18 Abril 2004 Seguir en 

No hace mucho, en una librería de viejos de Madrid, compré un ejemplar del libro de poemas de Julio Cortázar, Pameos y Meopas, publicado en Ocnos, la prestigiosa y ya desaparecida colección española de poesía contemporánea. La edición es de 1971 y lleva un sugestivo prólogo del autor que no figura en Sólo el crepúsculo, título más bien anodino de su obra poética completa.La fecha en que aparecieron aquellos poemas explica el tono contestatario del prólogo donde el escritor expresa su adhesión a la revuelta estudiantil del Mayo francés del 68; su apoyo incondicional a la revolución cubana y su confianza en la inminente quiebra de los valores intelectuales de la burguesía para dar nacimiento "a una nueva forma de lo estético y lo lúdico, fuera de los moldes tradicionales de los géneros literarios".
En el mismo prólogo, Cortázar atribuye al "cronopio" Gianni Toti la indiscreción de haber revelado su faceta casi ignorada de poeta cuando en La Habana, durante una reunión de intelectuales, afirmó, de manera contundente, que a él le gustaban más sus poemas que su obra en prosa, y que tenía pensado traducirlos al italiano. "Como esto sucedía en el primer territorio libre de América -comenta Cortázar- consideré que no podía negarle a Toti el derecho a manifestar su opinión, aunque la cara de algunos amigos allí presentes tendía a dar una impresión de pataleta".
En otro momento del prólogo, a manera de autocrítica, el escritor confiesa haber perdido con los años el respeto a priori por la poesía y los poetas, herencia de un humanismo burgués cuyo derrumbe sería irreversible. "Los poetas -dice- no son ya solamente esos que enumeran los profesionales de la crítica: la poesía está cada vez más en la calle, en ciertas formas de acción renovadoras, en el hallazgo anónimo sin pretensión de las canciones populares y en los graffiti". Pese a sus predicciones, Cortázar no reniega de la antigua preceptiva poética, sobre todo en sus sonetos, que por su temática culta y virtuosismo formal perpetúan los valores estéticos de ese humanismo burgués destinado supuestamente a desaparecer. "Mis poemas -escribe hacia el final del prólogo- no son como esos hijos adulterinos que se reconoce in articulo mortis.
Excesivamente personales, herbario para los días de lluvia, se me fueron quedando en los bolsillos del tiempo sin que por eso los olvidara o los creyera menos míos que las novelas o los cuentos".
Bien pudo Cortázar añadir a sus pertenencias literarias la excelente traducción de Memorias de Adriano, publicada a mediados de los años cincuenta. La famosa novela de Marguerite Yourcenar debió impresionarlo vivamente, a juzgar por el soneto De Adriano a Antinoo, escrito en primera persona, donde el emperador romano evoca a su favorito.
La indeleble formación humanística de Cortázar lo lleva también a incursionar en el problema central de toda metafísica: el tiempo. Y lo hace a través de Anacreonte, un límpido y apasionado soneto con reminiscencias de Quevedo y de Banchs. Me permito transcribirlo aquí, con la intención de que algunas de sus estrofas perduren en la memoria de los lectores. Porque, como decía José Pedroni, la gloria de un poeta no es más que un verso recordado.
En el mismo prólogo, Cortázar atribuye al "cronopio" Gianni Toti la indiscreción de haber revelado su faceta casi ignorada de poeta cuando en La Habana, durante una reunión de intelectuales, afirmó, de manera contundente, que a él le gustaban más sus poemas que su obra en prosa, y que tenía pensado traducirlos al italiano. "Como esto sucedía en el primer territorio libre de América -comenta Cortázar- consideré que no podía negarle a Toti el derecho a manifestar su opinión, aunque la cara de algunos amigos allí presentes tendía a dar una impresión de pataleta".
En otro momento del prólogo, a manera de autocrítica, el escritor confiesa haber perdido con los años el respeto a priori por la poesía y los poetas, herencia de un humanismo burgués cuyo derrumbe sería irreversible. "Los poetas -dice- no son ya solamente esos que enumeran los profesionales de la crítica: la poesía está cada vez más en la calle, en ciertas formas de acción renovadoras, en el hallazgo anónimo sin pretensión de las canciones populares y en los graffiti". Pese a sus predicciones, Cortázar no reniega de la antigua preceptiva poética, sobre todo en sus sonetos, que por su temática culta y virtuosismo formal perpetúan los valores estéticos de ese humanismo burgués destinado supuestamente a desaparecer. "Mis poemas -escribe hacia el final del prólogo- no son como esos hijos adulterinos que se reconoce in articulo mortis.
Excesivamente personales, herbario para los días de lluvia, se me fueron quedando en los bolsillos del tiempo sin que por eso los olvidara o los creyera menos míos que las novelas o los cuentos".
Bien pudo Cortázar añadir a sus pertenencias literarias la excelente traducción de Memorias de Adriano, publicada a mediados de los años cincuenta. La famosa novela de Marguerite Yourcenar debió impresionarlo vivamente, a juzgar por el soneto De Adriano a Antinoo, escrito en primera persona, donde el emperador romano evoca a su favorito.
La indeleble formación humanística de Cortázar lo lleva también a incursionar en el problema central de toda metafísica: el tiempo. Y lo hace a través de Anacreonte, un límpido y apasionado soneto con reminiscencias de Quevedo y de Banchs. Me permito transcribirlo aquí, con la intención de que algunas de sus estrofas perduren en la memoria de los lectores. Porque, como decía José Pedroni, la gloria de un poeta no es más que un verso recordado.
ANACREONTE
Eternamente joven y distante
corazón mío, estrella desasida,
casi sin ti se va de mí la vida
con su gesto y su túnica danzante.
De pie en el albo templo, coribante,
ebrio de soledad y despedida,
me alcanzas esta hiedra entretejida
con la sutil divisa del instante.
Vana corona, vana permanencia
en tanto amor que es ya el amor postrero
y el sabor de la sal bajo las rosas;
delante vas, figura de tu ausencia,
oh corazón, halcón sin halconero,
y en el mañana y el ayer te posas.







