07 Diciembre 2003 Seguir en 

La existencia misma de una nación se basa en la toma de conciencia de la determinación de su interés nacional. El interés nacional es un concepto ambiguo, de imprecisa definición, pero es una realidad fáctica. Lo importante del interés nacional no es definirlo sino determinarlo. La determinación del interés nacional, en la cual deben coincidir la conveniencia, la utilidad y el beneficio con la ética de la razón, pues sin esta última deja de ser racional, debe conducir a la adopción de políticas de Estado, no de gobiernos, pues estos cambian. Políticas que hagan al desarrollo del país, al bienestar de su población, a su integridad territorial y a preservar la identidad cultural, objetivos primordiales de la acción gubernamental.
Juan Bautista Alberdi reconoció la importancia del interés nacional, fundamental en el diseño de la política de los gobiernos de países, pero lamentablemente poco o nada tenido en cuenta por nuestros gobernantes, salvo para tratar de justificar lo injustificable. Por su actualidad y por el provecho de ser tenidos en cuenta, nos extenderemos en sus conceptos.
En el periódico chileno "El Siglo de Santiago", del 12 de octubre de 1844, Alberdi escribe sobre "Política Continental: altas conexiones de las cuestiones del Plata", diciendo: "Así, pues, los intereses, los intereses llaman a la América, sobre los bordes del Río de la Plata."... "Los intereses, no las simpatías filantrópicas, llaman a la América a la acción. Yo no creo ni estoy por las guerras filantrópicas. El Dios de las actuales cruzadas es el interés nacional. Pasó para los pueblos como para los individuos el reinado de la caballería andante. El interés de alejar la reacción devastadora es el que llama a la América liberal y progresiva a ponerse en campaña. Ese interés que hizo salir a Buenos Aires de sus fronteras después de 1810, para batir lejos a la reacción española. Sea dicho de una vez: Buenos Aires no vino como un Quijote a pelear en este lado de los Andes por compasión a estos pueblos. Fue atraída por su interés".
En 1863, en su obra "Del Gobierno en Sud-América", explica que "la necesidad y la conveniencia general han sido y serán la más poderosa razón en política internacional".En 1866, en su libro "Derecho Internacional y Labor Diplomática", al tratar la "Crisis permanente en las Repúblicas del Plata" y determinar cuáles eran los intereses de la Argentina, Alberdi manifiesta: "Estudiar esos intereses, conocerlos, protegerlos, darles el puesto prominente que reclaman y merecen en la vida del país, es todo el arte del Gobierno y de la política para los Estados de Sudamérica, cuyas cuestiones todas son económicas. Población, caminos, capitales, crédito, riqueza, comercio, navegación, inmigración, puertos, tarifas, tratados de comercio, he ahí la sustancia y la materia del Gobierno, de la diplomacia, de la guerra y de la paz en la América independiente. No es extraño que todo el nuevo régimen estribe en intereses económicos, cuando todo el régimen colonial era un código de herejías y atentados contra los buenos principios económicos".
Desde París, en 1866, en su obra "El Brasil ante la democracia de América", se refiere a los que llama "intereses de civilización" y los precisa económicos y civiles, más bien que políticos y que los mismos "consisten en ferrocarriles, puertos, telégrafos, líneas de vapores, muelles, bancos, colonias, propiedades territoriales, minas, ganados, plantaciones, etcétera".
