Paseo por diversas épocas de nuestra historia

Por Federico Abel

11 Abril 2004
Cuando un columnista de la redacción de LA GACETA leyó el título del libro que se comenta y después lo hojeó, no dudó en concluir: "parece una interesante compilación de chismes nacionales". Su presunción no era equivocada. Ya en el prólogo la historiadora Ema Cibotti aclara que "los rumores y las versiones tienen historia y también la hacen". Por ello, en la primera parte de la obra, que tiene que ver con el período de la lucha por la independencia, se dedica con éxito a explicar cómo y por qué comenzaron a circular ciertas leyendas que, con el tiempo, asumieron la portentosa dimensión de verdades inconmovibles. Así, por ejemplo, con la ayuda de Manuel Belgrano como cronista de la época, la investigadora derriba el mito de que el virrey Rafael de Sobremonte fue el cobarde que en 1806 huyó no bien las tropas inglesas, al mando de Guillermo Beresford, desembarcaron en Quilmes, provincia de Buenos Aires. El propio creador de la bandera asevera que con su retirada, primero hacia Floresta y luego hasta Córdoba, Sobremonte buscaba reunir nuevas fuerzas y, en realidad, a quienes no les desagradaba para nada la idea de someterse a la dominación británica era a los miembros del Consulado de Comercio porteño (léase, los dueños del capital en aquel tiempo).
Cibotti también reivindica al olvidado -quizás por su conservadurismo- presidente del primer gobierno patrio, Cornelio Saavedra. Este, ya arruinado económicamente (vivía en el interior bonaerense), en 1829 concluyó su "Memoria". En ella se quejó de quienes "en el año 10" habían sido escépticos respecto de las posibilidades de la empresa emancipadora y luego habían "conseguido reportar el fruto de nuestras fatigas".
No hay alumno de la escuela primaria argentina que no haya oído o murmurado en voz baja que el general Belgrano tenía la voz aflautada y que era afeminado. ¿De dónde viene semejante canallada, consistente en estigmatizar a una persona por sus rasgos físicos, psicológicos o, bien, por sus elecciones sexuales? Al parecer el culpable de semejante inquina, luego perfeccionada por la pluma del general José María Paz, fue Manuel Dorrego. Este desconfiaba de la capacidad militar de Belgrano y usó aquella debilidad en el timbre de la voz para denostarlo, hecho por el que mereció la reprimenda del mismísimo general José de San Martín.
En cuanto a San Martín, Cibotti demuestra que no siempre fue visto como el padre de la patria. En efecto, en el siglo XIX las familias ricas de Buenos Aires solían considerarlo "un ordinario, un grosero", que "hablaba como gallego y que se casó con una Escalada (Remedios) para hacerse conocer", como solía contar la abuela materna de María Rosa Oliver, descendiente directa de los Escalada. Recién en 1933, el escritor Ricardo Rojas lo transformó en el santo de la espada, en el "moralista en acción". Luego, los militares lo esculpieron en el bronce definitivo al quitarle todos los rasgos humanistas, incluida su participación en la masonería -la autora, basándose en Alcibíades Lappas, afirma que entre la presidencia de Bartolomé Mitre en 1862 y la de Hipólito Yrigoyen en 1916 hubo nueve jefes de Estado masones- y sus simpatías hacia la Revolución Francesa.
Más allá de lo esquemáticas que son las generalizaciones caprichosas, suele decirse que, en el siglo XIX y en buena parte del XX, persistieron -pacífica o encarnizadamente, según las épocas- dos concepciones ideológicas en la historia argentina: una que postulaba una sociedad laica y económicamente liberal, empeñada en el progreso a partir de la educación popular, y la separación entre la Iglesia Católica y el Estado. La segunda ponía el acento en las tradiciones españolas heredadas por los criollos, en los liderazgos territoriales fuertes y en el madrinazgo de la Iglesia. Sin embargo, Cibotti rescata al catamarqueño fray Mamerto Esquiú, quien en 1853 rescató la importancia de la Constitución nacional como factor de cohesión moral y legal, más allá de que no compartía su carácter liberal.
En definitiva, por los numerosos aunque escuetos capítulos del libro pasean los principales personajes y episodios de la historia argentina, incluidas las primeras feministas, las maestras norteamericanas que trajo Domingo Faustino Sarmiento, el rigor de Julio A. Roca, las decepciones de Leandro N. Alem, el hermetismo de Yrigoyen, las pretensiones intelectuales de Arturo Frondizi, el efecto devastador de la última dictadura militar o el viejo fantasma de la corrupción. Sin embargo, sin dejar nunca de ser entretenida e interesante, la obra va perdiendo fuerza con el correr de las páginas por el solo afán de enhebrar -a veces sin ningún hilo como conductor- la mayor cantidad de hechos posibles, obsesión más propia del periodista que del historiador (de hecho, Cibotti participa en programas de radio y televisión dedicados a divulgar el pasado argentino). Entonces, ya no es posible separar los comentarios de tipo editorial de la autora de aquellos casos en los que, de verdad y con perspicacia, echa luz sobre rumores o leyendas arraigadas de forma inveterada en nuestra historia sin importar si se ajustan (o no) a lo que alguna vez sucedió. (c) LA GACETA

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