América Latina, el tiempo de la aventura

Para LA GACETA - ONTARIO (Canadá)

04 Abril 2004
La región frente a la crisis sistémica
El contexto es de una creciente ingobernabilidad global. Las grandes organizaciones intergubernamentales agonizan en una crisis profunda. Bush sospecha que el FMI sirve sólo a los intereses de los burócratas que lo integran. El mundo entero ha comprobado que, aunque por momentos resulte útil, el oligopólico Consejo de Seguridad ya no refleja la estructura de poder de un orden mundial unipolar. Europa y la OTAN aún no superaron la crisis institucional provocada por la segunda guerra del Golfo. En Irak, Estados Unidos se encuentra en una posición análoga a la de la Unión Soviética cuando invadió Afganistán. Finalmente, en Cancún la OMC también quedó sumida en una parálisis perturbadora.
Para América Latina y algunos de sus gobiernos, varios de ellos emergidos de crisis locales emparentadas con la crisis global, parece haber sonado la hora de la aventura. La disponibilidad de capitales externos ha disminuido enormemente. Pero el margen de maniobra internacional es mucho mayor que en la década del 90, cuando el mundo parecía encorsetado por un Occidente triunfante. Después de la debacle de las organizaciones internacionales y del fracaso norteamericano en la posguerra iraquí, se sabe ya que la inevitable unipolaridad no equivale al Imperio soñado por los neoconservadores de Estados Unidos. Por su participación en la riqueza mundial, de más del 20%, y por su poder militar y tecnológico, que en términos relativos es mayor que el del Impero Romano en su apogeo, Estados Unidos es el único polo posible, pero esto no alcanza para convertirlo en vector ordenador del planeta. Su poder es insuficiente. El juego está cantado, y para los Lula y los Kirchner de Iberoamérica es la oportunidad de ser "libres", junto a transgresores más antiguos como Chávez y Castro. Pueden jugar a la ruleta geopolítica con una autonomía que hace pocos años hubiera sido inimaginable.