En 1874, en su libro "Diplomacia Argentina y Americana", al extenderse sobre la "Política Exterior de la República Argentina, según su Constitución de 1853, aplicable a las repúblicas de Sudamérica", expone: "Pero las cuestiones de derecho no son todo para las naciones. Primero están las cuestiones de intereses." "La política exterior de las Repúblicas de Sudamérica debe ocuparse de los intereses económicos que importan a su progreso lo mismo que su política interior." Y para la Argentina especifica: "Nuestra política exterior debe ser económica y comercial por excelencia." ..."Sacar las cuestiones del terreno del derecho y colocarlas en el de las conveniencias es hacer la política seria y fecunda. La que conviene a los nuevos Estados todavía más que a los maduros. Los intereses de su poblamiento, de su locomoción, de su navegación interior, de su comercio, de su industria, de su seguridad, son más serios y preciosos que todas las cuestiones de principios y derechos teóricos, que no tienen término ni salida". Más adelante Alberdi dice: "La gran razón de superioridad de la política de los intereses y conveniencias sobre la política de los principios o derechos absolutos es que ella hace posible la paz. Dos intereses opuestos son siempre susceptibles de conciliarse; dos principios opuestos no pueden ceder de un ápice sin destruirse. No hay medios derechos ni medias verdades en el lenguaje filosófico del derecho. Ceder, transigir, en materia de derechos, es abdicar, apostatar, traicionar. En punto a interés, se puede ceder desde un ápice hasta el todo, no sólo sin mengua de su honor, sino, todo lo contrario, siendo ello prueba de buen juicio, de prudencia, de generosidad, de amor a la paz. Por eso los pueblos sajones, que ven su Gobierno por el lado de las conveniencias, son capaces de la tranquilidad, el orden y concordia esenciales al progreso, más que los latinos, educados en el hábito y el gusto de la devoción de los principios generales o abstractos, tan vagos, tan inciertos, tan indefinidos, que sólo sirven para pretexto de eternizar las cuestiones que cubren la pasión y el interés sórdido, que se avergüenza de mostrarse. La vieja España nos ha legado a sus hijos de América esa manera de ver y tomar las cosas públicas del lado de los pretendidos principios y derechos, siempre vagos, siempre indefinidos, en cuyas luchas toda concesión es bajeza, deshonor, traición, cobardía, inmoralidad; todo esto, tomado en el sentido abstracto y teórico puramente, pues todo ese fanatismo y lujo de consecuencias, de rigor y de austeridad, no es más que el manto que cubre los más vulgares apetitos y los más egoístas propósitos". Alberdi concluye afirmando que "Esa hipócrita y falsa aversión al interés económico y a la utilidad, que tanto asco muestra a la riqueza, no vive sino del tráfico secreto y tácito de su conciencia." Y, con razón, se pregunta: "¿Cómo puede ser objeto de ciencia, de saber y de cultura la riqueza en sociedades cuya moral la mira como un monstruo repugnante, y que hace, o pretende, al contrario, hacer de la pobreza un título de honor?".
Las ideas de Alberdi y la acción de quienes las aplicaron, junto con su Constitución de 1853, hicieron de la Argentina uno de los países más ricos, promisores y seguros del mundo, hasta que décadas de malos gobiernos y corrupción nos llevaron a la implosión de la Argentina actual. Atravesamos una profunda crisis política, económica y social de la cual nosotros somos los culpables, aunque las circunstancias de un mundo también en crisis, en un ámbito de incertidumbre general, no nos ayudan.
Nuestro mayor problema es la desocupación y una de sus consecuencias es el aterrador caso de los chicos de la calle, cada vez en mayor número, mendigando, con sus manos desnudas revisando bolsas de basura, juntando cartones o incorporados a piquetes, que a tales efectos son alquilados, explotados y castigados. Igualmente la enorme cantidad de juventud que no estudia ni trabaja. Urge rescatar a esa niñez y juventud, presente y futuro del país, para que estudien y se preparen para que puedan lograr trabajo y no ser rechazados por marginados y en consecuencia caer en la delincuencia y en la drogadicción.
Indigencia, desnutrición y hambre son inconcebibles en la Argentina, país productor en gran escala de toda clase de alimentos, y son consecuencia de malas políticas distributivas de los últimos 60 años que, hipócritamente, como lo señaló Alberdi, enfrentaron al pobre contra el rico y desatendieron la obligación de crear trabajo, elevar el nivel de vida, promover la educación, dando como resultado el empobrecimiento, la nivelación hacia abajo y la triste dádiva generadora de clientelismo político.
La solución es una política de Estado de generar trabajo, producción, comercio y desarrollo, sin lo cual no habrá educación, salud, vivienda, seguridad, ni aporte al Estado. Generar trabajo exige seguridad jurídica y reformas del Estado, pues sin ellas no habrá inversiones extranjeras para la producción y el dinero argentino continuará exiliándose, al igual que emigrarán los últimos técnicos y científicos argentinos a producir riqueza en otros países.
Debemos determinar nuestro interés nacional y acordar las indispensables políticas de Estado. Rápidamente generar trabajo masivo con obras de infraestructura, "caminos internacionales a expensas recíprocas", como aconsejaba Alberdi en su "Memoria", de 1844, con fuentes de energía y comunicaciones para atraer la radicación de industrias, maximizar el intercambio continental y la exportación al mundo, el asentamiento de poblaciones en el interior, el turismo.
