Los atentados de Madrid y el lenguaje

Para LA GACETA - TUCUMAN

11 Abril 2004
I- Todo era silencio. Un pueblo íntegro calló, una ciudad ruidosa por naturaleza apenas susurraba frases de compromiso para comenzar a organizar el horror. Hubo dos días ausentes de palabras en los que la gente hacía como que hacía cosas para perderse en ese hacer y poder callar, para evitar las lágrimas.
Los comentarios que se escuchaban de los cronistas de televisión, de los entrevistados, y el que nos llegaba de los amigos españoles decía: "nunca se había vivido tanto silencio en España". Nos quedamos sin palabras, decían. El acontecimiento brutal que sacudió a Madrid un 11 de marzo tuvo tal magnitud que no pudo, hasta transcurrido un cierto tiempo, ser puesto en palabras por los que lo sintieron de cerca.
El "sin palabras" que repetían los protagonistas trasuntaba algo del orden de los sentimientos más que del lenguaje, en este caso angustia, espanto; eran casi interjecciones para designar esa experiencia sorpresiva, fuerte, que no puede ser nombrada. Es notable que esta misma sensación -no poder acomodar en el lenguaje ordinario algo vivido- se produce ante la visión deslumbrante de algunos fenómenos de la naturaleza.
Esta vivencia de lo inapresable para los conceptos, este otro 11, me hizo pensar sobre algo que -por ser tan obvio- pocas veces se somete a reflexión: la dificultad de traer al lenguaje sucesos de la realidad desnuda; acontecimientos que por inesperados y por el alcance de su acción se resisten a mostrar un sentido, a ser puestos en palabras conocidas a fin de integrarlos en la red del habla e, incluso, si no justificarlos, al menos poder designarlos de alguna manera.
La filosofía, como es natural, ha pensado largamente sobre el poder de la palabra, de lo narrado, del relato, para configurar un hecho de la realidad. Precisemos, el lenguaje no crea ninguna realidad exterior, sólo le da su forma y con ella, su sentido. La explosión vivida en la ciudad fue comprendida y valorada en su verdadera dimensión cuando se la pudo nombrar -y por tanto darle un perfil y un peso específico- con aquella palabra fatal: atentado.

II- El relato está presente desde el inicio de la vida en tanto el hombre es temporalidad. El lenguaje es sucesivo. La canción de cuna, los cuentos de hadas y de monstruos van dotando de sentido al mundo de los pequeños. Allí se habla de lo bueno y lo malo, de lo justo y lo injusto, de lo bello y lo feo. Esa misma función cumplió el mito en el inicio de las civilizaciones. Es el lenguaje, cuando cuenta lo que sucede alrededor, el que construye los sentidos del mundo y de la vida social, aunque ese sentido sea el terror.
Según parece, entonces, los hechos, incluso este descarnado y sangriento que acaba de vivir el mundo en Madrid, cobran sentido en el universo de lo humano en tanto ingresan en la dimensión del lenguaje. Antes del lenguaje no es posible pensar, aunque sí tal vez morir, porque la muerte es un puro silencio para el hombre; por eso, para hacerla soportable, se cuentan tantas historias sobre ella. Si bien la realidad está allí y golpea, es al contarla que ese acontecer llega de uno a otro sujeto, se precisa o se ficcionaliza, se magnifica o se empequeñece; en cualquier caso alcanza sentidos y valores, puede ser registrado, transmitido y recién entonces adquiere dimensión social.
Se escuchaba a los testigos balbucear palabras entrecortadas, sin mucha ilación, y luego, de nuevo, lo repetido "no tengo palabras". El silencio reinaba no sólo en el ambiente, también en los corazones. Pero el hombre es palabra, la cultura es lenguaje, el sentido de la existencia y el mundo como horizonte de significaciones son una construcción humana que reposa sobre el lenguaje. Hay relatos que narran los hechos sucedidos con tal fuerza que sirven para modelar las experiencias del mundo real. El terrorismo es una realidad intimidatoria para los que no lo vivimos en carne propia, a partir de lo que se nos cuenta de él.
La tradición cultural de un pueblo se nutre de estas historias que han contado sus antepasados; ¿o no son relatos los que nos llegan de la conquista, de la Revolución de Mayo o del cruce de los Andes? Fueron hechos, pero de ellos, de la manera como sucedieron efectivamente, sólo tenemos historias más o menos ciertas; sin certezas, sin testigos, nunca sabremos; sin embargo, a pesar de todo, a veces renegamos y otras estamos orgullosos de ellas. En algún momento los relatos también deben explicar o, como en este caso, facilitar la comprensión del dolor injustificado.

III- Pero hay algo más a lo que nos lleva esta historia que hoy contamos aquí. En aquel momento de miedo e incertidumbre, la fuerza del relato con el que se intentaba conjugar tanto dolor servía, al mismo tiempo, para definir conductas políticas. Quizás nunca pudo verse tan en blanco y negro en qué medida dependía de palabras y sólo de palabras -del relato que se aceptara como "verdadero"- un cambio del mapa político de Europa. Es decir, si el relato oficial que atribuyó la autoría del atentado a la ETA era aceptado como el más verosímil y lograba ser convincente, el futuro político de España tenía un rumbo; si por el contrario, encontraba más asidero en algunos indicios de la realidad -sólo indicios-, la historia que atribuía la responsabilidad de lo sucedido a Al Qaeda, la votación del día siguiente, en la que se elegía jefe de gobierno, daría resultados sorprendentes.
Como se sabe, efectivamente eso sucedió. Más que verdaderos y probados hechos que confirmaran una autoría u otra, fue un relato sobre un hecho -que necesitó un cierto tiempo para ser moldeado en la fragua del lenguaje- el que operó sobre las conductas sociales ante la elección de un gobierno. Lo que quiero destacar, entonces, es el inmenso valor de la narración en la vida de una sociedad, de un grupo familiar, de un individuo. Las historias, con los valores positivos o negativos que conllevan, diseñan una sociedad.
¿Qué hizo que pierda un candidato y gane otro aquella semana fatídica? Una interpretación política posible de acontecimientos recientes. De todas formas, aún no hay pruebas definitivas, pero ya no importa. Toda una corriente política entró en crisis ante un hecho, es verdad, pero un hecho que fue relatado de cierta manera, porque alguien dijo algo... pasaron muchas cosas. No restemos importancia a lo que se dice; siempre "se dice algo" de algo y la política, en su mejor sentido, es sólo un cuento, aunque el político crea que maneja hechos, puros hechos de la cruda realidad. (c) LA GACETA

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