04 Abril 2004 Seguir en 

En Alcalá de Henares, Gonzalo Rojas, siempre fiel a la poesía, me da un repaso de su vida. Pero nada más ajeno a la nostalgia que este joven erguido y compacto nacido en 1917, en un Chile de vetas oscuras y mar deslumbrante.
Vale la pena oírlo, pues cada nuevo poema trastrueca toda esta metamorfosis de lo mismo.Todo este juego sin fin, "de la putrefacción a la ilusión". Quizás por ello las sucesivas ediciones que van apareciendo de sus versos, en Chile, en México o en España, reordenan sus figuras, atrapadas ya por la exhalación de un ritmo propio. De una sintaxis nada complaciente, pero no por ello menos certera y profunda. La de quien asumió la historia como musa de la muerte y exigió, como todo gran poeta, el largo y modulado aprendizaje de su lectura.
Quedan entonces fijos en su memoria compartida Vicente Huidobro que, cuando se fue a las montañas andinas de Atacama, en 1942, lo impulsó, al decir a sus amigos del grupo surrealista Mandrágora: "Déjenlo. Gonzalo es un loco que necesita cumbre".
En compañía de su primera mujer, María McKenzie, les enseñará a leer a los mineros, como lo fue su padre, con sus botellas de pisco y sentencias de Heráclito el Oscuro: "Para cada hombre, su carácter es un demonio". Algo de todo ello se trasluce mejor en el poema que me entregó sobre el Atlántico. Allí está viva quien acaba de morir. Se llama "El cofre".
También perdura Mao, con el cual se encontró en Pekín el 26 de abril de 1953, cuando lloviznaba, y con el cual discutió sobre las bondades y caídas del verso libre y la rima. Mao no conocía a Walt Whitman.
Y, cómo no. Pablo Neruda, quien le reprochaba escribir "poquitico" mientras Rojas le replicaba que quizás él escribía "demasiadito".
Rigor y desenfado, sin olvidar que Rojas, en su celda de monje concupiscente, está regido por el menos previsible de los dioses: Paul Valéry.
Por ello el desangelado exilio en Alemania Oriental, luego del suicidio de su amigo Salvador Allende, terminaría por secarlo y fortalecerlo, frente a su máscara caída. Lo acompañaban no sólo Paul Celan, también suicida bajo los puentes del Sena, sino además el escritor comerciante en armas, el africano Arthur Rimbaud, viéndonos "viejos de inmundicia y gloria. Un puntapié nos diera en el hocico".
Se reiría, lúdico lúbrico, cuando Braulio Arenas lo calificó de "cero a la izquierda". Tal era precisamente el lugar donde reside la poesía. Esa contenida vigilia sobre sí misma, que rechaza la inmortalidad del sentimentalismo y sabe lo canalla que es toda elegía.
Relee entonces su Vallejo, su Borges y su Rulfo, consciente de cómo la gracia de esos ascetas impide la corrupción del español debido a su música tan dulce como fría. Entre piedras, en su Chillán de Chile, Rojas habita su Torreón del Renegado. Debajo de la cama, el avión de palo para volar más lejos, y siempre el éxtasis, sobre la grupa de la muchacha. Como él mismo lo dice: "Lo irreparable es el hastío". "Hay que nacer de nuevo cada día, para quemarnos bajo ese rey, nuestro único padre, a quien llamamos: ?SOL?".
Concluyamos, por ahora, con estas palabras del poeta-pintor Roberto Matta, dichas en 1968: "Yo creo que todo hombre verdadero es un poeta, que un hombre integral tendría que ser un poeta, porque poesía quiere decir aferrar más realidad, toda la realidad".
Tal como sucede en la oscura, numinosa poesía de Gonzalo Rojas. Toda la realidad es suya, por fin. Y también nuestra.
Así lo confirmará, como gran poeta, al volver a Alcalá de Henares a recibir el muy justo premio Cervantes. (c) LA GACETA
Vale la pena oírlo, pues cada nuevo poema trastrueca toda esta metamorfosis de lo mismo.Todo este juego sin fin, "de la putrefacción a la ilusión". Quizás por ello las sucesivas ediciones que van apareciendo de sus versos, en Chile, en México o en España, reordenan sus figuras, atrapadas ya por la exhalación de un ritmo propio. De una sintaxis nada complaciente, pero no por ello menos certera y profunda. La de quien asumió la historia como musa de la muerte y exigió, como todo gran poeta, el largo y modulado aprendizaje de su lectura.
Quedan entonces fijos en su memoria compartida Vicente Huidobro que, cuando se fue a las montañas andinas de Atacama, en 1942, lo impulsó, al decir a sus amigos del grupo surrealista Mandrágora: "Déjenlo. Gonzalo es un loco que necesita cumbre".
En compañía de su primera mujer, María McKenzie, les enseñará a leer a los mineros, como lo fue su padre, con sus botellas de pisco y sentencias de Heráclito el Oscuro: "Para cada hombre, su carácter es un demonio". Algo de todo ello se trasluce mejor en el poema que me entregó sobre el Atlántico. Allí está viva quien acaba de morir. Se llama "El cofre".
También perdura Mao, con el cual se encontró en Pekín el 26 de abril de 1953, cuando lloviznaba, y con el cual discutió sobre las bondades y caídas del verso libre y la rima. Mao no conocía a Walt Whitman.
Y, cómo no. Pablo Neruda, quien le reprochaba escribir "poquitico" mientras Rojas le replicaba que quizás él escribía "demasiadito".
Rigor y desenfado, sin olvidar que Rojas, en su celda de monje concupiscente, está regido por el menos previsible de los dioses: Paul Valéry.
Por ello el desangelado exilio en Alemania Oriental, luego del suicidio de su amigo Salvador Allende, terminaría por secarlo y fortalecerlo, frente a su máscara caída. Lo acompañaban no sólo Paul Celan, también suicida bajo los puentes del Sena, sino además el escritor comerciante en armas, el africano Arthur Rimbaud, viéndonos "viejos de inmundicia y gloria. Un puntapié nos diera en el hocico".
Se reiría, lúdico lúbrico, cuando Braulio Arenas lo calificó de "cero a la izquierda". Tal era precisamente el lugar donde reside la poesía. Esa contenida vigilia sobre sí misma, que rechaza la inmortalidad del sentimentalismo y sabe lo canalla que es toda elegía.
Relee entonces su Vallejo, su Borges y su Rulfo, consciente de cómo la gracia de esos ascetas impide la corrupción del español debido a su música tan dulce como fría. Entre piedras, en su Chillán de Chile, Rojas habita su Torreón del Renegado. Debajo de la cama, el avión de palo para volar más lejos, y siempre el éxtasis, sobre la grupa de la muchacha. Como él mismo lo dice: "Lo irreparable es el hastío". "Hay que nacer de nuevo cada día, para quemarnos bajo ese rey, nuestro único padre, a quien llamamos: ?SOL?".
Concluyamos, por ahora, con estas palabras del poeta-pintor Roberto Matta, dichas en 1968: "Yo creo que todo hombre verdadero es un poeta, que un hombre integral tendría que ser un poeta, porque poesía quiere decir aferrar más realidad, toda la realidad".
Tal como sucede en la oscura, numinosa poesía de Gonzalo Rojas. Toda la realidad es suya, por fin. Y también nuestra.
Así lo confirmará, como gran poeta, al volver a Alcalá de Henares a recibir el muy justo premio Cervantes. (c) LA GACETA







