11 Abril 2004 Seguir en 

"¿Quién mató a Daniel Pearl?", el último libro de Bernard-Henri Levy, un argelino de 55 años radicado en París desde su infancia, tiene el ritmo de una película francesa. El relato que bucea en el oscuro asesinato del periodista del "The Wall Street Journal", ocurrido el 31 de enero de 2002, está estructurado en cinco partes. Y las dos primeras están consagradas a presentar a los dos personajes centrales. Son Pearl y quien sería el ideólogo de su asesinato: Omar Sheij.
El inicio del libro es una descripción cruda, dolorosísima de la sanguinaria ejecución. Lo que le imprime al trabajo una fuerza inicial arrolladora, que será inmediatamente desacelerada en el capítulo siguiente. Y en el resto de la obra.
Levy trabaja las dos semblanzas casi con el rigor de una investigación periodística. Pero no siempre persigue la objetividad. Al menos no en la descripción de Pearl, a quien llama su amigo póstumo, y de quien hablará como tal. Las referencias a la víctima salvajemente ejecutada siempre estarán acompañadas de elogios de la talla de "maravilloso periodista" en adelante.
Omar, en cambio, está más acabadamente humanizado, con sus virtudes como aplicado estudiante de costosos colegios británicos y eximio ajedrecista. Con su condición de "hijo preferido" de Ben Laden.
El escritor apelará a todas sus herramientas de filósofo, novelista, ensayista e intelectual comprometido. Y, fundamentalmente, aplicará toda su capacidad de experto en rompecabezas. Tiene ante él miles de piezas sueltas y confusas. Infinidad de organizaciones terroristas, recicladas, redesignadas o diversificadas. Ni que hablar de quienes las integran, que a menudo poseen una decena de identidades.
Estas complicaciones se dimensionan mejor cuando se advierte que hicieron naufragar a los servicios de Inteligencia occidentales. Después del atentado del 11 de setiembre llegaron las circulares pidiendo el embargo de cuentas (páginas 264-265). Las transcripciones en inglés de los nombres árabes terminaban en solicitudes de congelamiento de los fondos de un tal Mohamed, que también puede ser Mohamad, o incluso Muhamar. Era igual a pedir que en Inglaterra hicieran lo propio con todos los Miller, y por las dudas, con los Miler y los Mailer.
La complejidad es consagrada en la afirmación de que el atentado a las Torres Gemelas y al Pentágono se autofinanció en la Bolsa (266-267). Días antes del ataque, Al Qaeda alquiló a bancos miles de acciones de American Airlines y de United Airlines, que vendió inmediatamente. Luego, estrelló aviones de esas aerolíneas contra el World Trade Center. Cuando hubo que devolver esas acciones a las entidades crediticias fueron recompradas al 50% del valor inicial. La otra mitad cubrió los costos.
En esa maraña, Levy consigue un libro de 380 páginas, ordenado y coherente. Y con un despliegue de recursos formidable. Va y viene de Estados Unidos a Afganistán y de Gran Bretaña a Pakistán con una asiduidad y una soltura envidiables. El texto no posee demasiado vuelo literario, lo que hace que en muchos tramos no sea precisamente ameno. Pero debe advertirse que la obra, originalmente escrita en francés, está traducida antes que al castellano, al español de la península. Un dato a tener en cuenta también para entender los giros coloquiales. La edición presenta, también, más errores tipográficos que el promedio.
El autor advierte que a Pearl lo mataron por su triple condición de judío, norteamericano y periodista. Pero baraja dos hipótesis de fondo que terminan por convertir este libro en un trabajo sólido. En 2003, escribe que una de las pistas que podría haber estado investigando el periodista era la del tráfico de información sobre la bomba atómica paquistaní (364). En enero pasado, se conoció que el padre de esa arma, el científico Abdul Qarín Jan (cuyo nombre también se traduce como Abdul Qader Khan), había comerciado esos secretos.
Este es también un libro con actualidad, de cara al pasado atentado de Al Qaeda en España. Advierte, por ejemplo, sobre el casete del 12 de noviembre de 2002 en el que Ben Laden hace un llamamiento para arremeter nuevamente no sólo contra Bush, sino también contra sus aliados europeos (259).
Conforme Levy profundiza sus visitas a Pakistán y a Afganistán, también se advierte que él ya no sólo escribe como el autor de un relato, sino también como judío. Aunque al final hace un reconocimiento explícito del Islam como una religión de paz, numerosos pasajes del trabajo pueden urticar susceptibilidades. Como las imprecaciones antisemitas de funcionarios pakistaníes (309-310). O la afirmación de que, en realidad, "el islamismo es un negocio", puesta en boca de un abogado liberal saudí (267). O la interpretación de un funcionario de la Universidad Islámica de Binori Town, quien sostiene que Cristo "no murió (...) Alá lo arrebató de su cruz y se lo llevó al Paraíso" (254).
Levy termina por mostrar otro mundo, en el cual el Corán promete 70 plazas en el paraíso para la familia del mártir terrorista; y en el que las organizaciones cumplen en sostener económicamente a los deudos de quien se inmoló en un atentado. Un mundo donde los secuestradores de aviones negocian la entrega de rehenes con instrucciones que reciben por radio desde los servicios de Inteligencia oficiales. Uno donde a Pearl lo degollaron dos veces, porque en la primera oportunidad falló la cámara que filmaba el horror.
