De los clanes a los imperios

Para LA GACETA - TUCUMAN

11 Abril 2004
El título de este artículo está tomado de un libro que leí hace mucho tiempo y recuerdo poco; pero siempre pensé que era muy adecuado para referirse a la evolución de las sociedades humanas. En los primeros asentamientos, un río caudaloso, una alta montaña o la selva determinaban el límite de su mundo. Pero algunos cruzaron el río, subieron a la montaña o entraron en la selva y entonces descubrieron a los otros. El hombre siempre quiso ir más allá y los encuentros y los choques se multiplicaron, al tiempo que el espacio seguía extendiéndose. De esta manera se organizaron los imperios.La historia registra la existencia de varios imperios, pero ninguno resistió el paso del tiempo, ni tampoco llegó a ocupar todo el espacio de la Tierra. A pesar de los esfuerzos de los viajeros, de los exploradores, los comerciantes, los invasores, las migraciones de los pueblos y las guerras, siempre quedaban tierras ignotas, lugares desconocidos. Ahora, debido al tremendo avance tecnológico en cuanto a las comunicaciones, es difícil concebir grupos humanos totalmente aislados e inaccesibles. Pero también sabemos otras cosas que ignoraban los emperadores antiguos, por ejemplo que nuestra Tierra no es el centro del mundo, sino un planeta que gira alrededor del Sol y que el Sistema Solar ocupa un lugar periférico en una galaxia, entre los muchos millones de galaxias que forman parte de un Universo en expansión.
Pero como el hombre siempre quiere ir más allá, ya ha comenzado la conquista del espacio. Un hombre ha pisado la Luna y las fotografías del terreno marciano muestran la posibilidad de la existencia de agua en ese planeta. También se habla de la construcción de una base en la Luna, como una escala para el viaje a Marte. Todo eso es futuro, pero en el presente la única casa que tenemos los hombres es la Tierra; entonces, hay que cuidarla. Quizás Malthus tenía razón y también habrá que escuchar más las voces de los ecologistas. El smog de las ciudades, la contaminación de las aguas, la extinción de especies animales y vegetales, el problema de los desechos industriales, el agotamiento de tierras cultivables, las consecuencias del recalentamiento de la Tierra, etcétera, son algunos de los problemas a considerar. Por otra parte, las reservas de petróleo pueden terminarse y, lo que es más grave, también pueden escasear las del agua potable.
Teilhard de Chardin hablaba de una "conciencia planetaria". Los descubrimientos científicos, la facilidad de las comunicaciones, la obra de los pensadores y la de los divulgadores crearían una red de pensamientos que rodearía la Tierra como una especie de atmósfera, que llamó "noosfera". Sería un nuevo paso de una evolución que, comenzando con la materia inerte, llegó a la vida y luego a la conciencia. Cercano en el tiempo, Toynbee opinaba, teniendo en cuenta el poder que habían alcanzado las armas, que quizás había llegado el momento en que los insectos, después de una espera de millones de años, llegarían a dominar la Tierra. Era el tiempo de la "guerra fría". Después del colapso de la Unión Soviética, quedaron solos los Estados Unidos; ahora se sospecha que su próximo rival será China.
Sin embargo, imperio y globalización no son necesariamente lo mismo. La idea de imperio implica la concentración del poder en un solo individuo, el emperador, o, al menos, en un grupo que excluye a los demás. Tal situación no parece probable ni deseable en este momento. Tampoco parece posible en la situación actual la soberanía absoluta de un Estado nación completamente aislado de los demás. Estamos asistiendo a la formación de grandes grupos de naciones consensuadas, como es el caso de la Unión Europea. También en el deseo siempre presente de una Unión Latinoamericana.
El hecho de que la globalización no implica necesariamente homogeneización lo demuestra la Unión Europea: pueblos de antiguas y brillantes culturas no han perdido nada de su identidad. No creo que ningún francés se sienta alemán o griego por el hecho de encontrarse representado en un Parlamento Europeo. Tampoco creo que un porteño tenga que sentirse boliviano por el solo hecho de reconocer su pertenencia a Latinoamérica. La idea o el concepto de cultura en la realidad se vuelve múltiple. Cada cultura es única y si se la destruye nunca vuelve a repetirse. Pero esta relación entre lo uno y lo múltiple permite el diálogo, el comercio de bienes y de conocimientos, la reflexión en común, formas de contactos muy distintas al terrorismo y la guerra.