Las exportaciones y la atracción del turismo internacional son las únicas fuentes legítimas de ingresos para el país. Lo peor que nos puede ocurrir es enclaustrarnos, desconocer la mundialización vigente y no insertarnos en el mundo, sin limitaciones políticas, conforme a nuestro interés nacional. (c) LA GACETA
Juan Bautista Alberdi reconoció la importancia del interés nacional, fundamental en el diseño de la política de los gobiernos de países, pero lamentablemente poco o nada tenido en cuenta por nuestros gobernantes, salvo para tratar de justificar lo injustificable. Por su actualidad y por el provecho de ser tenidos en cuenta, nos extenderemos en sus conceptos.
En el periódico chileno "El Siglo de Santiago", del 12 de octubre de 1844, Alberdi escribe sobre "Política Continental: altas conexiones de las cuestiones del Plata", diciendo: "Así, pues, los intereses, los intereses llaman a la América, sobre los bordes del Río de la Plata."... "Los intereses, no las simpatías filantrópicas, llaman a la América a la acción. Yo no creo ni estoy por las guerras filantrópicas. El Dios de las actuales cruzadas es el interés nacional. Pasó para los pueblos como para los individuos el reinado de la caballería andante. El interés de alejar la reacción devastadora es el que llama a la América liberal y progresiva a ponerse en campaña. Ese interés que hizo salir a Buenos Aires de sus fronteras después de 1810, para batir lejos a la reacción española. Sea dicho de una vez: Buenos Aires no vino como un Quijote a pelear en este lado de los Andes por compasión a estos pueblos. Fue atraída por su interés".
En 1863, en su obra "Del Gobierno en Sud-América", explica que "la necesidad y la conveniencia general han sido y serán la más poderosa razón en política internacional".En 1866, en su libro "Derecho Internacional y Labor Diplomática", al tratar la "Crisis permanente en las Repúblicas del Plata" y determinar cuáles eran los intereses de la Argentina, Alberdi manifiesta: "Estudiar esos intereses, conocerlos, protegerlos, darles el puesto prominente que reclaman y merecen en la vida del país, es todo el arte del Gobierno y de la política para los Estados de Sudamérica, cuyas cuestiones todas son económicas. Población, caminos, capitales, crédito, riqueza, comercio, navegación, inmigración, puertos, tarifas, tratados de comercio, he ahí la sustancia y la materia del Gobierno, de la diplomacia, de la guerra y de la paz en la América independiente. No es extraño que todo el nuevo régimen estribe en intereses económicos, cuando todo el régimen colonial era un código de herejías y atentados contra los buenos principios económicos".
Desde París, en 1866, en su obra "El Brasil ante la democracia de América", se refiere a los que llama "intereses de civilización" y los precisa económicos y civiles, más bien que políticos y que los mismos "consisten en ferrocarriles, puertos, telégrafos, líneas de vapores, muelles, bancos, colonias, propiedades territoriales, minas, ganados, plantaciones, etcétera".
En 1874, en su libro "Diplomacia Argentina y Americana", al extenderse sobre la "Política Exterior de la República Argentina, según su Constitución de 1853, aplicable a las repúblicas de Sudamérica", expone: "Pero las cuestiones de derecho no son todo para las naciones. Primero están las cuestiones de intereses." "La política exterior de las Repúblicas de Sudamérica debe ocuparse de los intereses económicos que importan a su progreso lo mismo que su política interior." Y para la Argentina especifica: "Nuestra política exterior debe ser económica y comercial por excelencia." ..."Sacar las cuestiones del terreno del derecho y colocarlas en el de las conveniencias es hacer la política seria y fecunda. La que conviene a los nuevos Estados todavía más que a los maduros. Los intereses de su poblamiento, de su locomoción, de su navegación interior, de su comercio, de su industria, de su seguridad, son más serios y preciosos que todas las cuestiones de principios y derechos teóricos, que no tienen término ni salida". Más adelante Alberdi dice: "La gran razón de superioridad de la política de los intereses y conveniencias sobre la política de los principios o derechos absolutos es que ella hace posible la paz. Dos intereses opuestos son siempre susceptibles de conciliarse; dos principios opuestos no pueden ceder de un ápice sin destruirse. No hay medios derechos ni medias verdades en el lenguaje filosófico del derecho. Ceder, transigir, en