Otro mundo, que no es este. Este donde el video de la ejecución se difundió por televisión abierta. (c) LA GACETA
El inicio del libro es una descripción cruda, dolorosísima de la sanguinaria ejecución. Lo que le imprime al trabajo una fuerza inicial arrolladora, que será inmediatamente desacelerada en el capítulo siguiente. Y en el resto de la obra.
Levy trabaja las dos semblanzas casi con el rigor de una investigación periodística. Pero no siempre persigue la objetividad. Al menos no en la descripción de Pearl, a quien llama su amigo póstumo, y de quien hablará como tal. Las referencias a la víctima salvajemente ejecutada siempre estarán acompañadas de elogios de la talla de "maravilloso periodista" en adelante.
Omar, en cambio, está más acabadamente humanizado, con sus virtudes como aplicado estudiante de costosos colegios británicos y eximio ajedrecista. Con su condición de "hijo preferido" de Ben Laden.
El escritor apelará a todas sus herramientas de filósofo, novelista, ensayista e intelectual comprometido. Y, fundamentalmente, aplicará toda su capacidad de experto en rompecabezas. Tiene ante él miles de piezas sueltas y confusas. Infinidad de organizaciones terroristas, recicladas, redesignadas o diversificadas. Ni que hablar de quienes las integran, que a menudo poseen una decena de identidades.
Estas complicaciones se dimensionan mejor cuando se advierte que hicieron naufragar a los servicios de Inteligencia occidentales. Después del atentado del 11 de setiembre llegaron las circulares pidiendo el embargo de cuentas (páginas 264-265). Las transcripciones en inglés de los nombres árabes terminaban en solicitudes de congelamiento de los fondos de un tal Mohamed, que también puede ser Mohamad, o incluso Muhamar. Era igual a pedir que en Inglaterra hicieran lo propio con todos los Miller, y por las dudas, con los Miler y los Mailer.
La complejidad es consagrada en la afirmación de que el atentado a las Torres Gemelas y al Pentágono se autofinanció en la Bolsa (266-267). Días antes del ataque, Al Qaeda alquiló a bancos miles de acciones de American Airlines y de United Airlines, que vendió inmediatamente. Luego, estrelló aviones de esas aerolíneas contra el World Trade Center. Cuando hubo que devolver esas acciones a las entidades crediticias fueron recompradas al 50% del valor inicial. La otra mitad cubrió los costos.
En esa maraña, Levy consigue un libro de 380 páginas, ordenado y coherente. Y con un despliegue de recursos formidable. Va y viene de Estados Unidos a Afganistán y de Gran Bretaña a Pakistán con una asiduidad y una soltura envidiables. El texto no posee demasiado vuelo literario, lo que hace que en muchos tramos no sea precisamente ameno. Pero debe advertirse que la obra, originalmente escrita en francés, está traducida antes que al castellano, al español de la península. Un dato a tener en cuenta también para entender los giros coloquiales. La edición presenta, también, más errores tipográficos que el promedio.
El autor advierte que a Pearl lo mataron por su triple condición de judío, norteamericano y periodista. Pero baraja dos hipótesis de fondo que terminan por convertir este libro en un trabajo sólido. En 2003, escribe que una de las pistas que podría haber estado investigando el periodista era la del tráfico de información sobre la bomba atómica paquistaní (364). En enero pasado, se conoció que el padre de esa arma, el científico Abdul Qarín Jan (cuyo nombre también se traduce como Abdul Qader Khan), había comerciado esos secretos.
Este es también un libro con actualidad, de cara al pasado atentado de Al Qaeda en España. Advierte, por ejemplo, sobre el casete del 12 de noviembre de 2002 en el que Ben Laden hace un llamamiento para arremeter nuevamente no sólo contra Bush, sino también contra sus aliados europeos (259).
Conforme Levy profundiza sus visitas a Pakistán y a Afganistán, también se advierte que él ya no sólo escribe como el autor de un relato, sino también como judío. Aunque al final hace un reconocimiento explícito del Islam como una religión de paz, numerosos pasajes del trabajo pueden urticar susceptibilidades. Como las imprecaciones antisemitas de funcionarios pakistaníes (309-310). O la afirmación de que, en realidad, "el islamismo es un negocio", puesta en boca de un abogado liberal saudí (267). O la interpretación de un funcionario de la Universidad Islámica de Binori Town, quien sostiene que Cristo "no murió (...) Alá lo arrebató de su cruz y se lo llevó al Paraíso" (254).
Levy termina por mostrar otro mundo, en el cual el Corán promete 70 plazas en el paraíso para la familia del mártir terrorista; y en el que las organizaciones cumplen en sostener económicamente a los deudos de quien se inmoló en un atentado. Un mundo donde los secuestradores de aviones negocian la entrega de rehenes con instrucciones que reciben por radio desde los servicios de Inteligencia oficiales. Uno donde a Pearl lo degollaron dos veces, porque en la primera oportunidad falló la cámara que filmaba el horror.
Otro mundo, que no es este. Este donde el video de la ejecución se difundió por televisión abierta. (c) LA GACETA







