesinato sin castigo. El mapa del cantor "No dibujaba una figura alquímica ni ocultaba el nombre de Dios o repetía las cifras de la Cábala, sino que seguía, al azar, el itinerario de los crímenes impunes que se habían cometido en la ciudad de Buenos Aires".
El tango, la canción de la ciudad, es conjuro contra la crueldad y la injusticia, donde se reponen los nombres borrados. Una canción de dolor, un lamento elegíaco de homenaje -"sobre aquella música caía no un solo pasado sino todos los que la ciudad había conocido desde los tiempos más remotos, cuando era sólo un pajonal inútil"-.
La memoria lleva a los fantasmas fundacionales y a los tonos de una patria devastada. El presente, a las explosiones populares de 2001. En uno de los tiempos de Buenos Aires están Borges y Estela Canto; en otro, los despojados de Fuerte Apache. Todos los tiempos siguen vivos porque están incumplidos. La consigna del autor es contar toda la vida y la muerte y la pasión que hay en la historia argentina, con un lenguaje que canibaliza todo tipo de géneros: literatura, cine, periodismo, folletín, canción, leyenda. El cantor de tango es, entre otras cosas, una reflexión sobre "el sueño argentino" pero, por sobre todo, exhibe la magia de la literatura al erigir un aleph de papel en el que confluyen las ficciones. También, un homenaje a Buenos Aires, al tango y a Jorge Luis Borges.
Walter Benjamin se lamenta de que "Cada mañana se nos informa sobre las novedades de toda la tierra. Y sin embargo somos notablemente pobres en historias extraordinarias". Tomás Eloy Martínez nos recuerda que el narrador vive y está lleno de fábulas maravillosas. Sólo resta abrir el libro y dejarlas vivir. (c) LA GACETA

1) Planeta, Buenos Aires, 2004

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