materia de derechos, es abdicar, apostatar, traicionar. En punto a interés, se puede ceder desde un ápice hasta el todo, no sólo sin mengua de su honor, sino, todo lo contrario, siendo ello prueba de buen juicio, de prudencia, de generosidad, de amor a la paz. Por eso los pueblos sajones, que ven su Gobierno por el lado de las conveniencias, son capaces de la tranquilidad, el orden y concordia esenciales al progreso, más que los latinos, educados en el hábito y el gusto de la devoción de los principios generales o abstractos, tan vagos, tan inciertos, tan indefinidos, que sólo sirven para pretexto de eternizar las cuestiones que cubren la pasión y el interés sórdido, que se avergüenza de mostrarse. La vieja España nos ha legado a sus hijos de América esa manera de ver y tomar las cosas públicas del lado de los pretendidos principios y derechos, siempre vagos, siempre indefinidos, en cuyas luchas toda concesión es bajeza, deshonor, traición, cobardía, inmoralidad; todo esto, tomado en el sentido abstracto y teórico puramente, pues todo ese fanatismo y lujo de consecuencias, de rigor y de austeridad, no es más que el manto que cubre los más vulgares apetitos y los más egoístas propósitos". Alberdi concluye afirmando que "Esa hipócrita y falsa aversión al interés económico y a la utilidad, que tanto asco muestra a la riqueza, no vive sino del tráfico secreto y tácito de su conciencia." Y, con razón, se pregunta: "¿Cómo puede ser objeto de ciencia, de saber y de cultura la riqueza en sociedades cuya moral la mira como un monstruo repugnante, y que hace, o pretende, al contrario, hacer de la pobreza un título de honor?".
Las ideas de Alberdi y la acción de quienes las aplicaron, junto con su Constitución de 1853, hicieron de la Argentina uno de los países más ricos, promisores y seguros del mundo, hasta que décadas de malos gobiernos y corrupción nos llevaron a la implosión de la Argentina actual. Atravesamos una profunda crisis política, económica y social de la cual nosotros somos los culpables, aunque las circunstancias de un mundo también en crisis, en un ámbito de incertidumbre general, no nos ayudan.
Nuestro mayor problema es la desocupación y una de sus consecuencias es el aterrador caso de los chicos de la calle, cada vez en mayor número, mendigando, con sus manos desnudas revisando bolsas de basura, juntando cartones o incorporados a piquetes, que a tales efectos son alquilados, explotados y castigados. Igualmente la enorme cantidad de juventud que no estudia ni trabaja. Urge rescatar a esa niñez y juventud, presente y futuro del país, para que estudien y se preparen para que puedan lograr trabajo y no ser rechazados por marginados y en consecuencia caer en la delincuencia y en la drogadicción.
Indigencia, desnutrición y hambre son inconcebibles en la Argentina, país productor en gran escala de toda clase de alimentos, y son consecuencia de malas políticas distributivas de los últimos 60 años que, hipócritamente, como lo señaló Alberdi, enfrentaron al pobre contra el rico y desatendieron la obligación de crear trabajo, elevar el nivel de vida, promover la educación, dando como resultado el empobrecimiento, la nivelación hacia abajo y la triste dádiva generadora de clientelismo político.
La solución es una política de Estado de generar trabajo, producción, comercio y desarrollo, sin lo cual no habrá educación, salud, vivienda, seguridad, ni aporte al Estado. Generar trabajo exige seguridad jurídica y reformas del Estado, pues sin ellas no habrá inversiones extranjeras para la producción y el dinero argentino continuará exiliándose, al igual que emigrarán los últimos técnicos y científicos argentinos a producir riqueza en otros países.
Debemos determinar nuestro interés nacional y acordar las indispensables políticas de Estado. Rápidamente generar trabajo masivo con obras de infraestructura, "caminos internacionales a expensas recíprocas", como aconsejaba Alberdi en su "Memoria", de 1844, con fuentes de energía y comunicaciones para atraer la radicación de industrias, maximizar el intercambio continental y la exportación al mundo, el asentamiento de poblaciones en el interior, el turismo.
Las exportaciones y la atracción del turismo internacional son las únicas fuentes legítimas de ingresos para el país. Lo peor que nos puede ocurrir es enclaustrarnos, desconocer la mundialización vigente y no insertarnos en el mundo, sin limitaciones políticas, conforme a nuestro interés nacional. (c) LA GACETA







