Esfuerzo creativo en golpes de efecto sobre el ingenio

Por Pablo Anadón

07 Diciembre 2003
Desde hace un tiempo, cada vez que me entero de que Mario Benedetti ha publicado un libro de poemas, algo extraño ocurre en mi persona. Comienzo a padecer de insomnio, me quedo en la mitad de la calle mirando un punto perdido en el espacio, me recorren la espalda escalofríos imprevistos, en especial cuando escucho que el cartero llama a la puerta... El lector quizá se pregunte qué relación puede existir entre la inocente edición de un libro y esos repentinos trastornos en un individuo que ni siquiera conoce personalmente al autor de la obra. Existe, existe tal relación. Y es la siguiente: el Director del Suplemento Literario del cual tengo el honor y el placer de ser colaborador, ese mismo suplemento que el lector sostiene ahora entre sus manos, desde hace ya algunos años viene encomendándome, con metódica puntualidad, el comentario de cada nuevo libro de poesía que Mario Benedetti pone en letra de molde. Y una vez tras otra me he visto en la obligación intelectual de decir lo que pienso y siento -nada demasiado halagüeño- sobre los versos del célebre escritor. Y cada vez que un comentario ha aparecido, me digo: "Este será el último; Dessein no querrá volver a enviarme un libro de Benedetti, y tal vez ya ningún libro...". Pero no: vaya a saber por qué rara simpatía o tolerancia, los libros siguen llegando cada tanto, y cada tanto -¡ay!- una nueva creación del prolífico rapsoda oriental.
Desde hace un par de meses, pues, informado ya por la vasta publicidad explícita o solapada de la aparición de Existir todavía, me encontraba en el estado crítico que describí al comienzo. Pero el libro no llegaba, y mi inquietud temerosa comenzaba a transmutarse en una suerte de pena, de nostálgica ansiedad, como la que dice Dante que experimentan las almas condenadas cuando se agolpan a la orilla de "la livida palude", a la espera de subir a la barca de Caronte. Hasta que anteayer escuché por la mañana los ladridos de los perros de la cuadra, y luego el rumor de la motocicleta, y luego unos pasos conocidos, y al asomarme por la ventana vi a Sergio, el cartero, blandiendo en su mano un sobre de papel madera. Reconocí un envío de LA GACETA, pero restaba saber qué traería en su interior. Le dije a mi mujer: "Benedetti, te apuesto a que es Benedetti...". Con mano trémula, nerviosa, rompí el envoltorio, y conmovido, casi entre lágrimas, como quien levanta entre sus manos a un bebé no deseado, pero que allí está de todos modos, tomé el blanco volumen, tan bellamente impreso: ¡Existir todavía, de Mario Benedetti! No caí como cuerpo muerto cae, sino que me senté en mi sillón preferido a leerlo: ¿para qué diferir el destino?
En las informaciones aparecidas sobre el libro había visto lo que ahora leí en su contratapa, es decir, que "Existir todavía es un libro donde cada poema simula un año de vida". Tal vez el autor de la nota de contratapa no ha considerado necesario leer los poemas para escribirla, porque lo cierto es que, aunque haya 83 poemas, y el poeta haya soplado este año 83 velitas, la relación entre una cosa y la otra es exterior, puramente contable, también en el sentido del efecto emotivamente publicitario de la equivalencia. Pero si cada poema no se presenta como un año de vida, aunque su autor lo señale así en su prólogo en versos ("por eso encaja un poema en cada año / 83 por sólo 83"), el conjunto de los textos sí puede leerse como un balance general de la existencia, e incluso de la situación del mundo en el presente.Para quien conozca la obra precedente de Benedetti los signos del balance serán bien previsibles: la Utopía ha muerto, pero estamos libres de culpa y cargo por su defunción; mientras exista el ombligo de una chica hermosa, habrá poesía y la vida tendrá sentido; el dolor ajeno nos vuelve más humanos, el dolor propio nos invita a la conmiseración y al tango; ante las inclemencias del mundo y la proximidad de la muerte, siempre queda una fórmula infalible ("y es una buena fórmula quererse / como lo descubrimos vos y yo") y una sensata invitación: "a vivir a vivir que son dos días". Etc. La previsibilidad, justamente, es una característica inconfundible de la escritura benedettiana, junto con la facilidad versificatoria (que en este libro da sus mejores resultados en los sonetos, por la naturaleza "conceptista" de la elocuencia benedettiana). Escritura previsible, decimos, no porque el autor insista en sus temas y motivos habituales, que no tendría nada de malo (Fernández Moreno afirmaba: "No me repito, me aumento"; Benedetti podría redoblar la apuesta: "Me repito y me aumento"), sino porque el mayor esfuerzo creativo está puesto en los golpes de efecto que propina el ingenio: al poco tiempo de recibir esa golpiza uno ya anticipa por dónde ha de venir el próximo ocurrente coscorrón. En efecto, paradójicamente, no hay nada más predecible que las sorpresas del ingenio, como esos chistes de las personas que buscan ser constantemente graciosas. Pero la verdadera gracia poética es rara, rara como los raros vislumbres de verdad que nos revela la vida, mientras que la "agudeza" suele encontrarse en la punta de la lengua. Benedetti sentencia: "Nada es revelación / todo es sorpresa", y nos da una perfecta definición de su poesía.
Cierro esta nota con el temor de haber sido injusto en mis apreciaciones... Me consuelo pensando que podré matizarlas cuando el cartero me traiga el próximo libro de poemas de mi inevitable, indispensable amigo Mario Benedetti. (c) LA GACETA

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