Por lo tanto, los peligros que acechan a nuestro planeta, es decir, a nuestra casa, no sólo residen en la destrucción de la naturaleza sino también en la mala voluntad de sus habitantes. El afán de poder, la desconfianza o el desprecio de los unos por los otros, las diferencias entre los países ricos y los pobres y las mismas diferencias entre ricos y pobres dentro de un mismo país, la violencia, el terrorismo, las guerras y las guerrillas, la inseguridad creciente en ciertos núcleos urbanos, la existencia de gobiernos dictatoriales que desconocen los derechos humanos son algunos de los hechos que nos llevan a pensar que la humanidad no ha llegado a su madurez. Pero si atendemos las voces de la Historia nos encontramos con muchos lamentos sobre la calamidad de los tiempos, quejas que a Borges le permiten concluir que toda vida humana es difícil. Lo cierto es que ahora sabemos más gracias a los progresos de la ciencia, pero ese progreso no ha sido tan notable en cuanto a los valores éticos.
El siglo XX comenzó con un optimismo que, quizás, era un resabio de la "Belle Epoque", pero muy pronto se encontró con dos grandes guerras, con la figura monstruosa de Hitler y de otros dictadores, con guerrillas y con revoluciones cruentas. Un halo de pesimismo invadió la civilización occidental, sobre todo en Europa. La filosofía dominante era el existencialismo. Ser para la muerte, encuentro con la nada, la náusea, el ser y la nada, el teatro del absurdo, el desarraigo, el asco como categoría estética, la muerte de Dios eran algunas de las expresiones que nos llegaban de esos pueblos heridos.
Pero nosotros los argentinos también tuvimos nuestras propias tragedias. El más terrible de los golpes militares instaló un gobierno que produjo un genocidio y una guerra absurda en la que murieron muchos jóvenes. El alivio de la vuelta a la democracia y a la libertad nos permitió seguir adelante, a pesar de los problemas. Los más graves fueron los atentados a instituciones judías, considerados genocidios por la Justicia internacional.
Desde hace poco hemos aprendido palabras nuevas: default, riesgo país, bonistas, piqueteros, etcétera, pero, a pesar de todo, tenemos esperanzas en el futuro de la Argentina. Una atmósfera distinta parece haber comenzado a respirarse en nuestro país. Ya no hablamos de "Argentina potencia". Puede ser que además de la virtud teologal de la esperanza, también hayamos logrado la noción de la medida: ni euforia, ni tragedia. Pensemos un país que, a pesar de todas sus dificultades tanto internas como externas, sea capaz de irlas resolviendo con fe, esfuerzo y paciencia.
La esperanza está muy ligada a la noción de sentido. Si concebimos la noción del Ser como Creación, este debe tener un sentido, no sólo en relación con la totalidad, sino también con respecto a cada vida vida personal. El absurdo no ayuda a vivir. El derrumbe de las ideologías, si bien nos dispensó del peligro de caer en fanatismos y en la negación de la libertad individual, nos dejó sin ideales comunitarios. Pero en todas las épocas históricas hubo hombres que mantuvieron vigentes esos antiguos valores que provienen del hecho de tener una conciencia moral. Sabemos que no todos los aztecas estaban de acuerdo con los sacrificios humanos ni todos los hombres del siglo XVI aprobaban la caza de brujas. Es decir que nunca, ni aun en los peores momentos históricos, desaparecieron del todo las antiguas enseñanzas que forman parte de lo más valioso de la condición humana.
Esas viejas palabras nos recuerdan que si bien debemos tener siempre alerta el espíritu crítico, también es necesaria la fe, alguna fe, porque la sola crítica no construye nada, no alienta soluciones. Con la fe es posible la esperanza y la presencia de la tercera y más importante de las virtudes teologales: la caridad, palabra que quiere decir amor, pero desgastada por un uso inadecuado; ahora preferimos decir solidaridad. Y, si a pesar de todo nuestra casa se derrumba, pensemos que es muy probable que en la inmensidad del Universo, en algún lugar existan otros seres capaces de continuar el largo camino de la evolución. (c) LA GACETA

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