11 Abril 2004 Seguir en 

Aunque el protagonista de este libro es Mozart, el amado de Dios, la personalidad egocéntrica de su autor desborda desde el comienzo al punto de resultar, él mismo, un luminoso personaje. Por esta razón, la presentación del escritor se impone en primer término, antes de explorar su Mozart-Sollers misterioso y enigmático que, adelantamos, nos atrapó.
Philippe Joyaux (1936), fundador de la revista Tel quel en ediciones Seuil, adopta en 1957 el seudónimo Sollers, inspirado del latín, lengua en la cual este apellido significa todo en arte. La lectura de apuntes sobre su vida lo revela como el hombre que se esfuerza en tejer, no sin cierta dosis de capricho (fue denunciado como el "gran manipulador" del medio literario), las redes de las letras parisinas actuales. Efectivamente, a pesar de haber impulsado desde su revista la Nueva Novela, en 1964 rompe con este movimiento y abandona Tel quel para unirse finalmente a Gallimard. Señalemos que en torno de la publicación fundada por Sollers permanecen, sin embargo, personalidades tales como Barthes, Jackobson y Derrida, por nombrar sólo algunas. Junto con Julia Kristeva, su esposa, el escritor se adhiere al marxismo, luego al maoísmo. Siempre inmerso en la investigación literaria, funda la revista L?Infini. En la actualidad, está dedicado a temáticas transversales a la totalidad de su obra: la creación que trasciende la existencia humana, y esa es, justamente, la que domina el libro que hoy abordamos.
En efecto, Sollers, omnipresente, penetra subjetivamente en la vida de Amadeus (para el autor, su vida se funde con su música) y "borda" con arrogante elegancia, a lo largo de todo el libro, un análisis ambicioso y culto de esa suerte de esfera "vida-obra". Para llevar a cabo su exploración, se detiene en las óperas mozartianas que evocan, como un eco, episodios de la vida del compositor.
A partir de un análisis que se apoya en las mejores fuentes (Hocquard y Massin, a los que se suma correspondencia de Mozart), el autor cuenta con seguridad lo esencial sobre el genio y que resumimos desde la voz del crítico Dupêchez (Lire, noviembre 2001): "quemó su vida en un galope de infierno, compuso siempre y en todas partes, conquistó su independencia, corrió detrás de un dinero que se le escabullía, amando a su mujer y preconizando los placeres de los cinco sentidos hasta el punto de abolir la victoria de la muerte".
En cuanto a los recursos literarios de Sollers, estos se apoyan en la inserción de numerosos intertextos, en la búsqueda (y hallazgo) de paralelismos y en la formulación de arriesgadas afirmaciones. Para fundamentar lo que expresamos, transcribimos algunas citas del autor: "Mozart ha sido una de las personas que más ha oído entre todas las que oyen: ?ha sido?, es decir que lo es esencialmente, que, por lo tanto, todavía lo es". Hasta aquí Heidegger, que inmediatamente es retomado por Sollers, quien interpreta: "morir es algo distinto de haber sido. Haber sido, realmente, es ser".En cuanto a los paralelismos, el autor afirma: "Rimbaud y Mozart hablan de lo mismo" ("la misma lengua", dice el texto en francés); y de manera recurrente evoca cartas de Rimbaud, llamadas "del vidente", para llegar a arriesgar: "basta con tres minutos de Mozart para que (las cartas) se vuelvan transparentes".Para ilustrar las "temerarias afirmaciones" anunciadas, señalamos la ácida referencia a "Fidelio", de Beethoven, ópera que para Sollers es "la más aburrida del repertorio"; así como también sus alusiones a la falta de ductilidad de la lengua francesa en el ámbito de la música.
Como ya se ha insinuado, la lectura de este libro revela la presencia de un espíritu brillante, que no puede ignorar que poco se puede aportar a lo ya dicho en relación con un gigante musical absolutamente "disecado" por la literatura, por el cine, por los medios en general, como es Mozart. Quizás esa sea la razón por la cual esta obra destinada a un público iniciado deje al descubierto el uso de estrategias mediáticas, fácilmente criticables, cuyo objetivo visible es conquistar a un público masivo. Valgan como ejemplos la evocación de los talibanes cuando el autor bucea en la ópera "El rapto en el Serrallo", y también la estimulación del regodeo del lector (a la manera de un reality show), a través de la descripción de los rasgos vulgares de la personalidad de Mozart (escatología, hedonismo, desborde). Tal vez Sollers se proponga a partir de la acentuación de la dicotomía "autor sublime/hombre/vulgar", develar el misterio de Mozart. Sin embargo, creemos que un escritor puede "pelar" como a un fruto la vida de una persona. Lo que no puede es "pelar" su genio. La propuesta sería, entonces, escuchar al músico, puesto que su creación trasciende su tiempo. Perturbémonos. Desde las primeras melodías descubriremos "el amor en Mozart" que para él consiste en abolir el odio y en sacarle a la vida todas las felicidades posibles. Cada uno descubrirá (o no) su misterio.
