07 Diciembre 2003 Seguir en 

¿Es posible hablar de una Evita definitiva si de versiones literarias se trata? Bueno, como ser posible, es posible y, de hecho, la notable Santa Evita pergeñada por Tomás Eloy Martínez merodeó el summum, y no faltaron quienes, en efecto, le atribuyeran una exuberancia primordial y final. Pero, además, con independencia de las motivaciones explícitas de cada autor, no se necesita jugarla de Sherlock Holmes ni de Sigmund Freud para admitir la legítima aspiración de componer un paisaje capaz de condensar, y con modos plausibles, cuando no portentosos, la complejidad de un personaje de tamaño peso en la historia argentina.
Claro que hablar de una Evita "definitiva" supone el riesgo de concebir la posibilidad de que la acumulación de textos precipite, por decirlo así, una suerte de extenuación semiótica. Vale decir, la posibilidad de que Evita se agote como signo y, no advertida esta clausura, más de un autor caiga en la trampa y salga al ruedo ofreciendo mudeces pobladas, variaciones de variaciones, regodeos estilísticos con aroma a guiso recalentado.
Pues bien, si una virtud puede ostentar la Evita gestada por Carlos Balmaceda es la originalidad de una hipótesis puesta a trabajar en los términos flexibles que le son propios a la novela y apoyada en el siempre fecundo recurso del manuscrito que, una vez descubierto y difundido, echará luz sobre las obsesiones más profundas del personaje en cuestión y, desde luego, de las ocultas, o en todo caso de esas que jamás saltaron la barrera de la presunción, o de la sospecha.¿Qué sobreentendido interpela el texto de Balmaceda? Pues que el renunciamiento histórico de Evita en agosto de 1951 tuvo mucho de histórico pero nada de renunciamiento; que, en realidad, Evita fue renunciada por el general Perón, pero menos por protegerla que por alejarla de un escenario de devoción popular que amenazaba con desplazarlo. Una semana antes, en el balcón, frente a la masa expectante que había llenado la Plaza de Mayo, la abanderada de los humildes cree vislumbrar los peores presagios en los ojos de Perón, esos ojos terribles; ojos, sin más, de "un hombre arrinconado por el pánico a perderlo todo".
Recluida en una mansión, en Mar del Plata, asistida y confortada por una religiosa amiga, Evita escribe sus verdaderas memorias -puesto que a La razón de mi vida lo juzga como una descartable alabanza a Perón- y vuelca sus verdades con trazo áspero, rotundo y desesperado, mas no concesivo. Enferma de gravedad, decepcionada, desencantada, consciente de que los enemigos acechan y no descansarán hasta convertir en ruinas el bastión que supo restituir una vida digna para los desposeídos, o mejor, establecerla, Evita es nominada, invocada, convocada, por la voz de Dios y por la mirada de Perón, pero no ya la que supo hechizarla "con ojos inquietos", sino una mirada negra, gélida, salvaje; una mirada que porta el odio, la envidia, la traición, que la sume en una pesadilla brutal.
Ajeno al folletín edulcorado, desentendido del copioso runrun acerca del destino de un cuerpo exánime, Balmaceda repone el cuerpo de una Evita enhiesta en su dolor, enérgica, febril, iracunda, torrencial, dispuesta a llamar las cosas por su nombre. (c) LA GACETA
Claro que hablar de una Evita "definitiva" supone el riesgo de concebir la posibilidad de que la acumulación de textos precipite, por decirlo así, una suerte de extenuación semiótica. Vale decir, la posibilidad de que Evita se agote como signo y, no advertida esta clausura, más de un autor caiga en la trampa y salga al ruedo ofreciendo mudeces pobladas, variaciones de variaciones, regodeos estilísticos con aroma a guiso recalentado.
Pues bien, si una virtud puede ostentar la Evita gestada por Carlos Balmaceda es la originalidad de una hipótesis puesta a trabajar en los términos flexibles que le son propios a la novela y apoyada en el siempre fecundo recurso del manuscrito que, una vez descubierto y difundido, echará luz sobre las obsesiones más profundas del personaje en cuestión y, desde luego, de las ocultas, o en todo caso de esas que jamás saltaron la barrera de la presunción, o de la sospecha.¿Qué sobreentendido interpela el texto de Balmaceda? Pues que el renunciamiento histórico de Evita en agosto de 1951 tuvo mucho de histórico pero nada de renunciamiento; que, en realidad, Evita fue renunciada por el general Perón, pero menos por protegerla que por alejarla de un escenario de devoción popular que amenazaba con desplazarlo. Una semana antes, en el balcón, frente a la masa expectante que había llenado la Plaza de Mayo, la abanderada de los humildes cree vislumbrar los peores presagios en los ojos de Perón, esos ojos terribles; ojos, sin más, de "un hombre arrinconado por el pánico a perderlo todo".
Recluida en una mansión, en Mar del Plata, asistida y confortada por una religiosa amiga, Evita escribe sus verdaderas memorias -puesto que a La razón de mi vida lo juzga como una descartable alabanza a Perón- y vuelca sus verdades con trazo áspero, rotundo y desesperado, mas no concesivo. Enferma de gravedad, decepcionada, desencantada, consciente de que los enemigos acechan y no descansarán hasta convertir en ruinas el bastión que supo restituir una vida digna para los desposeídos, o mejor, establecerla, Evita es nominada, invocada, convocada, por la voz de Dios y por la mirada de Perón, pero no ya la que supo hechizarla "con ojos inquietos", sino una mirada negra, gélida, salvaje; una mirada que porta el odio, la envidia, la traición, que la sume en una pesadilla brutal.
Ajeno al folletín edulcorado, desentendido del copioso runrun acerca del destino de un cuerpo exánime, Balmaceda repone el cuerpo de una Evita enhiesta en su dolor, enérgica, febril, iracunda, torrencial, dispuesta a llamar las cosas por su nombre. (c) LA GACETA







