Caminar ese camino que hay delante de nosotros

Por Pedro León Cornet

07 Diciembre 2003
El lenguaje de las emociones es más fácil de comprender que el de las ideas, puesto que es más directo y universal. Empero, muchos autores -tentados por esa realidad-, en trance de lograr el impacto de la comunicación directa, han extraviado el camino, y cayeron en la retórica surrealista del sueño, que es como ahondar en la realidad de los planos fugitivos ahondando el hueco del subconsciente, distrayéndose allí, y tomando como una meta lo que solamente puede ser un medio, nunca un fin. Y con este error se pierde una buena oportunidad de crear, en el sentido más poético y estético de la expresión. "Hay una cierta preponderancia de la literatura sobre el problema palpitante y sustancial", advierte Juan Larrea. En otras palabras, abunda un cierto choque, una advertida renuncia de los escritores actuales a vivir la literatura, a deslumbrarse ante el milagro del mundo y de la existencia, y a hacer hasta candorosa confidencia del prodigio. El hombre que frente al misterio circundante se admira del panorama que lo rodea, y de sí mismo, y corre a convocar a sus hermanos para hacerles una humilde confidencia de esa admiración, ese es el poeta, ese es el creador literario. Dice Jostein Gaarder que la capacidad de asombrarse ante la existencia es innata. "Pero debe cuidarse. Asombrarse ante la existencia no es algo que se aprende; es algo que se olvida". Agrega que "ser como niños es dar un paso atrás, y tal vez por ello, descubrir que hay un mundo delante de nosotros. Porque es ahora cuando somos testigos del acto de la creación". Neruda, en bella y lograda síntesis, dijo que la poesía ha perdido su vínculo con el lector. "Tiene que recobrarlo. Tiene que caminar en la oscuridad y encontrarse con el corazón del hombre, con los ojos de la mujer, con los desconocidos de las calles, de los que a cierta hora crepuscular, o en plena noche estrellada, necesitan aunque sea no más que un solo verso. Esa visita a lo imprevisto vale todo lo andado, todo lo leído, todo lo aprendido".
Vayamos, pues, a la obra de Raúl Nader, un fervoroso y joven filósofo, poeta y escritor tucumano que en los últimos años ha escrito y publicado varias obras de valioso contenido, circunstancia que ya de por sí lo coloca en una destacada situación poco habitual en nuestra provincia. Este mismo año, Nader publicó su segunda edición de Tigres en fuga (Edición de la SADE, Tucumán 2003) y ahora nos deleita con Azúcar y tabaco, un pequeño libro, de fácil lectura, cargado casi de aforismos, de breves y concisas frases, que, no obstante, logra vincularnos con el asombro, con la magia estética de nuestra propia realidad, tan dura a veces de advertir o de destacar. Es que Raúl Nader navega con destreza y con un inconfundible arraigo, este camino "que hay delante de nosotros", e indudablemente trans- curre en esa "visita a lo imprevisto", mirando a los corazones y a los ojos de sus hermanos provincianos, que le permite "peregrinar por zonas insondables de la existencia" y ese merodeo por los ámbitos fundacionales, recorriendo sitios que están ahí, enfrente nuestro, o a nuestro lado, pero al mismo tiempo más allá de nuestros propios límites, como él mismo lo quiere.
Nader escribe en primera persona, o en tercera persona. Pero no divaga: recorre. Enfrenta, no elude. Afronta con elegancia y esteticismo despojado de retórica el hoy, las cosas cotidianas: nuestras ya constantes paradojas, nuestra verdad actual, con dolor y belleza, con valentía y tristeza, dejándonos una obra sumamente recomendable, donde lo poético es palpable dentro de la narrativa, lo anecdótico se esfuma en las valoraciones del filósofo, sin "ismos" y sin escuelas, dotado de una muy agradable capacidad creativa, porque, como él mismo afirma, "hay seres que llevan consigo el asombro, los deseos y la magia. Son los que salvan al mundo".(c) LA GACETA

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