02 Mayo 2004 Seguir en 

¿Sería sensato, fecundo, afirmar que ciertos movimientos merecen el olvido? A primera vista asoma disparatado, pero conforme nos tomamos algún tiempo para analizar hacia dónde va el mundo, cuáles son los últimos aullidos de la moda, admitimos que sí, que el ideario de aquello que genéricamente hoy se da en llamar "progreso" no sólo ve con buenos ojos sino que reclama caricaturizar e incluso negar la existencia de corrientes que supieron gozar de la cresta de la ola. Lo interesante del asunto es que esta premisa, expresada con singular cinismo, suele propiciar lazos acaso involuntarios, pero férreos, palmarios, entre reaccionarios de todo pelaje y tribus diversas de almabellas y bienpensantes.
Víctima propiciatoria de tal curioso maridaje es, justamente, la generación beat, que a seis décadas de su surgimiento es hoy poco menos que ignorada, o reducida a pintoresquismo remoto, cuando no sometida a un glosario de etiquetas tanto o más virulentas que las recibidas en tiempos en los que lo beat incomodaba a diestra y siniestra: rebeldes, transgresores, revulsivos, perversos, promiscuos, obscenos, bizarros, ingenuos, bobalicones, utópicos, suicidas, antisociales, imbéciles, indeseables, y siguen firmas.
En realidad, establecer con justeza qué fue la generación beat, qué propuso y hasta dónde prosperó no ha dejado de ser una tarea ardua, de resultado incierto, y es quizás por esa aparente desventaja que la recopilación de Miguel Grinberg, genuino beat criollo, repone una pertinencia. Ensayos, poemas, entrevistas y epistolarios contribuyen a desandar cómo los beat se concebían a sí mismos. Nacidos como un grupo de poetas gestores de, por decirlo así, contracultura, con Jack Kerouac, Allen Ginsberg, Neal Cassady y William S. Borroughs a la cabeza, rechazaban con idéntico fastidio que se los vinculara a la marginalidad belicosa y a las izquierdas más enfáticas (de hecho, en Cartas a la Generación Beat, el propio Grinberg desafía a "que se desquiten con los delincuentes juveniles o los bolches desorbitados") para reclamar, cómo no, rango de movimiento filosófico (dice John Clellon Holmes: "ser existencial, más en el sentido de Kierkegaard que en el de Jean Paul Sartre") o incluso religioso. La célebre sentencia de Kerouac así lo certifica: "busco a Dios, quiero que Dios me muestre su rostro".
Pero si de rostros hablamos, conviven en los beat tantos rostros como cultores fueron, y en cada uno de ellos, diversidad entre diversidades. Beat days, entonces, invita a ejercitarse en la materia y se revela como un texto antológico, apto para baqueanos, legos, iniciados y, por qué no, para curiosos. ¿O no es la curiosidad un excelente antídoto de la pereza intelectual y de la ignorancia festiva?(c) LA GACETA
Víctima propiciatoria de tal curioso maridaje es, justamente, la generación beat, que a seis décadas de su surgimiento es hoy poco menos que ignorada, o reducida a pintoresquismo remoto, cuando no sometida a un glosario de etiquetas tanto o más virulentas que las recibidas en tiempos en los que lo beat incomodaba a diestra y siniestra: rebeldes, transgresores, revulsivos, perversos, promiscuos, obscenos, bizarros, ingenuos, bobalicones, utópicos, suicidas, antisociales, imbéciles, indeseables, y siguen firmas.
En realidad, establecer con justeza qué fue la generación beat, qué propuso y hasta dónde prosperó no ha dejado de ser una tarea ardua, de resultado incierto, y es quizás por esa aparente desventaja que la recopilación de Miguel Grinberg, genuino beat criollo, repone una pertinencia. Ensayos, poemas, entrevistas y epistolarios contribuyen a desandar cómo los beat se concebían a sí mismos. Nacidos como un grupo de poetas gestores de, por decirlo así, contracultura, con Jack Kerouac, Allen Ginsberg, Neal Cassady y William S. Borroughs a la cabeza, rechazaban con idéntico fastidio que se los vinculara a la marginalidad belicosa y a las izquierdas más enfáticas (de hecho, en Cartas a la Generación Beat, el propio Grinberg desafía a "que se desquiten con los delincuentes juveniles o los bolches desorbitados") para reclamar, cómo no, rango de movimiento filosófico (dice John Clellon Holmes: "ser existencial, más en el sentido de Kierkegaard que en el de Jean Paul Sartre") o incluso religioso. La célebre sentencia de Kerouac así lo certifica: "busco a Dios, quiero que Dios me muestre su rostro".
Pero si de rostros hablamos, conviven en los beat tantos rostros como cultores fueron, y en cada uno de ellos, diversidad entre diversidades. Beat days, entonces, invita a ejercitarse en la materia y se revela como un texto antológico, apto para baqueanos, legos, iniciados y, por qué no, para curiosos. ¿O no es la curiosidad un excelente antídoto de la pereza intelectual y de la ignorancia festiva?(c) LA GACETA







