07 Diciembre 2003 Seguir en 

Las "Dos palabras" preliminares, fechadas por el autor en 1960, explican el sentido que él dio entonces a esta colección de cuentos al publicarlos por primera vez reunidos en un volumen. Ahora, a más de cuarenta años, se puede admirar en los relatos la nitidez y la fuerza de un estilo narrativo que por ese tiempo estaba en ciernes y hoy aparece consagrado.
La primera parte, titulada "Zona del puerto", contiene nueve cuentos y un poema; el título de la segunda parte, "Más al centro", asigna a las cuatro piezas narrativas que encabeza un relativo desplazamiento espacial. Pero hay además diferencia en los asuntos tratados y en el procedimiento narrativo; el propio autor confiesa haber evolucionado "de la invención pura, de pretensión simbólica, hasta la mera selección de hechos cotidianos".
Mediante un persistente sondeo literario en las mentes y en la sensibilidad de individuos entregados a la delincuencia (tahúres, rufianes, asesinos, prostitutas, etcétera), se narran en la primera parte episodios violentos; una estructura cíclica vincula los cuentos, como se reconoce en la referencia al mismo ambiente, en la reiterada aparición de algunos personajes y, sobre todo, en la función narradora. El primero, "Un caso de ignorancia", introduce al lector en una historia que, hasta en la estructura gramatical de frases largas que parecen no poder terminar, sugiere la versión del pensamiento de uno de los que acaban de cometer un asesinato y corren. Desde la desolada perspectiva de la mujer que está sola junto al cadáver de un delincuente que ha sido matado a tiros por un ajuste de cuentas, se sabe cuál es el caso de "Fuego para Rivarola". El objeto que Atilio muestra a todos los amigos que van a verlo a su casa, con el orgullo y el cuidado con que un coleccionista hace ver una valiosa pieza de su propiedad, es, según se dice al final, una ametralladora... "También Bruto" es un cuento cuyo desenlace consiste en que un joven delincuente colabora con los que asesinan al que era su jefe ya entrado en años, con el que él tenía una relación filial.
Saer, en sus mocedades, estaba agregando entonces a su manera capítulos santafesinos a la Historia universal de la infamia, cultivaba sobre todo el procedimiento del "Hombre de la esquina rosada"; y hasta vio la posibilidad de trasladar a su particular mundo literario "La trama", en la que Borges imaginó la sorpresa de un gaucho que ve a un ahijado entre los que van a matarlo, como una repetición más de la escena de la muerte de César en manos de Marco Junio Bruto. Pero hay además otra cosa, lo que Saer llama "pretensión simbólica"; el trágico enigma de la violencia en que viven y mueren los protagonistas de sus ficciones constituye, sin duda, una alusiva respuesta a la situación trágica que se avecinaba entonces en la realidad; "la gigantesca antigua voz interior" que percibe el hijo en el momento de ultimar al padre, no proviene sólo de César, el personaje romano, sino también del mito desentrañado por Freud.
Los relatos de la segunda parte, sobre todo el último y más extenso, "Algo se aproxima", son manifestación de un juvenil despliegue de virtuosismo en cuanto a la capacidad de desarrollar una compleja elaboración literaria a partir de situaciones cotidianas: hasta el más pequeño gesto y los objetos más insignificantes adquieren valor expresivo. El lenguaje, por ejemplo, se adapta al baile hasta el extremo de dar una imagen interior de la experiencia que reúne la música, con el movimiento de los cuerpos relacionados entre sí... Claro, el virtuosismo, como comentó alguna vez Alejo Carpentier respecto del de los músicos, cuando se transforma en sistema acaba siendo un defecto, un empobrecimiento. Pero, hay que reconocer, también ha sido tradicionalmente una manera del aprendizaje de los artistas, como resultado de su primer amor con las formas. En todo caso, las primeras producciones de un maestro de la narrativa.(c) LA GACETA
La primera parte, titulada "Zona del puerto", contiene nueve cuentos y un poema; el título de la segunda parte, "Más al centro", asigna a las cuatro piezas narrativas que encabeza un relativo desplazamiento espacial. Pero hay además diferencia en los asuntos tratados y en el procedimiento narrativo; el propio autor confiesa haber evolucionado "de la invención pura, de pretensión simbólica, hasta la mera selección de hechos cotidianos".
Mediante un persistente sondeo literario en las mentes y en la sensibilidad de individuos entregados a la delincuencia (tahúres, rufianes, asesinos, prostitutas, etcétera), se narran en la primera parte episodios violentos; una estructura cíclica vincula los cuentos, como se reconoce en la referencia al mismo ambiente, en la reiterada aparición de algunos personajes y, sobre todo, en la función narradora. El primero, "Un caso de ignorancia", introduce al lector en una historia que, hasta en la estructura gramatical de frases largas que parecen no poder terminar, sugiere la versión del pensamiento de uno de los que acaban de cometer un asesinato y corren. Desde la desolada perspectiva de la mujer que está sola junto al cadáver de un delincuente que ha sido matado a tiros por un ajuste de cuentas, se sabe cuál es el caso de "Fuego para Rivarola". El objeto que Atilio muestra a todos los amigos que van a verlo a su casa, con el orgullo y el cuidado con que un coleccionista hace ver una valiosa pieza de su propiedad, es, según se dice al final, una ametralladora... "También Bruto" es un cuento cuyo desenlace consiste en que un joven delincuente colabora con los que asesinan al que era su jefe ya entrado en años, con el que él tenía una relación filial.
Saer, en sus mocedades, estaba agregando entonces a su manera capítulos santafesinos a la Historia universal de la infamia, cultivaba sobre todo el procedimiento del "Hombre de la esquina rosada"; y hasta vio la posibilidad de trasladar a su particular mundo literario "La trama", en la que Borges imaginó la sorpresa de un gaucho que ve a un ahijado entre los que van a matarlo, como una repetición más de la escena de la muerte de César en manos de Marco Junio Bruto. Pero hay además otra cosa, lo que Saer llama "pretensión simbólica"; el trágico enigma de la violencia en que viven y mueren los protagonistas de sus ficciones constituye, sin duda, una alusiva respuesta a la situación trágica que se avecinaba entonces en la realidad; "la gigantesca antigua voz interior" que percibe el hijo en el momento de ultimar al padre, no proviene sólo de César, el personaje romano, sino también del mito desentrañado por Freud.
Los relatos de la segunda parte, sobre todo el último y más extenso, "Algo se aproxima", son manifestación de un juvenil despliegue de virtuosismo en cuanto a la capacidad de desarrollar una compleja elaboración literaria a partir de situaciones cotidianas: hasta el más pequeño gesto y los objetos más insignificantes adquieren valor expresivo. El lenguaje, por ejemplo, se adapta al baile hasta el extremo de dar una imagen interior de la experiencia que reúne la música, con el movimiento de los cuerpos relacionados entre sí... Claro, el virtuosismo, como comentó alguna vez Alejo Carpentier respecto del de los músicos, cuando se transforma en sistema acaba siendo un defecto, un empobrecimiento. Pero, hay que reconocer, también ha sido tradicionalmente una manera del aprendizaje de los artistas, como resultado de su primer amor con las formas. En todo caso, las primeras producciones de un maestro de la narrativa.(c) LA GACETA