Una última acotación. Por todo lo expresado, este libro movilizador suscita en el lector el deseo permanente de escuchar las obras que el autor cita; tal es su buen gusto para sugerir, en momentos culminantes del análisis, no sólo las obras sino los intérpretes adecuados que les corresponden. Se nos ocurre, por lo tanto, que hubiera sido de gran interés presentar la obra acompañada de una grabación musical que ilustrara al misterioso Mozart que sus páginas intentan descifrar. (c) LA GACETA
Philippe Joyaux (1936), fundador de la revista Tel quel en ediciones Seuil, adopta en 1957 el seudónimo Sollers, inspirado del latín, lengua en la cual este apellido significa todo en arte. La lectura de apuntes sobre su vida lo revela como el hombre que se esfuerza en tejer, no sin cierta dosis de capricho (fue denunciado como el "gran manipulador" del medio literario), las redes de las letras parisinas actuales. Efectivamente, a pesar de haber impulsado desde su revista la Nueva Novela, en 1964 rompe con este movimiento y abandona Tel quel para unirse finalmente a Gallimard. Señalemos que en torno de la publicación fundada por Sollers permanecen, sin embargo, personalidades tales como Barthes, Jackobson y Derrida, por nombrar sólo algunas. Junto con Julia Kristeva, su esposa, el escritor se adhiere al marxismo, luego al maoísmo. Siempre inmerso en la investigación literaria, funda la revista L?Infini. En la actualidad, está dedicado a temáticas transversales a la totalidad de su obra: la creación que trasciende la existencia humana, y esa es, justamente, la que domina el libro que hoy abordamos.
En efecto, Sollers, omnipresente, penetra subjetivamente en la vida de Amadeus (para el autor, su vida se funde con su música) y "borda" con arrogante elegancia, a lo largo de todo el libro, un análisis ambicioso y culto de esa suerte de esfera "vida-obra". Para llevar a cabo su exploración, se detiene en las óperas mozartianas que evocan, como un eco, episodios de la vida del compositor.
A partir de un análisis que se apoya en las mejores fuentes (Hocquard y Massin, a los que se suma correspondencia de Mozart), el autor cuenta con seguridad lo esencial sobre el genio y que resumimos desde la voz del crítico Dupêchez (Lire, noviembre 2001): "quemó su vida en un galope de infierno, compuso siempre y en todas partes, conquistó su independencia, corrió detrás de un dinero que se le escabullía, amando a su mujer y preconizando los placeres de los cinco sentidos hasta el punto de abolir la victoria de la muerte".
En cuanto a los recursos literarios de Sollers, estos se apoyan en la inserción de numerosos intertextos, en la búsqueda (y hallazgo) de paralelismos y en la formulación de arriesgadas afirmaciones. Para fundamentar lo que expresamos, transcribimos algunas citas del autor: "Mozart ha sido una de las personas que más ha oído entre todas las que oyen: ?ha sido?, es decir que lo es esencialmente, que, por lo tanto, todavía lo es". Hasta aquí Heidegger, que inmediatamente es retomado por Sollers, quien interpreta: "morir es algo distinto de haber sido. Haber sido, realmente, es ser".En cuanto a los paralelismos, el autor afirma: "Rimbaud y Mozart hablan de lo mismo" ("la misma lengua", dice el texto en francés); y de manera recurrente evoca cartas de Rimbaud, llamadas "del vidente", para llegar a arriesgar: "basta con tres minutos de Mozart para que (las cartas) se vuelvan transparentes".Para ilustrar las "temerarias afirmaciones" anunciadas, señalamos la ácida referencia a "Fidelio", de Beethoven, ópera que para Sollers es "la más aburrida del repertorio"; así como también sus alusiones a la falta de ductilidad de la lengua francesa en el ámbito de la música.
Como ya se ha insinuado, la lectura de este libro revela la presencia de un espíritu brillante, que no puede ignorar que poco se puede aportar a lo ya dicho en relación con un gigante musical absolutamente "disecado" por la literatura, por el cine, por los medios en general, como es Mozart. Quizás esa sea la razón por la cual esta obra destinada a un público iniciado deje al descubierto el uso de estrategias mediáticas, fácilmente criticables, cuyo objetivo visible es conquistar a un público masivo. Valgan como ejemplos la evocación de los talibanes cuando el autor bucea en la ópera "El rapto en el Serrallo", y también la estimulación del regodeo del lector (a la manera de un reality show), a través de la descripción de los rasgos vulgares de la personalidad de Mozart (escatología, hedonismo, desborde). Tal vez Sollers se proponga a partir de la acentuación de la dicotomía "autor sublime/hombre/vulgar", develar el misterio de Mozart. Sin embargo, creemos que un escritor puede "pelar" como a un fruto la vida de una persona. Lo que no puede es "pelar" su genio. La propuesta sería, entonces, escuchar al músico, puesto que su creación trasciende su tiempo. Perturbémonos. Desde las primeras melodías descubriremos "el amor en Mozart" que para él consiste en abolir el odio y en sacarle a la vida todas las felicidades posibles. Cada uno descubrirá (o no) su misterio.
Una última acotación. Por todo lo expresado, este libro movilizador suscita en el lector el deseo permanente de escuchar las obras que el autor cita; tal es su buen gusto para sugerir, en momentos culminantes del análisis, no sólo las obras sino los intérpretes adecuados que les corresponden. Se nos ocurre, por lo tanto, que hubiera sido de gran interés presentar la obra acompañada de una grabación musical que ilustrara al misterioso Mozart que sus páginas intentan descifrar. (c) LA GACETA







