Amor, ese primer nutriente de la poesía

Por Rodolfo Modern

04 Abril 2004
En la cofradía no demasiado poblada de poetas se pronuncian nombres más o menos secretos. Se sabe quién "vale" auténticamente. Aunque no le sirvan de fondo tambores ni trompetas. El de Leonardo Martínez, nacido en Catamarca, es uno de ellos; sus libros cuentan, su verso pesa. Aunque aluda tantas veces al aire, no es aéreo; la tierra del doloroso amor lo circunda, chorrea, siempre dentro de los parámetros de la poesía verdadera, su sustancia atraviesa los prefacios del poema, rodea sus contornos, vibra en sus consecuencias. Con fuerza y decoro, con el estilo de quien sabe decir las cosas del modo poético, es decir, apretadamente, densamente. La imagen, traducida forzosamente en palabras, adquiere otra dimensión, ilumina, es cálida.
Siempre el amor, como bendición-maldición, como extática irrupción y cordillera, como Presencia prácticamente absoluta, entraña de lo entrañable. Como en toda la buena poesía, la palabra termina excediéndose, sin hacer literatura, a sí misma. Y el lector se refresca y se enriquece frente a tanta trivialidad, a tanta repetición vacía.
Léase, a título de ejemplo, el siguiente poema: "No sé si en los parajes que habitas/ el sol es este sol/ la misma tierra pisada tantas veces/ Si el viento es el viento sur de tu niñez/ y la luz la misma con que te alumbró la madre/ Vives donde el recuerdo no alcanza/ y sobran las palabras/ Aquí el desconcierto de tu ausencia/ Sombra empeñada en revivirte/ y sacar de la penumbra un gesto una mirada". La síntesis anhelada se ha cumplido, y Orfeo yace despedazado junto a los ecos de un sonido interminable. (c) LA GACETA

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