Argentina y su desafío al orden financiero global
Por cierto, con el mundo en estado de desmadre, el terrorismo transnacional es casi la única de las grandes transgresiones que los poderosos están en condiciones de castigar de una manera directa y convincente. La guerra global contra el terrorismo agota los recursos represivos de Estados Unidos y sus aliados, ampliando los márgenes de maniobra en casi todos los demás ámbitos.
Tomemos como ejemplo a la Argentina.
Imponer un ajuste severo para cumplir con obligaciones externas, cuando la estructura social se ha desplomado y el desempleo excede el 20% implica sacrificios enormes que en el corto plazo recaerán sobre los sectores que más sufren la crisis. En tales circunstancias, el ajuste es una buena inversión para recuperar el crédito y la capacidad de atraer inversiones, sólo si existen garantías de que los ahorros producidos serán bien utilizados. ¿Pero qué garantías tiene un pueblo cuyo Estado recibió flujos de capital multimillonarios durante los años 90, sólo para terminar con la deuda por habitante más alta de todo el Tercer Mundo, y más pobreza y desocupación que nunca en su historia? Quizá el ajuste sólo sirva para enriquecer a unos pocos. Quizá el sacrificio de honrar las obligaciones contraídas por los artífices de los males actuales no valga la pena, aunque nunca más ingresen inversiones. Pan para hoy y hambre para mañana puede ser mejor que hambre para hoy y para mañana también, razonan los escépticos.
A esto se agrega el desprestigio moral de las agencias del capitalismo norteamericano, símbolo emblemático de la deuda. "Argentina didn?t fall on its own" (Argentina no cayó por sí misma), el extraordinario artículo de periodismo de investigación publicado por Paul Blustein el 3 de agosto de 2003 en el Washington Post, parece incorporado al inconsciente colectivo. Es cosa probada que hacia 2000 los bancos de inversión y las asesoras de riesgo encargadas de Argentina sabían que su sistema financiero colapsaría, pero ocultaron la información para seguir lucrando con las comisiones de venta de emisiones de bonos soberanos. Jamás desmentido, el trabajo es repetidamente citado por economistas como Joseph Stiglitz.De tal modo, el desconocimiento de la deuda es una gran tentación para un gobierno críticamente endeudado, a no ser que los poderosos del mundo (sobre quienes recae la responsabilidad de la gobernabilidad global) puedan imponer sanciones directas que vayan más allá de las del mercado, que son de largo plazo. Para impedir una defraudación, los costes del incumplimiento deben ser superiores a sus beneficios. Esto depende de la capacidad de las grandes potencias para imponer sanciones que resulten costosas en lo inmediato: embargos, ejecuciones, bloqueos financieros y del comercio exterior.
Pero ello es irrealizable porque las instituciones mutilaterales mundiales están en crisis, y porque Estados Unidos está sobrecargado con la guerra global contra el terrorismo. La hiperpotencia no puede correr el riesgo de hacerse de más enemigos, y no tiene más remedio que tolerar desafíos al orden financiero global como los de Kirchner, y desafíos al orden comercial como los de Lula. A la vez, para estos el aprovechamiento de la oportunidad no es otra cosa que el fiel cumplimiento de sus mandatos.
El caos sistémico ha reducido los costos de sus confrontaciones con la potencia hegemónica. Las ecuaciones del "realismo periférico" se han transformado. Kirchner ya fue proclamado el "conquistador del FMI" por un irónico Bush. El elogio no deja de ser un tiro por elevación contra la burocracia del Fondo, cuyos intereses tecnocráticos lo convirtieron en tigre de papel y le impidieron enfrentar las tácticas de vaquero del Far South del mandatario argentino, ex gobernador de una provincia patagónica y petrolera. Por el momento, Kirchner puede salirse con la suya. El vaquero tejano lo sabe y no deja de simpatizar secretamente con ese representante de la periferia absoluta que en algunos sentidos se le parece bastante. Sólo a los gobiernos de los países que no sufren una crisis grave puede convenirles comportarse de acuerdo con los cánones más ortodoxos de "buena conducta" internacional. La pérdida de la capacidad de sanción por parte de los Estados Unidos y de instituciones como el FMI es un dato nuevo, que modifica dramáticamente las recetas normativas para los Estados periféricos que sufren la crisis más gravemente. Por ello es esperable la quiebra de América Latina entre unos países alineados con los Estados Unidos, y otros enfrentados a la superpotencia.
México, Chile y Uruguay tienen buenos motivos para diferenciarse de Argentina, Brasil y Venezuela. Más allá de algunos gestos retóricos, aquellos persisten en un juego de alineamiento con Estados Unidos, sin desafíos internos que representen un peligro inmediato. Para ellos los costes del enfrentamiento serían claramente más altos que los de la adaptación. En cambio, el caso no es tan claro para Estados andinos como Perú y Ecuador, aunque por ahora sus gobiernos opten por caminos relativamente ortodoxos.
La fragilidad de sus situaciones es clara cuando miramos hacia su vecino, Bolivia, un país que mucho se les parece, cuyo gobierno ortodoxo colapsó en medio de una rebelión indígena prerrevolucionaria. Junto con Colombia, el país del altiplano se acerca al síndrome del Estado fallido. La influencia regional de ambos es profundamente desestabilizadora. Finalmente, Paraguay se aleja del modelo del Estado fallido sólo gracias a la consolidación del poder mafioso.Así, Iberoamérica se está desagregando en bloques. La costa del Pacífico, incluida América Central, parece más encolumnada con Estados Unidos y su visión del libre comercio. En cambio, Argentina, Brasil, Venezuela y Cuba parecen encaminadas a constituirse en un eje antinorteamericano. Sin embargo, estos bloques no son rígidos. Cada Estado está guiado por su estrategia e intereses particulares. Por momentos, casi toda la región parece dedicada a provocar al gigante. (c) LA GACETA

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